La columna de Santiago Camacho
Soylent Green
Sin duda, una de las mejores películas de ciencia-ficción de todos los tiempos es Soylent Green, que en nuestro país se estrenó con el título de Cuando el destino nos alcance. Aparte de un magnífico recital interpretativo por parte de Charlton Heston y Edward G. Robinson, esta cinta nos ofrece la apocalíptica visión de un futuro en el que la humanidad no tiene más remedio que recurrir a productos sintéticos para alimentarse. El más popular de ellos es el Soylent Green que, según se desvela demoledoramente al final de la cinta, está elaborado con cadáveres. La película está ambientada en el año 2022. Poco imaginaban los guionistas en 1973 que no habría que esperar tanto para que, al menos parcialmente, comenzase a hacerse realidad.
El pasado día 13 de septiembre, el diario británico The Guardian hacía una revelación que se asemejaba mucho al descubrimiento de Charton Heston al final de la película. Una compañía china de cosméticos está utilizando piel tomada de los cadáveres de condenados a muerte para desarrollar productos de belleza que se podrían estar vendiendo en Europa. Concretamente se trata de colágeno, muy utilizado en la actualidad en forma de inyecciones para aumentar el volumen de los labios y hacer desaparecer arrugas.
De hecho, al parecer existía una enorme perplejidad sobre cómo los chinos podían fabricar colágeno humano a tan sólo un 5% del coste del mismo producto en Occidente. La respuesta puede encontrarse en esta revelación. Al parecer existe un enorme vacío legal en Europa a la hora de controlar tratamientos cosméticos como el colágeno que, por otra parte, son precisamente los más demandados en la actualidad. Aparte de las cuestiones éticas evidentes, existe también el riesgo potencial de infecciones.
El caso del colágeno podría ser la punta del iceberg de un asunto de derechos humanos de alcance inconcebible porque, según apuntan diversas voces, los cuerpos de los más de 3.000 (la cifra exacta es uno de los secretos de estado mejor guardados de China) ejecutados podrían ser saqueados, sin consentimiento previo, de todo el valor que contienen: sangre, tejidos, órganos para trasplantes... En junio de 2001, Wang Guoqi, antiguo médico militar chino, declaró ante los miembros del Congreso de los EE.UU. haber trabajado en la recolección de los órganos de más de 100 presos ejecutados, sin beneplácito previo. Los cirujanos utilizaban furgonetas habilitadas para este macabro fin aparcadas en las inmediaciones de los centros de ejecución.