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Entrevista a Joseph Maria Fericgla, psicólogo, antropólogo y escritor
"LA CIENCIA ES UNA METÁFORA DE LA REALIDAD"
Por Carlos Aguirre
Josep María Fericgla no necesita de ninguna presentación. Son varios los libros y
estudios que ha publicado, entre ellos, "El hongo y la génesis de las culturas"
y "Al trasluz de la ayahuasca". Actualmente lleva a cabo una de las iniciativas
en terapia transpersonal de más repercusión en los últimos años. Me refiero a los
Talleres de recreación de la propia muerte en el marco de la Sociedad de Etnopsicología
Aplicada de Estudios Cognitivos.
Generación XXI: Tu trayectoria, por conocida, no deja de ser llamativa: chamanismo,
psicología, antropología, creatividad, enteógenos... ¿A qué responde toda esta
trayectoria?
J. M. Fericgla: Lo que siempre me ha fascinado es cómo, literalmente, el mundo lo
creamos nosotros. Cuando un químico produce una molécula en su laboratorio o cuando una
persona acuña una palabra es la primera vez en el universo que la molécula o la palabra
adquieren una forma. Cada vez esta más claro que la cultura modifica la biología de las
personas. Parece que la cultura determina los enlaces y la organización de las zonas
operacionales de los neurolitos, las neuronas flotantes que tenemos al nacer. Esto siempre
me ha fascinado. En toda la profundidad de la palabra la realidad la creamos nosotros. Por
ello lo importante es lo que esta dentro de la mente. Esto ha de entenderse desde una
perspectiva de retroalimentación, lo de afuera construye lo de dentro y lo de dentro a su
vez modifica lo de afuera en un constante proceso vivo. Por eso estudié psicología
para ver que había dentro de nosotros. Luego antropología para estudiar qué es lo que
producimos nosotros. También psicofarmacología, para ver que ámbitos químicos
operan en todos estos procesos. También estudié arte. El arte me interesa mucho ya que
es la metáfora de la realidad más acabada y más libre. La ciencia también es una forma
metafórica de la realidad, por eso cambia tan a menudo, pero es una metáfora muy rígida
que exige adecuarse a unas pautas de verificación, y en su ámbito eso es lo que
tiene de positivo. El arte en cambio como metáfora de la realidad es más libre y
creativo. Siempre me ha interesado mucho, de hecho toco dos instrumentos de música y
además acostumbro a trabajar con máscaras en psicoterapia.
GenXXI: ¿Como encajan los enteógenos en todo esto?
J. M. F.: En este contexto de investigación descubrí los enteógenos, desde mi punto
de vista las sustancias psicoactivas más importantes que existen. Cuando tomas LSD o
peyote, al acabar la experiencia, ya no estás igual que antes, has descubierto cosas de
ti mismo o del exterior. Por eso estas sustancias tienen la capacidad de generar una
cultura a su alrededor. Esto las diferencia de otros psicoactivos excitantes o sedantes.
También descubrí que los enteógenos, en otras culturas, tienen un papel central en la
integración de los jóvenes, en la toma de decisiones o en la identidad y estructura de
dicha cultura. El 89% de sociedades no occidentales toman estas sustancias en diferentes
tipos de ritos. Nosotros somos la excepción. En todos estos estudios también me
maravilló que hay algo universal. El miedo a la locura o a la muerte aparece siempre en
todas las culturas. Por ello todos los ritos a los que antes aludíamos enfrentan a la
persona con su propia muerte. Por ejemplo, el marco ritual que significa la muerte del
niño para que así pueda nacer el adolescente. En este sentido los chamanes de las tribus
amazónicas con las que he trabajado te lo dicen directamente, es decir, que te tienes que
morir por lo que al proceso iniciático se refiere.
GenXXI: ¿Cómo integraste tus experiencias con los chamanes amazónicos en tu
actividad como investigador y terapeuta en Occidente?
J. P. F.: Desde este interés por los enteógenos del que he hablado ya estudié los
contextos culturales en que se consumían, también me interesé por la botánica, la
bioquímica y la farmacología. Experimenté conmigo mismo distintas sustancias.
Paralelamente desarrollaba una metodología de investigación en sociedades complejas,
urbanas, y lo apliqué al estudio de la ancianidad. Finalmente uní ambos ámbitos
de investigación a través de la ansiedad que la muerte supone, muy presente en la
ancianidad y su estudio. Así pude emplear aquí todo lo que había aprendido en mis
experiencias con los indios amazónicos acerca de la muerte iniciática. Yo siempre he
huido de los exotismos y pienso que cada cultura debe generar sus propios ritos, por eso
no planteé el asunto desde una perspectiva chamánica y comencé con unos talleres de
experimentación de la propia muerte utilizando la respiración holorénica en vez de la
ingestión de sustancias. Esta técnica, usada entre otros por Stanislav Groff, está
cogida del chamanismo de los esquimales, aunque casi nadie lo cita. Estos talleres
iniciales con el tiempo se han convertido en los Talleres de Integración de la Propia
Muerte por donde el año pasado pasaron más de mil personas. Este será el cuarto año
que los hagamos. En los primeros talleres, con los alumnos de la Universidad, constaté lo
bien que funcionaban y lo que cambiaban la vida de los asistentes a los mismos. Eso me
animó a que dichas experiencias tuvieran una transcendencia mayor y busqué el apoyo de
otros psicoterapeutas.
GenXXI: ¿En qué consisten estos talleres?
J. M. F.: Actualmente los talleres han desarrollado una forma ritual, contemporánea y
occidental, ni eclesiástica, ni religiosa, pero sí capaz de proporcionar la esencia de
todo ritual, es decir, un estado de catarsis y de disolución del ego. El Taller es un
rito contemporáneo de encuentro con la propia muerte, para perder nuestro miedo a la
muerte y reconocer los límites psicológicos y los bloqueos vitales de cada uno. El
objetivo es una vida con más libertad y plenitud. El rito ha desarrollado todos sus
pasos, de alejamiento de la sociedad primero, luego de una experiencia liminar y
finalmente una reintegración elaborada a la sociedad. Con el paso del tiempo he ido
confirmando los beneficios en psicoterapia de estos talleres y ahora estoy elaborando, en
colaboración con Izkali, un centro de psicoterapia de Donostia, un estudio preciso de los
cambios que produce esta experiencia catárquica.
GenXXI: ¿Cuál es tu perspectiva actual de investigación y trabajo?
J. M. F.: Lentamente se van uniendo voluntades y con un grupo de colaboradores que
tengo hemos creado la Sociedad de Etnopsicología Aplicada y de Estudios Cognitivos que es
el marco donde se realizan este tipo de investigaciones y que responden al cruce de
nuestra psicología, el chamanismo indígena y la antropología. Verdaderamente trabajamos
en una nueva disciplina científica que no es una mera suma de psicología y
antropología, sino que es algo nuevo y que tiene el centro en estados modificados de
conciencia. Este marco de investigación y trabajo no es un marco exclusivamente centrado
en lo clínico, como se hacía en los sesenta en el que se daba un enteógeno para curar
una patología, ni estrictamente antropológico donde se estudian tradiciones chamánicas
o experiencias exóticas, ni esotérico o religioso. Es un marco científico, más de
nuestro entorno, y en el que se intenta rescatar para nuestra sociedad cosas que habíamos
abandonado a lo largo de nuestra historia.
GenXXI: ¿Crees que existen restos en nuestra cultura de un antiguo consumo de
enteógenos o del uso de estados de conciencia alterados?
J. M. F.: Estoy seguro que todavía hay meigas que usan psicotropos y éste es un
estudio pendiente de hacer. Sí que hay residuos de consumo rural y es sorprendente como
estas subculturas se mantienen. En todo el estudio de tres años que realice sobre la
Amanita Muscaria no encontré restos de consumo tradicional en zonas rurales, como mucho
me llegaban a hablar de su abuelo los más viejos del pueblo. Encontré, eso sí, jóvenes
pertenecientes a la cultura psicodélica pero no campesinos, gente de pueblo. Así que di
esto como una cultura muerta de las que frases como la catalana de "estar tocado por
el hongo", para estar algo alocado, no eran más que una lejana pervivencia. Resulta
que un buen día en una conferencia que impartía en Berga, sobre etnomicología, en el
coloquio final un anciano de mucho prestigio en el pueblo se levantó, comentó que había
tomado la Amanita Muscaria, y me preguntó cual era la mejor manera de prepararla. Le
contesté, y otro señor mayor se levantó y me dijo que él la preparaba de otra manera
con la que se aprovechaba mejor el efecto psicoactivo. Una señora intervino y propuso
otra manera y entre los ancianos se pusieron a debatir sobre la mejor manera de preparar
la Amanita Muscaria. Me quedé estupefacto. Un señor mayor comentó que todos los años,
cuando iban de caza él y sus amigos, un día lo dedicaban a tomar la Amanita, "y
pasamos un día por el monte borrachos", decía el hombre. Todo esto no era una
cultura de nueva planta, la habían heredado ellos, aunque se conserva de una manera muy
opaca. La prueba es que durante años no había encontrado un solo informante en mi
trabajo de campo, sin embargo todo esto existía. Primero con la industrialización que
redujo todo la cultura popular sobre plantas a cosa de bárbaros, ya que lo bueno y
avanzado era lo que servían las farmacias, y luego con toda la locura de la guerra contra
las drogas, donde todo lo que emborracha que no sea alcohol y no pague impuestos es malo,
todo esto ha quedado como una cultura subterránea y secreta. Aún así está bastante
viva, más de lo que parece.
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