Por Emilia Lanzas
Aunque
algunos opinen lo contrario, en España no es fácil vivir
del cuento, y así lo demuestran las otras "ocupaciones"
de los entrevistados: Ángel Zapata (profesor de escritura creativa,
crítico y columnista), Félix J. Palma (asesor editorial
y periodista), Eloy Tizón (novelista), Carmela Greciet (profesora
de literatura), Care Santos (novelista y periodista), Hipólito
G. Navarro (articulista y novelista), Fernando Iwasaki (periodista y
director de la revista Renacimiento) y José Manuel Benítez
Ariza (novelista, poeta y crítico literario).
Lo cierto es que, coman o no de él, todos defienden el cuento
con la vehemencia con la que se protege a un hijo no demasiado aceptado
(por sagaz, por exigente).
Algunos relatos de estos escritores, fueron seleccionados por Andrés
Newman en la antología Pequeñas Resistencias, de Páginas
de Espuma -junto con otros buenos autores-; una suerte de militancia
literaria que aboga por dar su espacio al cuento.
¿Cuál es la esencia del cuento?
Ángel Zapata.- La esencia del cuento es ser una escritura
en estado de máxima alerta; un rasgo, por otro lado, que comparten
el cuento y la poesía. El cuento es una narración en donde
la palabra (cada palabra) vuelve a pesar y a valer. Quizá porque
el cuento no es otra cosa que la poesía misma, en tanto pacta,
o casi, con la convención de un argumento.
Félix J. Palma.- La condensación, referida no tanto
al espacio -un relato debe tener la longitud que precise- como a la trama.
Ésta debe mantenerse pura, sin afeites superfluos.
Eloy Tizón.- Yo no sé lo que es el cuento, con franqueza
lo digo, pero daré dos definiciones que me gustan. La primera es
de Abelardo Castillo: "Un cuento es una historia contada de la única
manera posible". La segunda es de Gaston Bachelard: "Un cuento
es una imagen que razona". Entre la inevitabilidad y el dinamismo
visual se abre el posible espacio del cuento.
Carmela Greciet.- El cuento revela algo que no se ve y se define sobre
todo por lo que no dice.
Care Santos.- Brevedad, intensidad, emoción. En el fondo,
es la misma que la de toda buena literatura.
Fernando Iwasaki.- Hacer el humor y a veces la guerra.
Hipólito G. Navarro.- No sé exactamente cuál
es; pero desde luego es una esencia muy concentrada: la brevedad, quizá,
la economía.
J. M. Benítez Ariza.- Para algunos la brevedad y el cumplimiento
de ese viejo precepto enunciado por Poe, de que todos los ingredientes
de un relato han de estar encaminados a la consecución de un efecto
único, predeterminado por el autor. Para mí, el cuento es
una especie de espejismo o trampantojo verbal: un texto más o menos
breve en el que cabe un mundo tan amplio como quiera verlo el lector,
según las ganas que éste tenga de adentrarse a explorarlo.
Y ¿qué no es, tajantemente, cuento?
F. J. P.- Las virutas de una novela, por ejemplo.
C.G.- No puede ser excrecencia, sobrante, superfluidad, exceso.
C. S.- No es un campo de pruebas para luego pasarse a la novela.
F. I.- ¿Tajantemente? Pues las novelas de Alfredo Taján.
H. G. N.- Lo que se vende en frascos gordos, a granel...
J. M. B.- La palabra española "cuento" es demasiado
general. El inglés se reparte su significado entre, al menos, cuatro
palabras: tale, story, yarn, sketch... Esto último -sketches- es
lo que hoy hacen la mayoría de los narradores españoles
contemporáneos: cuadros descriptivos con cierta unidad de tiempo
y acción, y un final más o menos ingenioso. Yo prefiero
hacer stories, relatos extendidos en el tiempo en los que cuenta el pasado
y el posible futuro que sigue a lo narrado...
¿Se publican pocos libros de cuentos porque no hay lectores
suficientes o por una política editorial "arbitraria"?
A. Z.- Esto habría que preguntárselo a los editores.
F. J. P.- El lector medio no está "educado" para
disfrutar del relato: cree que por su brevedad es algo menor. Y cuando
se decide a abordarlo no escoge, por falta de información o promoción,
un buen cuentista... Todo esto convierte al lector de relatos en una "rara
avis" que no deja dinero a la industria editorial.
C. G.- Los editores inteligentes saben ya que han de dar un mayor
respaldo al cuento, no por romanticismo, sino porque el número
de lectores va en aumento.
E. T.- Los libros de cuentos no son tan pocos, si te fijas. Aún
quedan editores audaces que sí se atreven a emprender esta aventura
azarosa.
F. I.- Creo que se publican muchos libros de cuentos, pero lo que
no hay es un marketing del cuento. ¿O es que de verdad la gente
quiere leer las biografías de Arzallus, Pitita Ridruejo y el juez
Garzón?
H. G. N.- Los cuentos exigen lectores inteligentes, cómplices.
Es obvio que lectores así son pocos, pero nuestro país cuenta
a fecha de hoy -son cálculos aproximados- con 5.340, razón
más que suficiente para que un cuentista tenga la obligación
moral de darles lo mejor. Esta exigencia debe incumbir también
a los editores de libros de cuentos que, afortunadamente en nuestro país
y sin aproximaciones, suman ya 7.
J. M. B.- Quiero pensar que porque no hay lectores. Los voluntaristas
no se lo explican, pues dicen que el cuento es la lectura ideal para el
apresurado lector contemporáneo. Yo sostengo lo contrario: el cuento
supone una lectura intensa y concentrada, no admite esa clase de lectura
relajada y extendida que se le dedica a la novela.
En el siglo XIX, el periodismo fue un importante aliado del cuento.
¿Por qué ahora se publican tan pocos relatos en periódicos
y revistas?
F. J. P.- No llego a comprender por qué los periódicos
únicamente relacionan el cuento con el período vacacional.
C. G.- Hoy el cuento es aliado del artículo periodístico.
Son muchas las características comunes. Ambos se nutren mutuamente.
F. I.- Porque entonces los escritores querían ser periodistas.
El problema es que ahora los periodistas quieren ser escritores.
H. G. N.- Por lo general se publican textos de encargo, virutas
de taller, solicitados a personajes muy populares (no tienen que ser necesariamente
escritores, valen igual futbolistas, cantantes de ópera, domadores
de fieras), más que verdaderos cuentos. Este país debería
abandonar cuanto antes la costumbre de dar a los lectores gato por liebre.
J. M. B.- Existe un cierto mercado del "cuento por encargo",
para antologías, revistas, suplementos periodísticos, etc.
Aparte de esto, existen ciertas concomitancias entre el cuento y el artículo
literario, y no es sorprendente que algunos narradores muy buenos sean
también excelentes articulistas.
¿Estamos condenados a la mediocridad?
A. Z.- No creo mucho en esa disociación, tan drástica,
entre la mediocridad y la excelencia. Lo excelente sólo es percibido
sobre ese "fondo" innumerable de la literatura rutinaria, lo
necesita para existir. Y a la inversa, la mediocridad, muchas veces, no
es sino la emulación de la excelencia, en lo que tiene de "producto".
Los mejores escritores han hecho páginas muy trabucadas. Y hasta
en el escritor más ciruelo es posible encontrar algún pasaje
afortunado. Por otra parte, no me parece que las personas estemos "condenadas"
a nada en particular. Eso también: si lo que la pregunta quiere
saber es si al final triunfan los buenos, "ganan los buenos"...
no sé. Para los buenos, ¿la cuestión es realmente
triunfar?
F. J. P.- Si existe talento, tarde o temprano, alguien acaba dándote
una oportunidad.
C. S.- Desde luego, y en todos los terrenos. Aunque quiero creer
que el buen hacer y la buena literatura tendrán sus cinco minutos
de fama.
F. I. - Los buenos escritores -como el Cid- sólo triunfan
después de muertos. Hay que escribir como Cernuda: para un lector
futuro. El triunfo siempre es sospechoso. ¿Se imaginan una "Operación
Triunfo" con escritores? Sería un baño de sangre...
H. G. N.- La mediocridad como disciplina (porque algunas mediocridades
últimas parecen altamente disciplinadas; se hace muy cuesta arriba
pensar que surjan de manera espontánea, sin una planificación
previa) triunfa antes, pero dura poco.
J. M. B.- En cualquier época, el observador tiene una cierta
sensación de que casi todo lo que se produce a su alrededor es
previsible, forzado por la moda o mediocre. Sólo el tiempo proporciona
la perspectiva adecuada para poder apreciar quiénes son los escritores
más sobresalientes de un período.
¿Qué cuentista consideras imprescindible?
A. Z.- Medardo Fraile. "Hay nombres que hacen vivir",
dijo Breton. Y el de Medardo es uno de ellos.
F. J. P.- Muchos de los compañeros de Pequeñas Resistencias.
Sólo espero que el lector sepa verlo.
C. G.- Imprescindibles, ninguno. Debilidades, muchas: Cortázar,
Italo Calvino, Bernhard, Carver, Marías...
E. T.- Si tengo que nombrar a uno solo, escojo a Chéjov.
C. S.- Sus nombres llenarían un cuaderno.
F. I.- Siempre Borges.
H. G. N.- Cortázar, sin duda.
J. M. B.- Los maestros: Poe, Chéjov, Quiroga, Borges, Cortázar...
¿El escritor debe ser testigo de su tiempo?
A. Z.- ¿Le queda otro remedio? A mí me gustaría
no ser testigo de la obscenidad y la barbarie que se ha desatado en los
últimos meses. Pero es lo que respiro. Es una parte devastada de
mi vida, quiera o no. Ojalá pudiera escribir en el interior de
una burbuja aséptica. Pero ahí están la guerra, el
asalto al Derecho, el binomio indecente del Capital y el crimen. No sé.
¿Existe alguna torre de marfil capaz de resistir un bombardeo?
C. S.- Desde luego que sí, o te conviertes en un anacronismo.
F. I.- Me conformaría con ser dueño de mi tiempo.
H. G. N.- Sí, pero mejor que no sea muy consciente de que
lo es, para así evitar caer en ciertos peligros de la literatura
social.
J. M. B.- No tiene otro remedio, incluso cuando trata de darle
la espalda.
¿Al principio fue el cuento?
A. Z.- Yo prefiero pensar en el cuento como en un género
que aún se busca: como en un modo de escritura todavía y
siempre por venir.
E. T.- Sin duda. Parte de la vitalidad contagiosa del cuento reside
en sus raíces orales. El sabor de la oralidad casi se ha perdido
en Occidente pero subsiste en el denominado Tercer Mundo, con el narrador
público de historias. Todo viene de ahí, de un fabulador
hilvanando historias al aire libre ante un aditorio boquiabierto.
C. S.- El cuento nació por las ganas de contar y de conocer
historias. Por eso nunca desaparecerá, acaso sólo se transforme.
F. I.- Al principio fue el mito, luego los cuentos y después
La Ilíada.
H. G. N.- Y al final también, lo que ocurre es que en medio
se nos coló la novela, esa barbaridad.
|