gxxi.gif (4063 bytes)

Semanario interactivo universitario

manus2.gif (18591 bytes)

 

Reportaje

 

REPORTAJE

arrow.gif (79 bytes)El Cairo

 

Cairo, la ciudad de Marte

 

Por Luis del Palacio

 

Cuenta la leyenda que los capataces encargados de dirigir las obras de erección de la nueva ciudad, aguardaban una señal de los astrólogos para ponerse manos a la obra. La señal convenida era un toque de campana. Mas el azar quiso que todo se adelantara al posarse un cuervo sobre la cuerda que la sostenía. Cuando repicó, ya no podía volverse atrás: el Destino había querido que la nueva capital se hallara bajo la advocación de Al-Qahir, el planeta Marte, que en aquel momento se encontraba en su fase ascendente...

 

De ahí podría derivar el nombre de El Cairo, pero otras versiones menos románticas lo traducen como "la victoriosa", aludiendo a la dinastía Fatimita, que había arrebatado el poder a la de los Abasidas en el año 969. Sin embargo, aunque se creaba entonces el núcleo de lo que poco a poco iría expandiéndose hasta formar esa inconexión urbanística que es la capital actual, El Cairo existía ya compartimentada, acuartelada en pequeñas zonas autónomas que, aun estando hoy integradas en el Gran Cairo, se pertenecen a sí mismas y evocan un pasado en el que fueron auténticas urbes.

 

El despertar

El traqueteo del desvencijado taxi de Fakri no invita a dar cabezadas, sino más bien a darse de cabezazos contra el techo y las ventanillas cada vez que frena "en seco", cosa que ocurre cada cinco segundos. Son las siete de la mañana y el dragón comienza a despertarse: la sangre, portadora de vehículos-leucocitos, va fluyendo por sus venas y arterias. El ligero estertor de ahora se convertirá en fragor hacia el mediodía, y ya no cesará hasta nueve o diez horas después. Casi todo lo que nuestros ojos pueden captar durante el trayecto entre el barrio islámico de El Cairo e Ismailia, constituye un permanente reclamo a la curiosidad: antiguos edificios con reminiscencias parisinas que van desmoronándose sin que a nadie le preocupe; extrañas azoteas donde hay gente que vive bajo unos cobertizos hechos de lona, hojalata y plásticos, y que a esta temprana hora cuece el agua del primer café. La vista que se presenta entonces hace que el café del desayuno me baile en el estómago: es como una estampa inédita de Manhattan, en la que se hubieran incluido, como toque pintoresco, algunos carros tirados por pacientes y famélicos burros y automóviles más al gusto de Mr. Bean que del millonario Al-Fayed.

El tráfico cairota es uno de los muchos milagros que hacen que esta ciudad, con casi 16 millones de habitantes, "funcione" razonablemente bien. Hay semáforos por doquier, y el hecho de que ningún conductor los respete, no parece perjudicar esa maravillosa fluidez, sino al contrario. La gente no se orienta por lo que ve, sino por lo que oye. Es el lenguaje de los murciélagos aplicado a actividad tan humana como conducir un coche.

La Avenida de las Pirámides es el prolongado bulevar que comunica la parte de la ciudad situada en la margen occidental del Nilo, con la planicie de Giza, enclave de la más famosa necrópolis del mundo. En la actualidad sólo es posible hacerse una idea de la apariencia lejana y enigmática de las pirámides y de la esfinge, si las contemplamos desde la Ciudadela de Sal-Adin (Saladino), el alcázar del siglo XII que domina El Cairo medieval. Desde esa terraza, frente a la entrada a la Mezquita de Mohamed Ali (llamada Mezquita de Alabastro), es posible extender la mirada a lo largo de los casi 25 kilómetros que median entre Giza y el centro de la capital. Volando por encima de las casas, los minaretes, las calles, los mercados, las plazas, la Ciudad de los Muertos (habitada por decenas de miles de vivos), el río... llegaremos al lugar elegido hace cuatro mil quinientos años por los faraones de la IV Dinastía, para edificar sus tumbas inverosímiles. Este privilegio no va a durar mucho: varios rascacielos construidos en los últimos años limitan ya ese vuelo de los ojos, y dentro de poco la alfombra mágica tendrá que hacer escala en la azotea de algún hotel de lujo. A vista de pájaro se puede comprobar el avance de los sucesivos ensanches, que han ido comiendo terreno al desierto. Las casas no llegan por poco a los mismos pies de la Esfinge, aunque parece que los especuladores del suelo tendrán que conformarse por ahora con esa poco menos que discreta proximidad. Su plan de construir un conjunto residencial que envolvería a la propia necrópolis, ahogándola para siempre en una suerte de "Las Vegas faraónico", forma parte de los nutridos fondos del Museo Egipcio de Disparates Urbanísticos, aunque en este caso en calidad de proyecto siniestro.

Una de las cosas que más llaman la atención en El Cairo es la urgencia con que parece haber crecido la ciudad. Nada está hecho para que dure, para que resista el embate del tiempo, y es fácil prever que de aquí a cincuenta años muy pocos de los edificios que hoy vemos habrán sobrevivido. La urbe -como el dragón- está condenada a cambiar de piel una y mil veces. Es posible que dentro de otros dos mil años las pirámides de Giza y la Esfinge se hallen todavía allí; no en vano han resistido ya más de cuarenta y cinco siglos. Pero es impensable que sobreviva algo de lo que hoy va acorralando la soledad necesaria de las piedras, el silencio casi absoluto del desierto. Todavía hay chacales que merodean por las tumbas, pero sólo lo hacen al anochecer, cuando los últimos turistas desaparecen, llevados ritualmente en lujosos autocares hacia las tiendas de papiros, las joyerías o los "foyer" de los grandes hoteles...

 

Sakkara

Poco antes de llegar al llegar al tramo final de la Avenida, giramos a la izquierda, enfilando la carretera de Sakkara. El viejo Renault 12 soporta con mecánico estoicismo el esfuerzo de superar los numerosos baches -casi pequeños cráteres- que jalonan el camino.

En menos de cinco minutos hemos pasado del atosigante ambiente de las calles de la ciudad más poblada de África, a otro completamente distinto, rural y casi, casi atemporal. Avanzamos por la estrecha ruta asfaltada, alejándonos del Gran Cairo, hacia Menfis, el Muro Blanco, capital del Antiguo Egipto hace más de cuatro mil años. Sin embargo, de aquel lejano esplendor casi nada queda, aparte de algunos escasos restos arqueológicos. Un villorrio polvoriento se levanta en la que antaño fue sede del poderoso clero menfita, artífice y valedor de uno de los sistemas religiosos más complejos y enigmáticos de la Antigüedad. A pocos kilómetros de allí, en su inmutable y luminosa soledad, encontramos las tumbas de Sakkara. Este vastísimo cementerio -que continúa siendo excavado en la actualidad- contiene s del primer periodo histórico egipcio (hace más de cinco mil años), junto con tumbas y pirámides de épocas posteriores, especialmente de la V y VI dinastías. Durante unos veinte siglos fue "antesala del Más Allá" de faraones, reinas, príncipes, nobles, militares y cortesanos. No es por tanto de extrañar que constituya un verdadero filón para los egiptólogos: cada año salen a la luz nuevas tumbas y templos, algunos en excelente estado de conservación. Sin embargo, la "estrella" de la necrópolis es, sin duda, la denominada Pirámide Escalonada, mandada erigir por Zoser, el faraón más importante de la III dinastía.

Vagar -como el fellah- por entre las tumbas, los montones de piedras, los túmulos, las dunas..., sintiendo que el sudor que brota de la frente se evapora al instante, es una experiencia difícil de explicar. Nadie perturba esa paz cegadora y blanca.

La última parte del paseo nos conduce a una de las tumbas más insólitas de todo Sakkara: el Serapeum.

El ambiente en la tumba es fresco, la soledad absoluta. Recorremos la galería principal, que mide casi setenta metros. A ambos lados van apareciendo, una a una, las veintiocho cámaras, algunas de las cuales contienen los sarcófagos de más de setenta toneladas que en su día albergaron los cuerpos momificados de los bueyes sagrados. ¿Qué fuerza extraordinaria, qué fervor religioso para nosotros incomprensible impulsó a los antiguos egipcios en su construcción de semejante tumba? La palabra "disparate" es demasiado obvia; es preciso admitir, con humildad, que no lo sabemos, que las incógnitas que plantea el pasado egipcio superan con mucho al número de certezas.

 

Por el barrio islámico

La última parte de la jornada vamos a dedicarla a bajar desde la ciudadela hasta el zoco, Khan-el-Khalili. Hay que rodear la ciudadela para encontrar el camino que nos conducirá hacia Darb Al-Ahmar (la "calle roja"), una de las zonas del Cairo que todavía conservan gran parte de su ambiente medieval, sólo importunado por alguna que otra motocicleta. No; no es el decorado para hacer un "remake" de Lawrence de Arabia. Aquí hay muchos más hombres vestidos con chilaba (guilabía) que a la manera occidental, y se ve a gran número de mujeres con velo (chador). Tan natural es la presencia del aguador empujando su carrito con tinajas transparentes, donde flotan rodajas de limón o brilla el rojo del carcadé, como la del vendedor de esponjas o la del herrero tomando té a la puerta de su taller, en compañía de su vecino, el cordelero... Avanzamos con la pretensión de pasar desapercibidos, de observar sin ser observados. Nada más inútil; y, sin embargo, aunque la curiosidad que manifiesta esta gente hacia nosotros es equivalente a la que nosotros tenemos por ellos, nadie nos aborda, nadie se dirige a nosotros para hacer de factótum o vendernos la lámpara de Aladino. Todo se resuelve en un intercambio de miradas sonrientes. Las escenas callejeras recuerdan a las que con singular talento plasmó el pintor inglés David Roberts, en su serie de acuarelas sobre El Cairo, hace más de ciento cincuenta años.

Hemos alcanzado la bifurcación donde se encuentra Bab Zuweyla, una de las tres puertas que se conservan de la antigua Al-Qahira. Construida en el siglo XI, durante la etapa fatimita, fue uno de los lugares elegidos por los usurpadores mamelucos para efectuar sus bárbaras ejecuciones públicas. Por fortuna no hay nada que recuerde ese pasado ominoso. Atravesándola se accede a Al-Muizz li-Din Allah, último tramo del recorrido. Enseguida nos topamos, a la izquierda, con la Mezquita de Al-Muayyad, inconfundible por su impresionante puerta de bronce. A partir de aquí el ambiente va modernizándose; es como si nuestros pasos fueran conduciéndonos hacia la uniformidad del presente: menos chilabas, más vehículos, más letreros, más luz eléctrica... De pronto hemos llegado al zoco de Ghouriyya, menos popular de Khan-el-Khalili -aquí es raro encontrar turistas- pero igualmente fascinante. Después de beber un vaso de jugo de caña de azúcar, exprimido en el momento con una mamotrética licuadora provista de ruedas dentadas, nos enzarzamos en una amable pero intensa discusión con un vendedor de especias que, habiendo identificado el idioma que hablábamos, nos hizo pasar con un "¡Eh! ¡Hola! Español. Bueno, bonito, barato.¡Aquí, mira!". Lo que teníamos que mirar era un montículo de polvo anaranjado "¡Safrán! ¡Safrán! Bueno, compra". Lo que ignoraba el insistente individuo es que hablar de azafrán con un español es casi tan peligroso como hacerlo sobre el queso de camembert con un francés. "Cúrcuma, y sólo cúrcuma, amigo", le respondí. Desistió en el acto; aunque sí nos llevamos unos gramos de hojas de menta y un cucurucho con semillas de cardamomo.

Y, por fin, Al-Azhar.

Doblando la esquina del Mausoleo de Al-Ghouri, se entra en la bulliciosa sharia, plagada de gente, tráfico, ruido, humos... La primera tentación es tomar un taxi ("¡Si estuviera Fakri!") para alejarse de allí lo antes posible. Pero haciendo el pequeño sacrificio de anegarnos en aquel mar de humanidad durante cinco minutos, subiendo los doscientos metros de cuesta que nos separan de Midan Hussein, sabemos que nos espera la Mezquita de Al-Azhar.

¡Qué presunción hay a veces en las expresiones! Decir que "nos espera la Mezquita de Al-Azhar" es casi equivalente a la boutade napoleónica de "cuarenta siglos nos contemplan", ante las Pirámides de Giza .

Al-Azhar es mucho más que un edificio histórico. Es el símbolo de una cultura que conoció épocas de esplendor; de cuando el Islam era depositario de la cultura clásica y se hallaba elaborando la suya propia. Al-Azhar es también símbolo de lo que antagoniza con el integrismo: el ecumenismo, la universalidad del conocimiento y del arte. Fue abierta por la dinastía fatimita en el año 970, como centro de debate teológico. Y a más de mil años de su fundación, continúa siendo sede de la universidad más antigua del mundo.

Enfrente está Midan Hussein, la amplia plaza rectangular donde se levanta otra de las mezquitas más concurridas de la capital, Sayyidna al-Hussein. Su acceso está vedado a quienes no profesan la fe islámica, y está consagrada a la memoria de Hussein, nieto de Mahoma, de quien deriva la rama chiita, adversaria de la suni. Los fatimitas eran devotos seguidores de Hussein, pero con el derrocamiento de esta dinastía y la entronización de Saladino cambiaron las cosas. Hoy día una gran parte de musulmanes son sunis y, sin embargo, consideran a este personaje como un martir de su religión.

Al mirar hacia Khan-el-Khalili parece como si un manto de luciérnagas se extiendiera sobre su laberinto de callejas. La actividad es intensa durante el día, pero es al anochecer cuando cobra su especial vida lumínica. De cada portal, de cada pequeña tienda, a la entrada de cualquiera de los numerosos cafetines que la pueblan hay colgado un farol -a veces varios- lanzando unos destellos multicolores que se reflejan en los innumerables objetos que se exhiben: las joyas de oro y plata, inspiradas en la orfebrería faraónica; frascos de perfume; bolsos y sandalias de cuero; caftanes, chilabas y narguiles, estatuillas de alabastro que esperan pacientemente su viaje sin retorno a algún lugar remoto... Los antiguos cristales de mica han cedido el puesto a los tubos de neón, pero aun así, la luz que proviene de tantos puntos distintos crea el ambiente de un sueño, en el que intervienen también las voces, la música, la risa, la llamada a la oración y los olores: el de asado de cordero, el del humo de las pipas de agua, el de las hierbas quemadas en un sahumerio, el de la piel curtida...

El dragón se relaja. Va a pasar la noche sin notar el frio del desierto, arrullado por la corriente del Nilo. Sin embargo, varios de sus corazones no dejarán de latir.

Los habitantes de la Ciudad de Marte nunca duermen del todo.