Por Emilia Lanzas
"La honestidad supone poder hacer
lo que te gusta"
Desde que realizó su primer largometraje, Los
golfos, en 1959, la filmografía de Carlos Saura,
asociada en sus inicios al concepto de nuevo cine español, tiene
en su haber treinta y cinco películas con nombres tan míticos
como La caza, película que inició
el llamado cine metafórico, y que fue Oso de Plata en el Festival
de Berlín; Ana y los lobos,
Peppermint Frappé (también Oso de Plata en Berlín),
Cría Cuervos, La prima Angélica
(ambas Premios Especiales del Jurado en el Festival de Cannes) y Deprisa,
Deprisa (Premio Nacional de Cinematografía y Oso
de Oro en Berlín). Prolífico y complejo, su obra posee gran
relevancia internacional y un peso innegable en la cinematografía
española. Acaba de estrenar Salomé
-Premio a la Mejor Contribución Artística, en el Festival
de Montreal-, película protagonizada por Aída Gómez,
que supone un retorno a su particular cine musical con variantes autóctonas,
que ya inició en los años ochenta con la trilogía
Bodas de Sangre, Carmen y El Amor Brujo.
¿Por qué otra película musical?
Sé que en España hay escasa tradición de cine musical;
pero es un género que a mí me resulta muy atractivo porque
representa una realidad mucho más allá de la realidad; fuera
de convencionalismos; un juego entre ficción y realidad. Para mí
el musical supone una forma de indagación cinematográfica
y, además, me reporta satisfacción personal. El cine musical
es un espectáculo fantástico, único y total, como
ocurre con la ópera. Aunque, en este tipo de cine, trato de ampliar
un poco el espectro visual. Recuerdo lo que me dijo Robert Wise, el director
de West side story: "Lo interesante es que tú has creado una
nueva forma de hacer el musical".
Sé que el principio de mi carrera no tiene nada que ver con las
películas que estoy haciendo ahora; pero si algo tengo claro es
que no me gustaría volver a hacer lo que ya he hecho. La investigación
cinematográfica, para mí, supone un crecimiento personal.
Pero en cambio, tus películas musicales que han tenido gran
aceptación internacional: Nominaciones a los Oscar, cinco premios
en Cannes, títulos de "Mejor película" en Japón
y en Londres... En España no han tenido tanto éxito.
La verdad es que es así, y no sé por qué; es algo
que no depende de mí. En general, y no hablo sólo de las
películas musicales sino de toda mi filmografía, las películas
que hago suelen tener mejor aceptación fuera que dentro de España.
Tal vez, ese reconocimiento internacional es lo que me ha permitido mi
larga trayectoria y trabajar con bastante libertad. A lo mejor, si hubiese
hecho cine sólo dependiendo del público español,
hace tiempo que habría dejado de dirigir.
En el caso del flamenco, por ejemplo, tanto la música como el baile,
posee una fuerza poderosísima que interesa a todo el mundo: gusta
mucho en Europa, en Estados Unidos, en Japón... Pero aquí,
y hablo de su uso en mis películas, tal vez suene a "españolada";
y por eso se rechazan.
Lo cierto es que si una película no tiene éxito, como fue
el caso de Buñuel y la mesa del rey Salomón, no hago examen
de conciencia, porque era una película que tenía muchos
riesgos; riesgos que yo asumí. Por contra, Carmen, que yo creí
iba a ser un desastre, aún hoy se sigue proyectando con gran éxito.
Lo que para mí supone una gran sorpresa.
Está claro que el control del éxito no depende del director
y que el éxito es una cosa mostrenca que, en realidad, no significa
nada. Lo importante es que cada director tiene su personalidad y debe
ser fiel a ella. La honestidad supone poder hacer lo que te gusta; y a
mí siempre me han gustado las películas que he hecho.
¿Qué tiene de especial tu Salomé?
Basándome en la historia bíblica que todo el mundo conoce,
para mí Salomé es la metáfora del amor despechado;
además de haberse convertido en un mito que simboliza un determinado
tipo de mujer. Yo retomo la Salomé de Oscar Wilde -no la de los
Evangelios- que refleja una adolescente que se venga del desprecio del
hombre al que ama, Juan Bautista, pidiendo su cabeza. Una castración
metafórica de fuertes connotaciones sexuales. Porque Salomé
es, fundamentalmente, la pasión; la pasión llevada al límite.
En cuanto a la película, tiene de especial que es una versión
teatral hecha para baile, la única que yo conozco, con toda la
dificultad que eso conlleva. Es muy difícil contar una historia
sin diálogos, el recurso que te queda es el baile y la música
que hacen que la historia trascienda a otros niveles. Por eso el relato
debe ser muy claro y los personajes deben estar muy bien definidos, ser
muy evidentes para que se pueda seguir la historia, y el espectador no
se pierda.
¿Y cómo se logra esa concepción global entre música,
danza e interpretación?
Trabajando mucho en ello. Porque los tres son elementos íntimamente
unidos, que no se pueden separar. No se puede hacer una coreografía
sin ritmo y, al mismo tiempo, ese ritmo debe poseer una música
que refuerce al historia que vas a contar. Por otro lado, el baile debe
estar unido a la dramaturgia. Aunque la base de todo sea tener muy claro
cómo contar una historia, a partir de ahí, ya surge la coreografía,
el baile, la música, la iluminación... Conjugar todo eso
es mi trabajo.
La música, evidentemente, es muy importante. En esta película,
he utilizado una música original de Roque Baños con la colaboración
de Tomatito, inspirada en fuentes árabes y en piezas religiosas,
con instrumentos orientales; música que, en realidad es la que
crea los diálogos. En ese sentido, España es un país
privilegiado por todas las influencias orientales que posee, aunque el
flamenco siempre esté como base. No un flamenco ortodoxo, sino
mezclado con toda la cultura mediterránea.
La luz y el color también son muy importantes. Antes mi educación
iba más por tonos pardos, negros y blancos; colores que simbolizan
gran parte de la pintura española y dentro de ella a mi hermano
Antonio Saura. Pero ahora he incorporado la iluminación mediterránea
con amarillos, verdes, azules; tonos que aportan una gran fuerza a la
imagen.
¿Sigue vigente el término "cine de autor"?
Cuando yo empecé era un concepto que conllevaba un cierto prestigio,
estaba muy de moda; después, fueron los propios autores quienes
renegaron del término; les daba miedo -y no sé por qué-
reconocer que habían escrito un guión y que habían
realizado una película. Lo cual es una contradicción enorme.
Pienso que, tal vez, lo de autor connotaba una especie de intelectual,
que vivía y creaba más allá de la vulgar realidad.
Yo me reconozco autor, pero con ello quiero decir que soy el responsable
de la película; y todo el trabajo que todas las demás personas
realizan, indispensable y tan valioso como el mío, está
rodado por mi cámara y reflejado por mí; por lo tanto, yo
soy el responsable del producto final. Para mí la autoría
es la responsabilidad; no soy un autor en el sentido de dueño soberano
o de genio.
Incluso los directores norteamericanos, digamos que "asalariados"
que hacen trabajos de encargo, se responsabilizan de su trabajo; porque
si no, simplemente, se quedan sin empleo.
¿El cine es un valor cultural?
En esto hay opiniones para todos los gustos. Pienso que puede serlo, pero
no, necesariamente. Para los americanos es, sobre todo, un entretenimiento;
pero cultura y diversión no tienen por qué ser conceptos
excluyentes.
Naturalmente, el cine puede ser un valor cultural. Y ahí está
el problema. A los gobiernos cuando les interesa consideran el cine como
una industria y, cuando no, lo tratan como un valor cultural.
Eso pasa con todo, pero con el cine español mucho más; es
un juego que los productores utilizan mucho.
Los que hacemos un cine diferente -no digo que cultural- deberíamos
tener siempre un espacio dentro de la industria. Antes, en España
existía pero ahora se está perdiendo. El avasallamiento
del cine norteamericano es demasiado fuerte.
Incluso en su influencia en los nuevos directores españoles...
Sí, y eso si me parece alarmante. Las comedias, los thrillers,
las películas de terror: todas se hacen a semejanza del modelo
americano... La cultura vigente es la anglosajona, y eso acabará
agotando la propia industria española. Lo que no quiere decir que
no hagan buenas películas, como es el caso de Amenábar.
Lo que ocurre es que hay un cierto agotamiento porque se insiste mucho
en determinados temas; habría que ser más valiente. Y, además,
si no se mantiene un espacio para los directores que quieran hacer un
cine distinto al modelo americano, con otro lenguaje, con otro trasfondo,
con otras ambiciones: el cine acabará siendo una trampa mortal.
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