Escucha resonar en esta página
sus corceles de viento, sus promesas.
Si por azar, lector, te asomas a esta página habrá sucedido algo extraordinario. O quizá, cuando menos, poco común, ajeno a la mecánica habitual de nuestro tiempo. Estarás a punto de entrar en contacto con la poesía, ese género prestigioso pero bajo sospecha de elitismo e inaccesibilidad. Sin embargo, te invito a que lo mires desde otro punto de vista, es decir, desde la perspectiva de la poesía misma.
Si queremos entender qué sucede hoy con la poesía para que resulte un insólito don el hallazgo de este artículo en un periódico conviene que tengamos muy en cuenta cómo funciona la industria cultural, las vías de difusión que te ofrecen diversos discursos: cine, música, literatura… Lo cierto es que el decisivo hecho cultural que marca nuestra época es el triunfo del mercado. Me refiero a la evidencia de que todo objeto cultural obtiene difusión tan sólo en la medida que genera beneficios. Un libro es un producto como lo es un par de zapatos y por desgracia es tratado por los medios de comunicación de acuerdo con las mismas reglas del juego. Se produce un perverso círculo vicioso: cuanto más ejemplares se vendan, más publicidad directa e indirecta genera en los medios… y cuanta más publicidad y exposición en escaparates y librerías, más venta tendrá.
Poesía objeto de consumo
Internet es un ejemplo paradigmático a este respecto. Cuando consultamos en Google nos aparece una lista de webs en un riguroso orden que se debe al número de entradas que se han producido hasta la fecha en ella. Pero a la vez, las que aparecen las primeras tienden a ser aquellas en las que más entramos. El círculo se ha cerrado. El sistema mismo conduce a una selección cuantitativa, no cualitativa. Cualquier objeto cultural es tratado por el mercado de idéntica manera, como objeto de consumo. Aquello que es consumido por un número mayor de sujetos recibe a su vez una mayor atención mediática. Y como recibe tal atención tiende a sepultar en el total desconocimiento público a aquellos otros objetos culturales que disfrutan un número más reducido de personas. Así se obedece a las leyes del mercado, que buscan grandes beneficios en un número reducido de productos. El capital respira satisfecho, no cabe duda, pero a nosotros, los consumidores, se nos ofrecen por todas las vías los mismos productos hasta generar en nosotros la ilusión de que son lo que “realmente” hay, las creaciones del arte de nuestros días. O peor aún, confundimos difusión con calidad y acabamos por creer con total ingenuidad que lo que se nos muestra de manera masiva e imperiosa es lo mejor de lo mejor de cuanto producen nuestros creadores.
En definitiva, el criterio cuantitativo (número de potenciales consumidores) genera una estrategia de difusión mediática que ensalza a nuestros ojos artificialmente auténtica basura cultural (elogiada, eso sí, a bombo y platillo), arrinconando numerosos productos de calidad de los que el público puede llegar a no tener jamás noticia.
A aquellos no-lectores…
Si esta dinámica industria-medios es perniciosa respecto al cine o la música, ataca de manera aún más severa a un género literario de por sí minoritario como lo es la poesía. El resultado es que la inmensa mayoría de los lectores de novela jamás han intentado leer un libro de poemas. Sin embargo, podrían hacerlo y sin duda disfrutarían de la experiencia, pero como jamás reciben estímulos en esa dirección, nunca intentan la aventura.
Lo cierto es que se ha impuesto la falsa creencia de que la poesía es un género difícil, para iniciados, en el que casi nadie puede aventurarse. La realidad silenciada es, sin embargo, exactamente la contraria. Cualquiera que se lo proponga puede leer poesía. Basta con ser capaz de leer una novela o un cuento para asomarse a la poesía contemporánea. Y podemos hacerlo, además, a un precio muy reducido. Por 6 ó 7 euros puede comprarse el último libro de nuestro poeta favorito, poco más que una entrada de cine. Por un poco más podemos aventurarnos en la poesía completa (horas y horas de gozosa lectura) de poetas extraordinarios como Pablo Neruda, César Vallejo o André Breton. Y con la ventaja añadida de que un buen poema puede leerse numerosas veces sin que nunca nos canse, puede acompañarnos durante años y generar una y otra vez en nosotros una intensa emoción, a diferencia de una película o una novela, que rara vez disfrutamos varias veces sin que pierda su encanto.
Si tan sólo buscas entretenimiento es mejor que te apresures a encender una vez más el televisor o te sientes a leer el último premio Planeta. Pero si todavía esperas de la vida experiencias memorables, ráfagas emocionales que te sacudan de raíz, descubrimientos sobre tu propia identidad, atmósferas que despierten tus fantasías e ilusiones más secretas, aún estás a tiempo de alcanzar lo que pretenden ocultarte. Más vale que corras a sumergirte en la poesía de tu tiempo. Contémplate a ti mismo en esas aguas. Enredada en las palabras te aguarda la vida verdadera. Esa que apenas puede oírse ya tras el fragor del mercado, el estruendo del camión de la basura.