El poeta se pone a caminar y se adentra en el bosque. El mismo bosque hace siglos: los árboles en primavera, las gotas inconstantes de lluvia, el corazón que le palpita desde el otro lado del mundo. Existe una palabra para cada cosa que ve, un verso para cada lugar y para cada emoción. ¿Lo ha vivido todo la poesía?
El poeta siente vértigo cuando se asoma al pasado. Homero, Virgilio, Ovidio, un romance que cantan los niños en los años de los caballeros; y Garcilaso, Góngora, Quevedo, el amor apasionado en esos siglos llenos de vida y de viajes por el Atlántico. San Juan de la Cruz, Lao-Tsé, Rumi: la poesía se hace paradoja para alcanzar a lo humano allá donde las palabras pierden su sentido. ¿Las mismas sensaciones, todo está ya dicho?
El poeta recuerda a sus autores preferidos. Eliot le dio profundidad, Verlaine y Rimbaud lloraron con él la muerte de su padre. Pessoa le enseñó que el dolor es un aliado del artista y Wilde le enfrentó cara a cara con todos sus espejismos. Camina por entre los robles del bosque como Machado entre los álamos del río.
La vida entera cabe en unos pasos, y se cuela hecha música entre los versos.
El poeta se pregunta qué tiene él que decirle al mundo
El subjetivismo posmoderno también es un poema. Las ciencias presienten sus límites, las barreras de la realidad se disuelven, la metáfora vuelve a ocuparlo todo y el caos atisba otro barro primigenio. La novela ya no se ocupa de la existencia, sino de la identidad, dice Kundera. La contemporaneidad aclama al artista que es capaz de componer algo nuevo.
Y de nada sirve lo nuevo si el amanecer ya no sorprende. Atardece. El poeta golpea su pecho para darle ritmo, intenta mirar mucho más allá del bosque, reza a la inspiración, se pone nervioso, se busca y rebusca dentro de sí esa voz nunca oída, ese lugar de la vida que nadie exploró, un hueco para seguir haciendo grande esta aventura incierta. Pero no lo encuentra.
¿Y no es lo eterno la búsqueda eterna de la poesía?
El poeta no sabe si dejar de ser poeta. No sabe si su voz es repetitiva o vana. Wittgenstein le manda callar todo aquello de lo que no puede hablar. Pero la poesía es y sueña silencios: el alma se le escapa con alas blancas del corazón. ¿Quién podrá alcanzarla, clasificarla, dominarla, comprenderla, llamarla? ¿Y quién podrá callarla?
El poeta reina en el lugar de lo impenetrable, de lo insistente, de la paciencia. Reina donde no hay reino, educa sus ojos para ir a tientas en pos de lo invisible. ¿Se morirá la poesía, en medio de políticas, identidades y estrecheces racionalistas? Demasiados letreros fosforescentes, y él tan solo.
El poeta sigue caminando y la noche se hace arcoiris íntimo. Leopardi le susurra sombras de la oscuridad a las que la falta de luz no llega. El bosque le huele a mar.
El poeta siente y presiente. Sabe que Holan supo que Clara Janés lo visitaría antes de ella saberlo. Lo nuevo y lo eterno. Hay tiempo y no hay tiempo.
Es visionario el poeta. Es revolucionario, inútil y vagabundo. ¿Quedan poetas en el mundo?
De repente se para, lo mira una estrella y quiere viajar hacia ella. El poeta empieza a volar sin nave espacial ni nada, sin batiscafo ni oxígeno, con los ojos que se le vuelven para dentro del corazón (los llaman imaginación) y convierten la realidad en metáfora para respetar su carácter mágico, simpático, sublime. Y entonces no se pregunta nada, no escribe nada porque lo vive. El poeta llega a la superficie de Júpiter y resulta que allí hay flores, y seres, y misterios, y los científicos aún no lo saben. ¿Qué es eso?, se dice.
¿Cómo puedo explicarlo? Desde allá lejos el poeta se estremece, experimenta por un segundo lo inefable, nunca antes. Siempre antes. Llora, grita, ¡la vida!
Dejen de leer. Un instante.
Cuando el poeta regresa, los troncos chisporrotean: la lumbre le llega en forma de sonido cuando el frío y los pájaros empiezan a insinuar la madrugada. Los primeros rayos de sol convierten en lago el horizonte. Ningún resquicio de civilización en ninguna parte. Hoy puede ser hace siglos… excepto él. Mira su reflejo en el agua. Se para. Sus ojos están más vivos que nunca. Se reconoce. Es como si hoy pudiera amar quien es tanto como quien no es. En realidad, sólo de amor se trata.
Entonces, de repente, se da cuenta de todo: tiene ganas de volver a la ciudad para contar lo que ha vivido. ¿Ven? Él es poeta. Porque su vida es irrepetible, escribe, y porque ama lo que participa de las demás vidas, escribe. El poeta vive y ama. También para que lo vivan y para que lo amen.
Y ya no necesita creer, porque lo sabe, que siempre habrá poesía.