La telebasura tiene la propiedad de ser al tiempo un concepto difuso y una realidad persistente en nuestras vidas que todos reconocemos de una forma u otra. Para abordar el fenómeno, tal vez convenga empezar definiéndolo por boca de los expertos.
Así, Gérard Imbert afirma que “la telebasura está vinculada a un macrogénero (la telerrealidad) y a la aparición de nuevos formatos: reality shows, talk shows (¿con sus derivas hacia el cotilleo?), concursos de convivencia, supervivencia y superación. Retoma, trivializándolos, géneros periodísticos tradicionales (reportaje, debate, entrevista), los integra a programas-contenedores y concursos, con finalidad de entretenimiento, no sin, a veces, pretensiones sociológicas”.1 Además de definirla genéricamente, los estudiosos de esta forma televisiva han esbozado su contenidos (tratamiento de temas íntimos y tabúes, experiencias trágicas, exposición de la intimidad, énfasis sensacionalista y morboso), la forma en que se expresan (disolución de las fronteras entre lo privado y lo público, espectacularidad, fragmentación del discurso, repetición y autorreferencia constantes), y sus tendencias estéticas (barroquismo, esperpento, pastiche). En general, existe cierto consenso en que el género carece de calidad estética, de valores éticos o culturales destacables, así como de interés público, deméritos agravados por el hecho de presentarse como espacio de interés sociológico o informativo.2
El simple éxito de un espectáculo de masas estéril
Puede no parecer tan dramático y, desde luego, no es nada nuevo en el mundo; el problema de la telebasura es su omnipresencia y estrellato en el gran medio de comunicación social de nuestro tiempo. No parece necesario documentar la influencia de la televisión en las formas de cultura y consumo contemporáneas, su capacidad de creación de valores y mitos, y, sobre todo, su papel en la formación del individuo. Sí parece necesario, en cambio, insistir en la consecuencia lógica de que la telebasura no es un simple objeto de consumo expuesto a la elección libre de los consumidores, sino un formato explotado hasta la saciedad con ingentes recursos y políticas de cadena a su servicio, de abrumadora presencia en millones de hogares, ante el que la capacidad de elección de los telespectadores está profundamente condicionada por sus hábitos adquiridos de consumo televisivo, problema agravado en quienes carecen todavía de criterio propio.
Promotores y entusiastas
Sin embargo, los promotores y entusiastas de este maná audiovisual insisten en el mensaje de que las cadenas ofrecen a la audiencia “lo que quiere ver”. No entraremos siquiera a discutir esta presunta clarividencia social; baste señalar que faltan a la verdad por partida doble, primero, porque los contenidos de las emisiones televisivas están ya sometidos a limitaciones legales (la audiencia quiere sexo, y no por ello se emite pornografía a las tres de la tarde); segundo, por su pretensión de atribuir el éxito de audiencia del género a sus cualidades inherentes y a la sintonía con la sociedad, y no a su posición privilegiada en las parrillas de programación. El fondo de la cuestión, por lo tanto, no estriba en si la telebasura se ajusta a criterios morales más o menos censurables; se trata simplemente, siendo conscientes del gran influjo psicosocial de la televisión, de calificarla y regularla como hace el Estado con numerosas expresiones y consumos, públicos y privados.
La regulación tiene mala prensa hoy día
Precisamente porque los señores de la guerra televisiva defienden un liberalismo sin matices, aunque no exento de contradicciones: los programas de telerrealidad, atentos casi siempre al morbo sexual, y supuestos reflejos de lo real, se apresuran a no mostrar una sola parte pudenda y a cubrir con el famoso pitido puritano toda palabra malsonante que se escuche en sus vulgares emisiones. Por su parte, los poderes públicos son presa de similares contradicciones; si han aceptado una incidencia psicológica de la violencia en los más jóvenes, y la consiguiente necesidad de clasificar los contenidos de los programas y sus horas de emisión, no parecen mostrar el mismo brío cuando las consecuencias son en principio menos espectaculares y más difíciles de delimitar. Ante la hipocresía de los unos y la tibieza de los otros, se precisan líneas de razonamiento que contribuyan a paliar socialmente la plaga de estupidez instalada en el corazón de nuestro tiempo de ocio.
¿Y la educación?
Sin duda uno de los ámbitos más afectados por la transición de nuestras sociedades a la cultura mediática en general y televisiva en particular. Incontables profesionales (psicólogos, psiquiatras, pedagogos, sociólogos…) han demostrado ya cómo la numerosas horas de consumo televisivo diario conforman la personalidad y aptitudes de niños y adolescentes, superando en tiempo y prestigio a todas las instituciones clásicas (familia, escuela…). En este sentido, el sonado Informe PISA 20043 confirma un descenso de la curiosidad por el saber, un rechazo al esfuerzo, y dificultades de concentración de los estudiantes españoles, que sólo los más hipócritas desvincularán de nuestra cultura televisiva; sería pues deseable que los legisladores encarasen por fin el “efecto telebasura”, determinando la contribución del género al preocupante estado de nuestra educación y buscando alternativas para contrarrestar sus efectos.
El disparate, lo grotesco: la ética del descuido
La tarea no es tan ardua, pues los profesionales han descrito ya en términos educativos y éticos dichos efectos: “El gusto por el disparate, la moda de lo grotesco, vienen a dar forma a esta ética del descuido, de la despreocupación, versión despolitizada de la ideología del compromiso, que nos sitúa en las antípodas de una ética de la responsabilidad y del respeto (¿de atención al saber y al otro?), imprescindible en todo proceso de aprendizaje (de la vida y de la diferencia)”.4 Si este formato televisivo sustituye el debate de ideas por el grito y la descalificación arbitraria del otro, propone como modelo de éxito social el lograr exponer la ignorancia y vulgaridad propias a la vista de todos, ofreciendo un manipulado discurso de democratización de la prominencia social, o pretende hacer pasar por género periodístico el cotilleo, la intromisión en la intimidad, o el relato tremendista de tragedias personales que nada aportan a la sociedad, es razonable relegarlo a convivir con los videntes, la teletienda y la pornografía que pueblan la emisión de madrugada, en virtud de su nulo potencial formativo; la educación es una competencia estatal, y es bien sabido que toda institución o empresa dedicada a la enseñanza, por privada que sea, puede sólo transmitir unos contenidos y valores ampliamente regulados por las autoridades públicas.
El lucro cesante socioeducativo
En este sentido, sería interesante desarrollar el concepto del lucro cesante socioeducativo, acuñado por Julio Romero.5 El lucro cesante, para entendernos, implica en Derecho que quien causa daño a un tercero (pongamos por caso un atropello), no debe sólo indemnizarlo por el daño en sí (el coste del gasto médico), sino además por los beneficios que el afectado deje de percibir como consecuencia del daño causado (en nuestro caso, si atropellamos a un profesional por cuenta propia con compromisos programados, resultará perjudicado por incumplirlos, de lo que también es responsable económicamente quien causa el daño). Trasladando el concepto a la telebasura, puede afirmarse que, más allá de los perjuicios generales de todo consumo televisivo excesivo, esta modalidad resulta nefasta para la formación en valores de la infancia y la juventud: mientras los desprotegidos telespectadores continúen recibiendo el mensaje de que ser “famoso” es la máxima aspiración del ciudadano, consistiendo tal cosa en aparecer a toda costa en estos programas demenciales, abandonarán el esfuerzo de procurarse un oficio útil en el que realizar sus intereses y aptitudes, y, lo que es peor, considerarán tal esfuerzo inútil, pudiendo aspirar a un supuesto logro social sin necesidad de atesorar aptitud o virtud alguna que justifiquen tal reconocimiento.
Así, la aplicación de un baremo de lucro cesante socioeducativo sería útil para cuantificar los médicos, profesores o bomberos, por ejemplo, que pierde el país con la continuada emisión de programas de entretenimiento de llamativa esterilidad en todos los campos del desarrollo intelectual y humano. Si corremos el riesgo de tener pronto un ingeniero por cada tres ganadores de Gran Hermano, una patente tecnológica registrada por cada cien demandas de calumnias en los juzgados, o escasez de profesionales cualificados porque los jóvenes sueñan con hacer edredoning delante de medio país o contar que un “famoso” les pellizcó la nalga de camino al baño de una discoteca, habrá que actuar y, sobre todo, identificar responsabilidades. Los productores de telerrealidad, desde esta perspectiva, deberían ser condenados a trabajos sociales, consistentes, por ejemplo, en mostrarnos islas o selvas de cooperantes, convivencias cerradas de voluntarios sociales o jóvenes artistas, o debates dinámicos sobre problemas reales que afectan a la vida cotidiana de una comunidad. Las ideas constructivas son inagotables; lo importante es que los poderes públicos salvaguarden la formación de nuestros jóvenes desterrando la basura televisiva a las franjas horarias que le corresponden por mérito propio, y obligando a los productores, en concepto de indemnización por lucro cesante socioeducativo, a cubrir las horas de máxima audiencia con nuevas fórmulas que combinen el espectáculo con la transmisión, al menos, de alguna virtud ciudadana, alguna sensibilidad o arte dignos y útiles para la vida, de un par de valores necesarios para la convivencia tolerante y fructífera.
Usurpación del espacio de socialización
Confiamos en que la propuesta del lucro cesante no perturbe en exceso al espíritu liberal dominante. A pesar de su apariencia jacobina, no nace de la aspiración a una virtud pública unívoca, ni tiene ánimo censor; sus promotores no se oponen a la existencia y difusión de formas degradadas y posmodernas de los géneros rosa y amarillo, ni a que pueda contemplarse la audacia de los productores de telerrealidad al crear toda una existencia paralela, por más que esté sustentada en la mezquindad, e incluso en la nada. Lo inadmisible es que, con licencia estatal y en un medio de comunicación decisivo para la formación de futuros ciudadanos, los tratantes del espectáculo televisivo nos bombardeen mañana, tarde y noche con tales aberraciones, anegando el espacio destinado a mostrar las infinitas cosas del mundo y los hombres, porque esta usurpación del espacio de socialización que es toda emisión televisiva en abierto, estraga el capital humano de la sociedad española, su nivel educativo y capacidad de progreso. Quienes consideran exagerada esta perspectiva, desconocen, o quieren desconocer, el poder de la comunicación audiovisual, y suelen coincidir con quienes confunden la libertad de expresión con la libertad de hacer negocios sin cortapisas. Sin embargo, una oferta diversificada e inteligente del entretenimiento televisivo, regida por lógicas distintas a las del beneficio, es la mejor garantía de que los telespectadores recibirán instrumentos diversos para formarse y ser ciudadanos libres; de momento, sería ya un paso adelante estimular su acceso a la riquísima vida real que se extiende más allá de los chalés y los platós prefabricados de la telerrealidad.
NOTAS
1. “’Telebasura’: de la telerrealidad a la teleficción”, El País, 10-1-2005, p. 36. Véase también su obra El zoo visual. De la televisión espectacular a la televisión especular. Gedisa, Madrid, 2003.
2. Entre los numerosos estudios sobre los nuevos formatos televisivos realizados en España, pueden mencionarse El discurso televisivo: espectáculo de la postmodernidad , de J.A. Requena (Cátedra,Madrid, 1988), y La televisión. Los efectos del bien y del mal, de L. Vilches (Paidós, Barcelona, 1993).
3. Informe del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA), realizado anualmente por expertos de la OCDE comparando los resultados educativos de los Estados miembros.
4. G. Imbert. Véase nota 1.
5. En entrevista concedida a Generación XXI (www.generacionxxi.com)
Destacados:
. El Informe PISA 2004 confirma un descenso de la curiosidad por el saber, un rechazo al esfuerzo, y dificultades de concentración de los estudiantes españoles, que sólo los más hipócritas desvincularán de nuestra cultura televisiva; sería pues deseable que los legisladores encarasen por fin el “efecto telebasura”.
. Parece necesario insistir en la consecuencia lógica de que la telebasura no es un simple objeto de consumo expuesto a la elección libre de los consumidores, sino un formato explotado hasta la saciedad con ingentes recursos y políticas de cadena a su servicio, de abrumadora presencia en millones de hogares, ante el que la capacidad de elección de los telespectadores está profundamente condicionada por sus hábitos adquiridos de consumo televisivo, problema agravado en quienes carecen todavía de criterio propio.