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Por Javier Esteban
EL HOMBRE NUEVO ESTÁ TOTALMENTE ARRUGADO
Físico y químico,
tiene algo de sabio y de peatón, como a sí mismo se define.
Antonio López Campillo es un hombre libre, pero no nuevo. Es autor
de libros como Curso acelerado de ateísmo, El genoma
para peatones, La ciencia como herejía y A pesar de todo,
se mueve. Profesor invitado en la Universidad Carlos III, colabora
en distintos medios. Ha pasado por el exilio, el 68, la caída del
muro y demás acontecimientos que ha sabido escrutar con acierto.
Su visión está a medio camino entre la de un científico
y la de un humanista. Con cierta sorna, charlamos sobre el tema de este
número: El Hombre Nuevo...
¿Tú te acuerdas de aquellas utopías que
nos prometían el Hombre Nuevo?
Sí, el Hombre Nuevo está totalmente arrugado. [Risas]
Pero durante años ha sido un mito movilizador. ¿De
dónde viene esa idea?
La gente no está contenta con lo que ve, y entonces dice que para
cambiar la sociedad lo que hay que hacer es crear un Hombre Nuevo. En
un momento existía la idea de que se podía renacer, idea
que recogen los cristianos. El marxismo retomó de la Ilustración
—que a su vez procede del cristianismo laico— el tema del
Hombre Nuevo. En este caso no es por la gracia de Dios, sino que la ideología
va a ayudar a crear una sociedad que va a permitir al Hombre Nuevo. Lo
que pasa es que se han ensayado cosas, y el Hombre Nuevo más bien
parecía un hombre viejo, mal trajeado… No funcionaba.
¿Y como especie hacia dónde nos dirigimos?
Los valores morales —concretamente los del cristianismo y del puritanismo—
se han caído, y al eliminar esto, han desaparecido valores que
eran anteriores a la moral cristiana, como es el principio de verdad o
el “no matarás”. La gente no se guía por normas
morales. No es que fueran inmorales, porque el inmoral tiene una razón
para luchar contra la moral, como sucede en Nietzsche y en otros muchos
autores, sobre todo del siglo XIX y principios del XX. En América
se conservan valores como, por ejemplo, el valor de verdad, el “no
matarás”, la patria, el suelo donde se vive… Podemos
emitir el juicio que queramos sobre su moral, pero es un pueblo que tiene
una. Mientras que los pueblos europeos no tienen moral, aunque en el hombre
estén encerradas las posibilidades de hacer todo.
Moraleja: ¿para qué sirve la moral?
La moral sirve para convivir juntos con los menores roces, procurar ser
lo más felices posibles y salvar a la especie. Yo tengo una idea
de cómo ha surgido la moralidad, que es un poco biológica
y posiblemente falsa, pero es mía y la tengo en gran aprecio [Risas].
Los etólogos han demostrado que prácticamente todas las
especies animales, y en concreto los mamíferos, tienen unos comportamientos
que corresponden a normas de convivencia. Lorenz cuenta el caso de dos
lobos que luchan. Cuando uno se considera vencido, ofrece la yugular al
enemigo. Éste muerde el aire y se va; se considera vencedor. Esto
significa que dentro de las reglas, hay una de “no matarás”
en los animales. La agresividad intraespecífica es muy débil
en ellos porque tienen instrumentos mortales: pezuñas, cuernos,
dientes, garras… Mientras que el ser humano, al principio, podía
matar muy difícilmente. No tenía unas bases biológicas
que le proporcionaran unas reglas de conducta que pudieran ser reforzadas.
No necesitaba unos grandes frenos para limitarse. Pero empezó a
pensar, y desarrolló instrumentos adecuados a su capacidad de asesinar,
y los transformó inmediatamente en armas. Al cabo de un tiempo
tenía unos instrumentos de agresión que no correspondían
a su moral “biológica”. Eso hace que para poder subsistir,
los valores elementales se exacerbaron en algunas tribus. En otras no,
y éstas acabaron matándose entre sí, mientras que
otras, que desarrollaron unas normas de moralidad relativamente fuertes,
subsistieron mejor. Se copian las normas para ser más fuertes,
y es cuando aparecen las civilizaciones. Esa moral no es innata; tiene
que ser añadida.
Pero, ¿y si las tribus con una menor moralidad o sociabilidad
fueran dominantes, como ocurrió en la Alemania de Hitler?
Es que son dominantes. Al crecer, han aprendido además de esta
moral, culturas que son diferentes, lo que hace que los individuos sean
diferentes. Ves al otro, que tiene otra cultura como un ser diferente,
y entonces no es la lucha intraespecífica. Se les considera enemigos
porque se lucha por territorios. No hay una moral social colectiva de
pueblos; eso serían leyes internacionales. Aquellos pueblos que
contienen una gran agresividad se consideran superiores para pegar a los
otros, lo que justifican diciendo que los otros no son humanos, cosa que
se vio con los nazis. Ellos decían que los negros y los judíos
no eran humanos, que eran inferiores, y entonces se les podía matar
y aplastar como a gusanos.
Siguiendo tu desarrollo, ¿en qué punto nos encontramos?
Actualmente, no tenemos normas de conducta integradas, hechas propias
—es decir, siendo autónomos, donde las leyes que aceptamos
nos las daríamos a nosotros— y, para poder subsistir, existen
leyes sociales, que son las leyes del Derecho Civil, Derecho Penal, etc.
A falta de una moral propia que permita a los hombres tratarse de tú
a tú y no matarse, tiene que haber un poder superior —y aquí
llegamos a un problema grave— en el cual la lucha interna, la cosa
intraespecífica, se prohíba con una autoridad especial que
es la policía, el ejército, jefes de tribus… Porque
la violencia no está controlada por una moral integrada en el individuo,
sino que está expresada en la sociedad.
Eso es el Contrato Social. Me pregunto si es posible que fuera
de otra manera…
No lo sé.
Y del “salvaje feliz” o “niño bueno”
al que la sociedad estropea, ¿qué piensas?
El hombre bueno no ha existido nunca.
El hombre actual vive con cierto desapego. ¿A qué
se debe?
Vivimos sin contacto con el hacer de las cosas. El hombre de Neanderthal
cuando asaba la carne, sabía cómo hacer fuego, se lo enseñaban
desde niño, y eso hacía que la gente estuviera en contacto
con la elaboración del medio ambiente donde vivían. Tenían
conciencia de que era un producto propio, de todos; era el mundo social.
Mientras que ahora, cuando quiero calentar algo, lo pongo encima de un
dispositivo y aprieto un botón, y con una palanquita regulo la
temperatura. Pero si le preguntas a alguien el porqué; le pones
en un apuro. Pocos conocen la teoría de los conductores, cómo
se fabrica el gas y demás. La naturaleza está fuera, y entre
ella y nosotros está la estructura social, que nos rodea con todos
sus avances, y con la cultura física, material y espiritual. La
técnica desarrollada y el saber científico hacen que estemos
más alejados de esa cultura. La sociedad en la que vivimos nos
parece tan extraña como la naturaleza porque no vivimos en ella.
Antes, en Europa, se adquiría una educación a través
de los sacerdotes y los maestros; que tenían un conocimiento más
o menos mítico o esquemático del mundo. De pronto ha crecido
la población. Aquella enseñanza que era rudimentaria se
diluye porque el número de aspirantes a aprender es mucho mayor,
y el número de los que enseñan no ha crecido tanto. Por
lo tanto, hay una degradación de la posibilidad de enseñar
esa cultura media básica. Hay unas élites que saben bastante;
el resto de la gente tiene actualmente una cultura inferior a la cultura
de la época anterior.
¿Cómo ves el futuro?
Vamos avanzando hacia una sociedad en donde tenemos cada vez mayores posibilidades
de vivir tranquilos y felices y, al mismo tiempo, perdemos conciencia
del porqué. El señor que enciende la luz no piensa que es
un milagro, pero actúa como el señor que encendía
una vela a un santo para que no le cayese un rayo.
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