Moore volvería a tratar el imaginario hindú, quince años después, en su serie ‘Promethea’. De una forma muy explícita, vemos cómo la heroína pulp y un viejo mago descubren juntos la serpiente de fuego que habita en la base de nuestra columna vertebral y que asciende “más allá de los principios masculinos y femeninos, donde los papeles y las identidades son expulsados”. Los magos (como el propio Moore) son masculinos porque poseen la varita con la que penetrar en el misterio; una vez dentro, se convierten en lo penetrado, lo femenino (el cáliz, el receptáculo) y gozan del orgasmo convertidos en seres hermafroditas, en un lugar más allá de nuestras coronillas mortales. La serpiente cósmica y el océano de leche en los que el dios Visnu se desdobla forman parte de una sola y excitante cosa que lucha por no disgregarse en el momento de la comunión sexual. Por eso el sexo es tan parecido a la muerte: las cosas sólo vuelven a su punto de partida (la esencia de la que todos formamos parte) a través del orgasmo o del fin, medios genuinos de abrir la caja de los truenos y percibir toda la resonancia del mundo, que no es más que una serpiente que se muerde la cola.
La identidad sexual termina donde empieza la imaginación. Hemos aprendido de la contemplación de la naturaleza que el mundo es una sucesión de vacíos y protuberancias que la tecnología intenta imitar para que multipliquemos nuestras posibilidades como envases de placer que somos, al fin y al cabo. En la mitología clásica, los dioses se convertían en animales o incluso en fenómenos atmosféricos para acercarse a los mortales y copular con ellos. Resulta excitante calibrar qué distintos matices sensoriales podemos percibir siendo agua, tierra, jabalí o pájaro carpintero. Hoy día, la sofisticación de las máquinas y de los nuevos materiales pueden ampliar nuestros horizontes sexuales o, a la contra, involucionar nuestro proceso experimental en la perpetuación de los esquemas caducos de la dominación y la masturbación. No hay más que ‘penetrar’ en el fascinante mundo de los consoladores accionados por robots (todo un despliegue de estructuras complejas que terminan, cómo no, en un falo o en una vagina de silicona como condición sine qua non) para comprender qué limitados estamos todavía en el camino del placer mutante. Este atraso radica en el objeto de nuestro deseo: mientras queramos que sea la tecnología la que se pliegue a nuestras fantasías (cyborgs, muñecos a escala, máquinas succionadoras) y no al revés, estaremos malgastando todas las fronteras que se nos abren en patrones clásicos ego-sensitivos.
Destacaremos a dos artistas visionarios que llevan, desde la década de los sesenta, apuntando muy alto en las relaciones hombre/mujer-máquina con conceptos como el ‘stimbod’ o la ‘carne nueva’. El primero de ellos, el australiano Stelarc, empezó creando todo un exoesqueleto externo al sujeto para, en un paso de gigante, introducir su obra de arte en el ‘interior’ del cuerpo humano, todo un sistema electrónico que puede ser accionado por control remoto y plegarse a los deseos de un anónimo ente virtual. El avance del ‘stimbod’ radica en su generosidad; el ser se hace vulnerable con respecto a su exterior, recibe estímulos que a la vez pueden ser enviados a otro receptor en una cadena indefinida y absolutamente personal de caricias, estiramientos, contracciones, espasmos y lubricidades varias. ‘When you’re smiling, the whole world smiles with you’. Stelarc nos dice que ya no somos dueños de nuestro placer, ni de elegir sus vericuetos: somos un ‘uno’ interconectado por la red virtual que reproduce nuestros deseos en un espacio íntimo y, a la vez, colectivo. Por fin la tecnología reproduce, de una forma sabia, la entrega absoluta que nos muestra el comportamiento de la naturaleza.
Por otro lado, el canadiense David Cronenberg ha saludado con gracia, sangre y mucho sentido del humor el advenimiento de la ‘carne nueva’. Unas veces más sutil (Crash), otras más tosco (Videodrome), Cronenberg diserta sobre una fusión hombre-máquina más física y menos virtual (y por la tanto, menos probable a corto plazo) y nos presenta la tecnología de la imagen como si ésta fuese un ente condenado a fagocitar al individuo y a esclavizarlo, perpetuando así toda una tradición sado-masoquista en la que estamos condenados a rodar hasta que, efectivamente, la ‘carne nueva’ no lleve implícita ese sentido de conquista, de vaciado indiferente de nuestros instintos. El desgarro de nuestro cuerpo no empieza y termina en violencia: nuestra identidad sexual puede crecer más allá del dolor y de la penetración, puede expandirse y crear una fibra consciente y abierta a la futilidad de nuestra piel y a las posibilidades infinitas de nuestros órganos. Por desgracia, todavía tenemos miedo de la serpiente.