Uno de los fenómenos más inquietantes con que se enfrentan los
investigadores de otras culturas, de esas que no pertenecen a nuestra "concepción
occidental del mundo", es la vertiginosa rapidez con que van desapareciendo las
fuentes en que se nutre la tradición. Pero esta circunstancia no se da igual en todos los
ámbitos. El proceso de aculturación depende de diversos factores: el número de personas
que forma la comunidad, que las tradiciones se basen sólo en la transmisión oral o que
tengan un componente literario que las haga más perdurables, el asentamiento de esos
pueblos en áreas próximas o alejadas de los focos de difusión de la cultura
predominante, etc. Los antropólogos se ven ahora más que nunca en la necesidad de
registrar con urgencia lo que va quedando de las viejas cosmogonías, de las antiguas
epopeyas y leyendas que cuentan el origen de tal o cual cultura. La muerte de un viejo
chamán puede equivaler a que toda una historia -milenaria a veces- se silencie para
siempre. O como ocurrió con la lengua del Antiguo Egipto durante casi mil quinientos
años, que no haya nadie capaz de interpretar lo que se encuentra grabado en las piedras;
paradójicamente, a la vista de todos.
Los dogon no se distinguirían de otros muchos pueblos africanos, cuyas
culturas se encuentran en proceso de repliegue, merced a la influencia de los hábitos de
vida occidentales, de no ser por una característica de su religión que los singulariza
de manera especial: el inexplicable conocimiento -evidenciado en una ceremonia religiosa
que celebran cada cincuenta años- de una estrella denominada Sirio B por los astrónomos,
que resulta invisible al ojo humano.
Hasta pasado el primer cuarto de siglo veinte, los contactos entre el
hombre blanco y los dogon fueron casi inexistentes. No había razones económicas que lo
propiciaran, dado que la región que habitan es inhóspita y relativamente estéril.
África se hallaba aún en plena época colonial y la explotación de los recursos
naturales del continente era el objetivo primordial de las fuerzas colonizadoras. Por esta
causa, los dogon pudieron continuar como lo habían hecho durante cientos de años:
cultivando arroz, cebollas y cereales, guardando sus rebaños de cabras y produciendo unas
expresivas y misteriosas tallas votivas.
Los primeros antropólogos que dedicaron su atención al estudio de los
dogon y sus costumbres fueron, a comienzos de los años treinta, Griaule y Dieterlen. Este
matrimonio dedicó muchos lustros al análisis de las rasgos étnicos y culturales de
dicho pueblo, y en especial a la función que desempeñan los diferentes tipos de
máscaras; las cuales -como veremos más adelante- constituyen uno de los rasgos más
singulares y enigmáticos de su ritual religioso. Asimismo fueron los primeros en
constatar la importancia que para los dogon tiene Sirio y el extraordinario conocimiento
de los chamanes con respecto a esta estrella y, lo que resulta todavía más asombroso,
sobre su "compañera invisible", Sirio B. Los cincuenta años que tarda dicha
estrella en describir una órbita alrededor de Sirio es un evento que hacen coincidir con
la ceremonia mayor de su religión: el Sigui.
Pero antes de adentrarnos en este misterio estelar, veamos quienes son
sus artífices.
EXTRANJEROS Y PAGANOS
Según la tradición, los dogon provienen de algún lugar situado en la
orilla occidental del río Niger. Por motivos no aclarados, emigraron hacia el noroeste
-actual Burkino Faso- y más tarde hacia el reino de Yatenga. De ahí tuvieron que huir
ante la permanente amenaza de los guerreros Mossi, estableciéndose finalmente en la zona
de los Montes Bandiagara ( sudeste de Mali),que es donde viven en el presente. Los
primitivos habitantes de esta región -con quienes convivieron pacíficamente, sin
mezclarse- los llamaban "Babe", que significa "pagano" o
"extranjero".
Cada uno de los diferentes clanes que componen la sociedad dogon,
reclama para sí el privilegio de ser descendiente de alguno de los cuatro patriarcas que,
en torno al s. X de nuestra era, condujeron a este pueblo en el éxodo hasta su actual
emplazamiento. Domno, Ono, Aron y Dijon son los nombres de estos antepasados cuasi
míticos, sujetos de veneración y verdadero patrón que marca la unidad étnica de los
dogon, ya que cada comunidad lleva una existencia particular e incluso hablan distintos
dialectos.
Los poblados se agrupan en torno a los pozos de agua potable. La gina
es la unidad familiar, compuesta por el padre, sus esposas y sus hijos e hijas solteros.
Una aldea la forman una serie de ginas, regidas por el gina bana, que es el
varón más anciano de la comunidad. La principal responsabilidad del gina bana es
dirigir las ceremonias litúrgicas, aunque también preside un consejo de ancianos donde
se dirimen las disputas familiares y se administra la propiedad. No obstante, la máxima
figura política y religiosa está encarnada por el hogon, que es algo parecido a
un gobernador bajo cuya autoridad se encuentra todo un distrito. Los gina banas están
sujetos a su control, pero ellos a su vez deben obediencia al Gran Hogon. Este
último es el jefe espiritual de toda la tribu, descendiente directo de alguno de los
Cuatro Fundadores, y gobierna con el auxilio de los hogon. De él depende la
seguridad del estado, la tasación de impuestos y la administración de justicia, pero su
papel más importante lo desempeña como sumo sacerdote del ceremonial de las máscaras.
La sociedad dogon mantiene un rígido sistema de castas, basado -como
ocurre en otras culturas- en los diversos oficios: herreros, carpinteros, curtidores,
alfareros... Existe asimismo una casta especial formada por músicos, poetas y chamanes,
que, entre otros cometidos, tiene el de salvaguardar la pureza del linaje por vía
patrilineal, y preparar a los que serán iniciados en el secreto de las máscaras.
AWA, O EL RITUAL DE LAS MÁSCARAS
Hasta la consolidación del turismo como fenómeno sociológico de
nuestro tiempo, el arte dogon -representado por sus tallas, figuras tellum (pequeñas
imágenes que representan al antepasado común, objeto de culto familiar) y muy
especialmente por sus máscaras votivas- tenía una función estrictamente religiosa. Sin
embargo, hoy día existe una verdadera industria de la artesanía dogon, cuyas piezas se
pueden obtener en lugares tan dispares como un mercadillo o la tienda de
"souvenirs" del aeropuerto de Bamako. En una sección del Museo Arqueológico de
la capital -salas fundadas por Griaule y Dieterlen- se presenta una nutrida muestra de
genuinas máscaras dogon. "Un verdadero sacrilegio", como reconocían
hace algunos años los viejos antropólogos en unas declaraciones a la televisión
francesa. Detrás de los pulidos cristales de las vitrinas, se hallan las máscaras,
estáticas, despojadas para siempre del movimiento de danza al que van asociadas.
Representan una variada gama de eventos, unos cíclicos -como las cosechas o la
revalidación anual de los poderes mágicos del totem-. Otros inmutables; como la propia
cosmogonía, cuyo punto inicial se encuentra en el mito de la creación a partir del
"huevo cósmico", donde fueron emplazados dos embriones gemelos pero de distinto
sexo, de cuya eclosión surgirían las criaturas andróginas, consideradas como
arquetipos.
La religión dogon se caracteriza por el culto a los antepasados;
aunque existen otros ritos propios de las sociedades agrícolas: Lebe es el culto
de las cosechas, y Binu el del totem (animal o vegetal) que simboliza al clan. Cada
liturgia cuenta con un tipo de máscara característico. Su precisa elaboración, así
como el complejo ceremonial que acompaña a algunas de las celebraciones religiosas, está
supervisada por una hermandad compuesta exclusivamente por hombres. Son los llamados olaburu.
Su misión constituye un verdadero sacerdocio, que les impide integrarse en la sociedad
como "hombres normales". Viven de acuerdo con una estricta observancia monacal e
incluso hablan un lenguaje especial -que nadie entiende, excepto ellos mismos- cuyo
enigmático nombre es lengua del arbusto. Muchos olaburu -a diferencia de lo
que ocurre con otras hermandades religiosas, como los tumo, quienes tienen
encomendada la realización del rito batono, celebrado anualmente durante la
siembra- nunca participarán en la ceremonia a la que han consagrado su vida:
LA CEREMONIA SIGUI Y EL ENIGMA DE SIRIO
En una comunidad donde los hombres tienen una esperanza de vida de poco
más de cincuenta años (y algo menos las mujeres), muchos no podrán ser testigos de la
ceremonia que constituye el clímax de su religión. La causa no es arbitraria ni
paradójica, sino que viene marcada por un compás sin sonido, por la danza silenciosa de
los astros. El sigui se celebra cada cincuenta años, cuando Sirio -la estrella
más brillante del firmamento- aparece en un punto central, situado entre los picos de dos
montañas que simbolizan a los dos embriones primordiales.
Hasta aquí -y dejando aparte lo único de la ceremonia, sin parangón
en ninguna otra cultura africana- el sigui podría ser clasificado por los
especialistas como un ritual estelar donde intervienen factores animistas y elementos del
culto a los antepasados. Sin embargo, lo que pone las cosas más difíciles a los
investigadores es el hecho de que el sigui tiene un protagonista propio, un
personaje representado por una máscara, al que los dogon denominan Nommo.
¿Quién ese misterioso Nommo? ¿A quién simboliza su máscara?
Nommo -según los estudios de Griaule, Dieterlen, Paule y otros- es
quien preside realmente el sigui; es decir, el verdadero destinatario del
homenaje. Representado en la Gran Máscara; la que nadie lleva puesta, sino que es
colocada por el Gran Hogon sobre una especie de altar. Cada cincuenta años, una vez
concluida la ceremonia, es destruida. Y una nueva máscara ocupará el sitial cuando se
celebre el siguiente sigui... Lo sorprendente es que Nommo fue, conforme a
la creencia dogon, una criatura anfibia procedente de Sirio, que visitó a este pueblo
hace incontables generaciones.
CRIATURAS ANFIBIAS Y MITOLOGIA
Existen repartidas por todo el planeta, algunos relatos de seres
anfibios que, según los mitos, instruyeron a la humanidad en una época remota , en
diversas disciplinas (agricultura, astronomía, medicina, arquitectura etc.), pasando más
tarde al acervo popular.
El arqueólogo Arthur Posnansky cita la leyenda de las "deidades
del lago", llamadas Chullua y Umantua, en su libro Tiahuanaco, cuna
de la civilización americana. Estos seres, mitad hombres, mitad peces, podrían estar
representados en dos estatuas levantadas en el edificio denominado Kalasasaya, dentro del
recinto arqueológico de Tiahuanaco (Bolivia). Dicha idea ha sido sugerida, con bastante
verosimilitud, por el afamado especulador de la historia Graham Hancock, en su reciente
obra Las huellas de los dioses.
No obstante, el testimonio más interesante y detallado lo proporciona
un personaje caldeo del siglo III a. C.: Berosus. Este sacerdote e historiador redactó en
griego una obra en tres volúmenes acerca de la historia de Babilonia. Su contenido ha
sobrevivido en fragmentos transmitidos por los historiadores Flavio Josefo y Eusebio de
Cesarea. En la primera parte de su
Historia, Berosus cuenta que "Oannes era el más sabio
entre los Annedoti (criaturas míticas, anfibias, abundantemente representadas en
los relieves babilónicos con cabeza y parte anterior del cuerpo humanos, y espalda de
pez). Oannes -según el relato de Berosus- surgía de las aguas del Golfo Pérsico
cada mañana e instruía a los hombres en las artes y las ciencias. A pesar de su aspecto
repulsivo ("annedoti" significa, precisamente, "repugnante" o
"repulsivo") era un ser bondadoso. Además era el emisario de Ea, dios
que presidía el ritual de purificación de las aguas, suprema divinidad de la
hechicería, patrón de las artes y padre de Marduk, cabeza del panteón
babilónico.
Por otra parte Dagon , antiguo dios de la fertilidad, adorado en
Siria y en la región más occidental de Mesopotamia, se convirtió en el dios principal
de los filisteos, un pueblo guerrero que habitaba en la franja sudoriental del
Mediterráneo, entre la actual Jaffa y el noreste de Egipto. Su nombre parece derivar de
un antiguo vocablo semítico, cuyo significado es "cereal". Tenía sus templos
principales en Gaza y Ashod, y era, como en el caso anterior,, una divinidad anfibia.
Las teorías sobre el origen de los mitos no nos ayudan demasiado en la
tarea de averiguar por qué los dogon adoptaron a un ser anfibio como figura máxima de su
panteón. Que pueda pertenecer a lo que Jung definió como "el inconsciente
colectivo" sería una posible respuesta al problema de su ubicación. Es decir,
adoptando esta teoría no tendría por qué haber habido conexión alguna entre las
culturas mesopotámicas y los habitantes de los Montes de Bandiagara, ya que determinadas
manifestaciones -concreciones- de procesos mentales abstractos pertenecen al común de la
humanidad. No obstante hay dos factores que impiden aceptar , sin más, esta
interpretación: Primero por el hecho de que las alusiones a divinidades anfibias no
aparecen esparcidas por todo el mundo, como ocurre con otros mitos, sino que proceden de
lugares muy determinados, algunos muy alejados entre sí. En segundo lugar, esta teoría
no explicaría en absoluto la conexión entre Nommo y Sirio, manifestada en la
ceremonia sigui
Una vez más ,como ha ocurrido tantas veces, la respuesta podría
hallarse en Egipto...
SACERDOTES ASTRÓNOMOS
Durante mucho tiempo la egiptología ortodoxa, aquella que admite sólo
lo que con limitados medios es capaz de catalogar, ha negado el pan y la sal a la que
probablemente sea la civilización más enigmática de la antigüedad. Por ejemplo, se
afirma que no conocieron la rueda hasta muy avanzado el periodo dinástico, que los
utensilios de hierro eran prácticamente desconocidos y que sus conocimientos de
astronomía no pasaban de una notable habilidad para registrar lo que veían en el cielo
estrellado cada noche, y así amalgamar las historias de sus dioses con el curso de los
astros. Todo dentro de un estrecho cartesianismo: no se han hallado ruedas datables en las
primeras dinastías ,luego lo más probable es que no conocieron su uso hasta muy avanzada
su historia. Tampoco han sido halladas herramientas de hierro, que prueben su empleo en
actividades tales como el desbastado de bloques de granito, o el cincelado de imágenes. Y
por otra parte, al carecer de instrumentos de óptica, lentes y mucho menos telescopios,
todo el saber astronómico debió de ser adquirido "a simple vista" (¡Y con
enorme paciencia!)
Sin embargo, pocas cosas hay más engañosas que las aseveraciones
pseudo científicas ; sobre todo cuando parten de una materia tan sujeta a diferentes
interpretaciones. Con la aplicación de nuevas tecnologías y la incursión de otras
disciplinas -como la arqueoastronomía o la arqueobotánica- en el "sancta
sanctorum" de los egiptólogos, ciertas "verdades" casi axiomáticas están
siendo puestas en entredicho. Por ejemplo, la datación de ciertos monumentos -entre ellos
las tres pirámides principales y la esfinge del conjunto de Gizah, o el Osireion de
Abydos-, así como cuál era su función real.
El análisis de las inscripciones grabadas en las pirámides de la
dinastías V y VI ( el Imperio Antiguo, dentro del cual se encontraban estas dinastías,
abarcó el periodo comprendido entre los años 2650 y 2180 a. C.) , conocidas como
"Textos de las Pirámides", revela que no se trataba sólo de un conjunto de
formulas y encantamientos para procurar que el alma del difunto faraón alcanzara la
inmortalidad, sino además, de una exposición de sorprendentes conocimientos
astronómicos, envueltos en alegorías y alusiones míticas. Sólo a través de una
experiencia acumulada durante muchas generaciones en el campo de la astronomía y las
matemáticas, podría explicarse el hecho de que los antiguos egipcios conocieran -mucho
antes que Arquímedes- el valor del número pi y su aplicación práctica, así
como el fenómeno de la precesión equinoccial (la lentísima oscilación que la masa
terráquea experimenta sobre su eje, y que abarca un periodo total de 25.920 años) Es
evidente que estos conocimientos no encajan en absoluto con una sociedad acabada de salir
del Neolítico, pero también es cierto que el conocimiento se hallaba en posesión de las
castas sacerdotales, celosas guardianas de los secretos encerrados en el ámbito del
templo. Los libros de historia suelen presentar el nacimiento de la civilización egipcia
como un hecho surgido casi de la nada, en una época inmediatamente anterior al periodo
dinástico (hacia el 3.100 a.C.) . Esta simplificación constituye en sí misma un reto a
la lógica pues ¿cómo podría explicarse -por ejemplo- que el complejo sistema de
escritura jeroglífico estuviera ya plenamente formado en los albores del comienzo
"oficial" de la historia egipcia?
Ningún recalcitrante defensor de la ortodoxia niega, ante los
"Textos de las Pirámides", que Sothis-Sirio ocupaba un puesto
preponderante en la llamada teología heliopolitana, dada la identificación de
esta estrella con Isis, hermana y esposa de Osiris. Tampoco es cuestionable que a Osiris
se le asociaba con Orion y que de la unión de ambas divinidades nació Horus. Según el
mito, Horus fue el encargado de vengar la muerte de su padre a manos de Seth (hermano de
Isis y Osiris) A partir de entonces, Horus pasó a encarnarse en el faraón reinante y
Osiris a identificarse con el faraón difunto, reinando en la Duat (el Reino de los
Muertos) por toda la Eternidad. En la estrofa 632 se describe el acto en que fue
engendrado Horus:
"Tu hermana Isis se aproxima colmada de alegría y amor por ti.
Tú (Osiris) la has colocado en tu falo, y de tu semilla germinada en
Sothis ha surgido Horus.
El te protege en su nombre: Horus, el hijo que protege al padre"
La identificación de Osiris e Isis con dos cuerpos celestes
"próximos" -entiéndase como próximos desde el punto de vista de un observador
que mirara al firmamento en una noche estrellada- no admite lugar a dudas: Sirio - la
estrella más brillante- parece anteceder a la constelación de Orion. La pareja se
halla unida en la inmensidad estelar.
Pero... ¿dónde está Horus? ¿con qué estrella cercana a sus
progenitores -Osiris/Orion e Isis/Sirio- se la identificaba?
Hay que decir que los Textos de las Pirámides no nos ayudan en este
punto, y que sólo se alude a una inconcreta "estrella matutina". Parece lógico
pensar que se tratara de una estrella no alejada de la "divina pareja", ya que
Horus había sido fruto de su unión.
El problema es que ninguna estrella visible se prestaba a
desempeñar este rol.
LA HERMANA MENOR DE SIRIO
En el año de 1862, el astrónomo norteamericano Alvin Clark
descubrió, empleando un potente telescopio, el astro al que la ciencia ha denominado
Sirio B. Se trata de un cuerpo estelar de gran densidad -una "enana blanca"- que
completa su órbita alrededor de Sirio en el plazo de cincuenta años. Las primeras
fotografías de esta "desconocida compañera" de Sirio fueron obtenidas en 1970.
El hallazgo -sin duda importante para la astronomía- tuvo asimismo repercusión en otros
campos alejados, en principio, de esta disciplina: ahora era posible sostener la
hipótesis, desde el campo de la egiptología, de que la "nueva estrella" podía
muy bien ser la que los egipcios habían identificado con Horus. Pero, de ser así ¿cómo
conocían su existencia?
El terreno de la especulación es siempre resbaladizo. Griaule y
Dieterlen no trataron de interpretar; simplemente dieron noticia de lo que habían
aprendido de la cultura y las creencias del pueblo dogon, tras muchos años de análisis.
Y los factores descritos eran en sí mismos sorprendentes. No es de extrañar que este
material fuera utilizado por otros autores que sí trataron de interpretarlo, con mayor o
menor fortuna.
El filólogo y orientalista Robert Temple publicó hacia los años
setenta una obra -El misterio de Sirio- que daría pié a una larga y viva
polémica, en la que participó como antagonista principal el eminente astrofísico Carl
Sagan.
Temple sostenía el origen egipcio de los conocimientos astronómicos
de los dogon. Sus argumentos no se fundaban sobre pruebas muy sólidas, aunque distaban de
ser descabellados. Después de muchos debates en la prensa y muchas horas de televisión
empleadas en réplicas y contra réplicas, la autoridad académica de Sagan -que por aquel
entonces se encontraba en pleno proceso de elaboración de su famosa serie de divulgación
"Cosmos"- pareció imponerse:
Afirmó que los dogon habían asimilado una información moderna,
aportada probablemente por misioneros, con respecto a estos precisos datos astronómicos.
Y para abonar su tesis, recordó el aluvión de artículos y reportajes sobre temas
científicos y arqueológicos que aparecieron en la prensa durante la década de los años
veinte (especialmente a partir de la apertura de la tumba de Tutankhamon, en 1922) No era,
pues, preciso buscar la clave a miles de kilómetros, y mucho menos remontarse a un pasado
remoto.
De poco sirvieron las protestas de Griaule y Dieterlen - quienes
finalmente se decidieron a terciar en la polémica- cuando declararon que la
interpretación de Sagan era absurda, ya que les constaba que los dogon no habían tenido
contacto directo con el hombre blanco antes de 1931, año en el que el matrimonio de
antropólogos visitó por primera vez aquella zona del sudeste de Mali.
Habrían de transcurrir aún varios hasta ver cuál de las hipótesis
debía ser definitivamente rechazada. En 1988 se efectuó la datación por medio del
Carbono-14 de una estatuilla que representaba el carácter dual de Sirio, y que resultó
tener una antigüedad no inferior a quinientos años. Y, como colofón, apareció el
testimonio aportado en 1990 por el prior de la misión en Mali de los Padres Blancos,
según el cual no se había enviado ningún misionero a la región de los Montes de
Bandiagara, antes del otoño de 1949...