Lejanas quedan en el tiempo las charlas que el antiguo coordinador general de Izquierda Unida, Julio Anguita, se marcaba en universidades como la Carlos III en Getafe allá por los albores del nuevo siglo con el título de “Hacia la Tercera República”. Hoy, de hacer caso a ciertos medios de comunicación, los actos republicanos en las universidades españolas se limitan a la inevitable quema de fotografías del Rey y a actos de reivindicación del independentismo catalán o vasco. En la Universidad Autónoma de Barcelona, la incineración de un enorme retrato de Juan Carlos de Borbón ante una protesta de apenas trescientos estudiantes de entre los 30.000 matriculados del centro ha servido a diarios como ABC −más monárquico que la Casa Real- para seguir azuzando contra los catalanes, en su gran mayoría ajenos a tales porfías. Además, la cuelga de peleles alegóricos a la figura del Rey no sólo se ha producido en Cataluña, sino que ha llegado a barrios tan españoles como Vallecas, en Madrid. Pero, lejos de situarnos de lado de un estado monárquico absurdamente represor o de unos nacionalistas con mechero que presumen de republicanos, la pregunta subyacente es: ¿qué queda del espíritu de la República en las aulas? Y, yendo aún más allá, ¿qué hace la universidad española en pro de la Tercera República?
Algunas personalidades políticas han abogado por suprimir las injurias a la Corona como delito, algo que ya ocurre en otros países europeos. Sería lo deseable para no dar una excesiva presencia mediática a quienes buscan notoriedad quemando símbolos y a quienes tratan de hacer su agosto político magnificando hechos tan insignificantes e incapaces de poner en cuestión ninguna institución del estado. Una vez ajustada la legislación, quizás pudiéramos centrarnos en el verdadero debate: hoy, el republicanismo y su corpus ideológico en España está tan fragmentado que es casi imposible su avance social. Lo demuestra claramente un rápido vistazo a la actividad política de los estudiantes en las universidades catalanas (lo que no difiere demasiado de las del resto del estado), donde las asociaciones políticas universitarias acostumbran a seguir el color de los principales partidos políticos: AEP (IC), FNEC (CiU), AJEC (PSC-PSOE), Alternativa Estel (independentismo radical), CEPC (ERC), etcétera. Las dos grandes excepciones, nada desdeñables, son el aún activo movimiento asambleario y el grupo políticofestivo Goliardos.
Como bien saben los dibujantes de El Jueves, todo este asunto de republicanismo de salón basado en la quema de imágenes regias sería para mondarse de risa si no fuera porque esconde una realidad muy triste para el auténtico republicano: la práctica ausencia en la universidad de un verdadero debate constituyente sobre una futura Tercera República que evite lo que hoy parece inevitable: la coronación, en pocos años, de Felipe de Borbón como nuevo monarca español. Faltan ideas, falta cultura republicana, brilla por su ausencia el ideal de justicia social que guió a nuestros abuelos a la consecución de aquella mítica aunque fallida Segunda República que tanto asusta, aún hoy, a la derecha española. En un mundo en que el discurso hegemónico del neoliberalismo económico ha triunfado por completo (ni siquiera los más republicanos e izquierdistas están siendo capaces hoy de proponer unas necesarias alternativas de organización social ante los desmadres que causa esta vida loca de consumo y mercado en la que estamos metidos hasta el cuello), sólo pequeños grupos aislados han tratado de plantear debates y encuentros definitorios de un programario de acción común hacia el ideal de la Tercera República. Pero las últimas convocatorias datan de años atrás. Sólo la Plataforma Estatal Ciudadanos por la República (www.ciudadanosporlarepublica.info), con algunos miembros activos entre profesores y alumnos de diversos centros universitarios, está siendo capaz de aglutinar a los pocos republicanos con proyecto ibérico y corazón tricolor que parecen subsistir en España. La Plataforma reúne a ocho colectivos estatales republicanos. Sus principales líneas de acción son la lucha por la memoria histórica (y, por supuesto, están en contra de una Ley que consideran tibia), el rechazo a celebraciones como el 12 de octubre, que consideran la conmemoración de un genocidio, la oposición a la Casa Real como heredera y continuadora del franquismo y la pervivencia del pensamiento republicano a través de foros y artículos de opinión sobre su ideario. Una de las características principales del movimiento republicano es que, a pesar de respetar el derecho de autodeterminación de los pueblos, mantiene un proyecto común para España, tal como catalanes, vascos, castellanos, gallegos, andaluces, trataron en los años treinta de articular en la península. Por entonces, ni siquiera el líder de Esquerra Republicana de Catalunya, Lluís Companys, era independentista. Su sueño era otro, sus ideales eran los de la integración de los pueblos de España en una República libre e igualitaria; quizás por ello da más grima todavía la actitud de los actuales dirigentes de un partido que hizo historia desde puntos de vista sobre la realidad que nada tienen que ver con su línea actual.
Otro campo de acción republicano muy presente en la universidad catalana y que da una idea de lo poco serio del debate son las habituales convocatorias de butifarradas cada vez que se casa un Borbón o se procede a quemar un retrato del rey. Hay que aclarar para los “celtíberos extramuros de Cataluña” −como decía Manuel Vázquez Montalbán- que una butifarrada es un festejo alimentario que consiste en asar butifarras, comerlas con pan con tomate y all i oli y regarlas con vino tinto. “En Cataluña −escribía el creador de Pepe Carvalho-, una butifarra no sólo es un embutido fresco de magro de cerdo, panceta, sal y pimienta homologado por la Generalitat, sino también un corte de mangas”.
Sí, puede que quemar retratos del Rey sea un corte de mangas. Pero jamás de los jamases, al menos desde la Transición, he oído cantar el Himno de Riego en una universidad española, ni siquiera en su versión catalana (que también existe) o en su versión anticlerical (“Si los curas y monjas supieran...”). La gastronomía es, sin embargo, un aglutinador de protestas extraordinario. Tanto es así que cada partido político, cada línea ideológica, debería tener su propio alimento: si en Cataluña la butifarra es republicana por definición, me atrevo a sugerirle a la ultraderecha que le ponga arrestos a sus manifestaciones pro banderita y se atreva a cocinar criadillas de toro en sus próximas convocatorias. Así podrán decir que hacen falta dos cojones para quemar una foto de Carod Rovira. Dos o más: depende del hambre atrasada que traiga el manifestante.