De ahí podría derivar el nombre de El Cairo, pero otras versiones
menos románticas lo traducen como "la victoriosa", aludiendo a la dinastía
Fatimita, que había arrebatado el poder a la de los Abasidas en el año 969. Sin embargo,
aunque se creaba entonces el núcleo de lo que poco a poco iría expandiéndose hasta
formar esa inconexión urbanística que es la capital actual, El Cairo existía ya
compartimentada, acuartelada en pequeñas zonas autónomas que, aun estando hoy integradas
en el Gran Cairo, se pertenecen a sí mismas y evocan un pasado en el que fueron
auténticas urbes.
El despertar
El traqueteo del desvencijado taxi de Fakri no invita a dar cabezadas,
sino más bien a darse de cabezazos contra el techo y las ventanillas cada vez que frena
"en seco", cosa que ocurre cada cinco segundos. Son las siete de la mañana y el
dragón comienza a despertarse: la sangre, portadora de vehículos-leucocitos, va fluyendo
por sus venas y arterias. El ligero estertor de ahora se convertirá en fragor hacia el
mediodía, y ya no cesará hasta nueve o diez horas después. Casi todo lo que nuestros
ojos pueden captar durante el trayecto entre el barrio islámico de El Cairo e Ismailia,
constituye un permanente reclamo a la curiosidad: antiguos edificios con reminiscencias
parisinas que van desmoronándose sin que a nadie le preocupe; extrañas azoteas donde hay
gente que vive bajo unos cobertizos hechos de lona, hojalata y plásticos, y que a esta
temprana hora cuece el agua del primer café. La vista que se presenta entonces hace que
el café del desayuno me baile en el estómago: es como una estampa inédita de Manhattan,
en la que se hubieran incluido, como toque pintoresco, algunos carros tirados por
pacientes y famélicos burros y automóviles más al gusto de Mr. Bean que del millonario
Al-Fayed.
El tráfico cairota es uno de los muchos milagros que hacen que esta
ciudad, con casi 16 millones de habitantes, "funcione" razonablemente bien. Hay
semáforos por doquier, y el hecho de que ningún conductor los respete, no parece
perjudicar esa maravillosa fluidez, sino al contrario. La gente no se orienta por lo que
ve, sino por lo que oye. Es el lenguaje de los murciélagos aplicado a actividad tan
humana como conducir un coche.
La Avenida de las Pirámides es el prolongado bulevar que comunica la
parte de la ciudad situada en la margen occidental del Nilo, con la planicie de Giza,
enclave de la más famosa necrópolis del mundo. En la actualidad sólo es posible hacerse
una idea de la apariencia lejana y enigmática de las pirámides y de la esfinge, si las
contemplamos desde la Ciudadela de Sal-Adin (Saladino), el alcázar del siglo XII que
domina El Cairo medieval. Desde esa terraza, frente a la entrada a la Mezquita de Mohamed
Ali (llamada Mezquita de Alabastro), es posible extender la mirada a lo largo de los casi
25 kilómetros que median entre Giza y el centro de la capital. Volando por encima de las
casas, los minaretes, las calles, los mercados, las plazas, la Ciudad de los Muertos
(habitada por decenas de miles de vivos), el río... llegaremos al lugar elegido hace
cuatro mil quinientos años por los faraones de la IV Dinastía, para edificar sus tumbas
inverosímiles. Este privilegio no va a durar mucho: varios rascacielos construidos en los
últimos años limitan ya ese vuelo de los ojos, y dentro de poco la alfombra mágica
tendrá que hacer escala en la azotea de algún hotel de lujo. A vista de pájaro se puede
comprobar el avance de los sucesivos ensanches, que han ido comiendo terreno al desierto.
Las casas no llegan por poco a los mismos pies de la Esfinge, aunque parece que los
especuladores del suelo tendrán que conformarse por ahora con esa poco menos que discreta
proximidad. Su plan de construir un conjunto residencial que envolvería a la propia
necrópolis, ahogándola para siempre en una suerte de "Las Vegas faraónico",
forma parte de los nutridos fondos del Museo Egipcio de Disparates Urbanísticos, aunque
en este caso en calidad de proyecto siniestro.
Una de las cosas que más llaman la atención en El Cairo es la
urgencia con que parece haber crecido la ciudad. Nada está hecho para que dure, para que
resista el embate del tiempo, y es fácil prever que de aquí a cincuenta años muy pocos
de los edificios que hoy vemos habrán sobrevivido. La urbe -como el dragón- está
condenada a cambiar de piel una y mil veces. Es posible que dentro de otros dos mil años
las pirámides de Giza y la Esfinge se hallen todavía allí; no en vano han resistido ya
más de cuarenta y cinco siglos. Pero es impensable que sobreviva algo de lo que hoy va
acorralando la soledad necesaria de las piedras, el silencio casi absoluto del desierto.
Todavía hay chacales que merodean por las tumbas, pero sólo lo hacen al anochecer,
cuando los últimos turistas desaparecen, llevados ritualmente en lujosos autocares hacia
las tiendas de papiros, las joyerías o los "foyer" de los grandes hoteles...
Sakkara
Poco antes de llegar al llegar al tramo final de la Avenida, giramos a
la izquierda, enfilando la carretera de Sakkara. El viejo Renault 12 soporta con mecánico
estoicismo el esfuerzo de superar los numerosos baches -casi pequeños cráteres- que
jalonan el camino.
En menos de cinco minutos hemos pasado del atosigante ambiente de las
calles de la ciudad más poblada de África, a otro completamente distinto, rural y casi,
casi atemporal. Avanzamos por la estrecha ruta asfaltada, alejándonos del Gran Cairo,
hacia Menfis, el Muro Blanco, capital del Antiguo Egipto hace más de cuatro mil años.
Sin embargo, de aquel lejano esplendor casi nada queda, aparte de algunos escasos restos
arqueológicos. Un villorrio polvoriento se levanta en la que antaño fue sede del
poderoso clero menfita, artífice y valedor de uno de los sistemas religiosos más
complejos y enigmáticos de la Antigüedad. A pocos kilómetros de allí, en su inmutable
y luminosa soledad, encontramos las tumbas de Sakkara. Este vastísimo cementerio -que
continúa siendo excavado en la actualidad- contiene s del primer periodo histórico
egipcio (hace más de cinco mil años), junto con tumbas y pirámides de épocas
posteriores, especialmente de la V y VI dinastías. Durante unos veinte siglos fue
"antesala del Más Allá" de faraones, reinas, príncipes, nobles, militares y
cortesanos. No es por tanto de extrañar que constituya un verdadero filón para los
egiptólogos: cada año salen a la luz nuevas tumbas y templos, algunos en excelente
estado de conservación. Sin embargo, la "estrella" de la necrópolis es, sin
duda, la denominada Pirámide Escalonada, mandada erigir por Zoser, el faraón más
importante de la III dinastía.
Vagar -como el fellah- por entre las tumbas, los montones de
piedras, los túmulos, las dunas..., sintiendo que el sudor que brota de la frente se
evapora al instante, es una experiencia difícil de explicar. Nadie perturba esa paz
cegadora y blanca.
La última parte del paseo nos conduce a una de las tumbas más
insólitas de todo Sakkara: el Serapeum.
El ambiente en la tumba es fresco, la soledad absoluta. Recorremos la
galería principal, que mide casi setenta metros. A ambos lados van apareciendo, una a
una, las veintiocho cámaras, algunas de las cuales contienen los sarcófagos de más de
setenta toneladas que en su día albergaron los cuerpos momificados de los bueyes
sagrados. ¿Qué fuerza extraordinaria, qué fervor religioso para nosotros incomprensible
impulsó a los antiguos egipcios en su construcción de semejante tumba? La palabra
"disparate" es demasiado obvia; es preciso admitir, con humildad, que no lo
sabemos, que las incógnitas que plantea el pasado egipcio superan con mucho al número de
certezas.
Por el barrio islámico
La última parte de la jornada vamos a dedicarla a bajar desde la
ciudadela hasta el zoco, Khan-el-Khalili. Hay que rodear la ciudadela para encontrar el
camino que nos conducirá hacia Darb Al-Ahmar (la "calle roja"), una de las
zonas del Cairo que todavía conservan gran parte de su ambiente medieval, sólo
importunado por alguna que otra motocicleta. No; no es el decorado para hacer un
"remake" de Lawrence de Arabia. Aquí hay muchos más hombres vestidos
con chilaba (guilabía) que a la manera occidental, y se ve a gran número de
mujeres con velo (chador). Tan natural es la presencia del aguador empujando su
carrito con tinajas transparentes, donde flotan rodajas de limón o brilla el rojo del carcadé,
como la del vendedor de esponjas o la del herrero tomando té a la puerta de su taller, en
compañía de su vecino, el cordelero... Avanzamos con la pretensión de pasar
desapercibidos, de observar sin ser observados. Nada más inútil; y, sin embargo, aunque
la curiosidad que manifiesta esta gente hacia nosotros es equivalente a la que nosotros
tenemos por ellos, nadie nos aborda, nadie se dirige a nosotros para hacer de factótum o
vendernos la lámpara de Aladino. Todo se resuelve en un intercambio de miradas
sonrientes. Las escenas callejeras recuerdan a las que con singular talento plasmó el
pintor inglés David Roberts, en su serie de acuarelas sobre El Cairo, hace más de ciento
cincuenta años.
Hemos alcanzado la bifurcación donde se encuentra Bab Zuweyla, una de
las tres puertas que se conservan de la antigua Al-Qahira. Construida en el siglo XI,
durante la etapa fatimita, fue uno de los lugares elegidos por los usurpadores mamelucos
para efectuar sus bárbaras ejecuciones públicas. Por fortuna no hay nada que recuerde
ese pasado ominoso. Atravesándola se accede a Al-Muizz li-Din Allah, último tramo del
recorrido. Enseguida nos topamos, a la izquierda, con la Mezquita de Al-Muayyad,
inconfundible por su impresionante puerta de bronce. A partir de aquí el ambiente va
modernizándose; es como si nuestros pasos fueran conduciéndonos hacia la uniformidad del
presente: menos chilabas, más vehículos, más letreros, más luz eléctrica... De pronto
hemos llegado al zoco de Ghouriyya, menos popular de Khan-el-Khalili -aquí es raro
encontrar turistas- pero igualmente fascinante. Después de beber un vaso de jugo de caña
de azúcar, exprimido en el momento con una mamotrética licuadora provista de ruedas
dentadas, nos enzarzamos en una amable pero intensa discusión con un vendedor de especias
que, habiendo identificado el idioma que hablábamos, nos hizo pasar con un "¡Eh!
¡Hola! Español. Bueno, bonito, barato.¡Aquí, mira!". Lo que teníamos que
mirar era un montículo de polvo anaranjado "¡Safrán! ¡Safrán! Bueno,
compra". Lo que ignoraba el insistente individuo es que hablar de azafrán con un
español es casi tan peligroso como hacerlo sobre el queso de camembert con un francés. "Cúrcuma,
y sólo cúrcuma, amigo", le respondí. Desistió en el acto; aunque sí nos
llevamos unos gramos de hojas de menta y un cucurucho con semillas de cardamomo.
Y, por fin, Al-Azhar.
Doblando la esquina del Mausoleo de Al-Ghouri, se entra en la
bulliciosa sharia, plagada de gente, tráfico, ruido, humos... La primera
tentación es tomar un taxi ("¡Si estuviera Fakri!") para alejarse de
allí lo antes posible. Pero haciendo el pequeño sacrificio de anegarnos en aquel mar de
humanidad durante cinco minutos, subiendo los doscientos metros de cuesta que nos separan
de Midan Hussein, sabemos que nos espera la Mezquita de Al-Azhar.
¡Qué presunción hay a veces en las expresiones! Decir que "nos
espera la Mezquita de Al-Azhar" es casi equivalente a la boutade napoleónica de
"cuarenta siglos nos contemplan", ante las Pirámides de Giza .
Al-Azhar es mucho más que un edificio histórico. Es el símbolo de
una cultura que conoció épocas de esplendor; de cuando el Islam era depositario de la
cultura clásica y se hallaba elaborando la suya propia. Al-Azhar es también símbolo de
lo que antagoniza con el integrismo: el ecumenismo, la universalidad del conocimiento y
del arte. Fue abierta por la dinastía fatimita en el año 970, como centro de debate
teológico. Y a más de mil años de su fundación, continúa siendo sede de la
universidad más antigua del mundo.
Enfrente está Midan Hussein, la amplia plaza rectangular donde se
levanta otra de las mezquitas más concurridas de la capital, Sayyidna al-Hussein. Su
acceso está vedado a quienes no profesan la fe islámica, y está consagrada a la memoria
de Hussein, nieto de Mahoma, de quien deriva la rama chiita, adversaria de la suni.
Los fatimitas eran devotos seguidores de Hussein, pero con el derrocamiento de esta
dinastía y la entronización de Saladino cambiaron las cosas. Hoy día una gran parte de
musulmanes son sunis y, sin embargo, consideran a este personaje como un martir de
su religión.
Al mirar hacia Khan-el-Khalili parece como si un manto de luciérnagas
se extiendiera sobre su laberinto de callejas. La actividad es intensa durante el día,
pero es al anochecer cuando cobra su especial vida lumínica. De cada portal, de cada
pequeña tienda, a la entrada de cualquiera de los numerosos cafetines que la pueblan hay
colgado un farol -a veces varios- lanzando unos destellos multicolores que se reflejan en
los innumerables objetos que se exhiben: las joyas de oro y plata, inspiradas en la
orfebrería faraónica; frascos de perfume; bolsos y sandalias de cuero; caftanes,
chilabas y narguiles, estatuillas de alabastro que esperan pacientemente su viaje sin
retorno a algún lugar remoto... Los antiguos cristales de mica han cedido el puesto a los
tubos de neón, pero aun así, la luz que proviene de tantos puntos distintos crea el
ambiente de un sueño, en el que intervienen también las voces, la música, la risa, la
llamada a la oración y los olores: el de asado de cordero, el del humo de las pipas de
agua, el de las hierbas quemadas en un sahumerio, el de la piel curtida...
El dragón se relaja. Va a pasar la noche sin notar el frio del
desierto, arrullado por la corriente del Nilo. Sin embargo, varios de sus corazones no
dejarán de latir.
Los habitantes de la Ciudad de Marte nunca duermen del todo.