En España ha faltado tiempo para volver a ver los efectos en escalera.
Y en los rellanos, de un gobierno en minoría. Ha estallado la mayor feria en el campo de la estabilidad de gobierno. Antes de las elecciones generales del 2004 ya existía en Cataluña un gobierno en el alambre, el tripartito, que a su vez sucedía a otro gobierno en minoría.
En el País Vasco gobierno del PNV con apoyos algunas veces incalificables. Con las elecciones del 2004 se incrementa el festival y sobreviene el Gobierno Zapatero con los apoyos principales de IU y ERC. Si faltaba algo llegó Galicia y también se alcanzó un gobierno en minoría con sus consabidos apoyos. Las tres llamadas “comunidades históricas” y el Gobierno unidos por la precaria estabilidad. Se ha hecho una vez más palpable los errores constitucionales del maridaje entre el parlamentarismo proporcional y la forma de Estado, también bajo soporte de la misma forma de gobierno en cada una de las nacionalidades o regiones.
Un año de sobresaltos de los equilibristas en posición de gobierno, con el Estatuto del Plan Ibarretxe, con las precariedades al descubierto, con el acuerdo entre Zapatero y Rajoy (a propuesta de éste último) el 14 de enero que no ha llegado a ser efectivo. En el verano, el Gobierno detectaba los problemas con ERC y en previsión de que se pudiesen cumplir sus amenazas, en la compra-venta del Presupuesto por el Estatuto de Cataluña, el Gobierno tendía puentes en busca del apoyo del PNV a cambio de financiación por apoyo. Con el otoño llegaron las piruetas con el llamado Estatuto. El festival de la política española cobraba nuevos bríos.
Los nacionalistas, de uno u otro signo y siglas
Nunca han ocultado sus posiciones, ni ahora ni a comienzos del siglo XX, sólo desde la presión de la realidad algunos de forma pueril, desde la política activa o desde la cátedra (que con frecuencia es difícil de discernir) han procedido a reconocerse engañados y traicionados. Pero frente a las retóricas encubridoras la situación de minoría del gobierno es un hecho innegable, en 1993 con el 15%, el partido mayoritario tuvo que “pasar por el aro”, como en 1996, el otro partido con el 30%, como en la actualidad con una cifra cercana al 50%. Como se aprecia los partidos nacionalistas han sabido subir la rentabilidad de su apoyo parlamentario.
En cada fase de gobierno en minoría los dos mayores partidos se han ejercitado en criticar la debilidad del gobierno –incluso la debilidad psicológica del presidente-. Se ha convertido en un juego donde cada uno de los participantes se dedica a recordar que el portero contrario no defiende bien la meta. Con el cambio de campo sobreviene la misma situación. La culpa es del guardameta. Ambos sienten la dificultad del campo de juego. Ambos se recriminan en cada turno de minoría. Ambos confunden a los espectadores señalando la debilidad del portero, incluso puede ser que sus condiciones psicológicas no sean lo firmes que el cargo requiere, pero este extremo pertenece a la valoración de la forma de jugar, la acción de gobierno. Sin embargo por encima de triquiñuelas en el ejercicio de la crítica a la debilidad de gobierno, queda patente un hecho cierto, de pura genética constitucional que ninguno de ambos a propuesto alguna vez modificar. Madariaga decía que “mal se queja quien se deja” y en este punto la crítica resulta un ejercicio falaz, incluso divertido, por ver al adversario pasando por los apuros de minoría, por los que antes han pasado ellos, y antes de ellos los otros. El régimen político provoca esta montaña rusa, tan divertida para el que está abajo y tan cruda para el que está en el aire. Lo singular del juego es que la diversión debe ser tanta y tanta la pasión en disfrutar con los problemas del adversario que nunca se ha pensado que antes o después el que está abajo sube al carricoche para soportar las mismas piruetas en el aire. ¿Quién resulta beneficiado en ese juego? ¿Serán los grandes cabezudos con tendencias sádicas hacia el otro que mañana será el uno? ¿Secuencia sádica, masoquista? Pues es claro, quien tiene la contrata de la atracción. Ganan dinero y poder. Cada vez más. Cada vez con más pretensiones. Cada vez con más claridad. Cada vez que notan una queja, un grito de pavor, una crítica, lo resuelven de inmediato. La próxima vuelta será más rápida y violenta. En definitiva, no os quejéis por este maltrato porque lo podemos aumentar y, como veis lo vamos agudizando. El discurso altivo de un momento se convierte en súplica en el siguiente. Basta que toque el turno.
Los nacionalistas conocen perfectamente sus intereses. Expresan con claridad las tenazas de la hipoteca, así Joan Puigcercós lo ha dejado patente: “Si el PSOE tuviera mayoría absoluta la reforma del Estatuto sería casi imposible”. La prepotencia sin disimulo, llevada al extremo del ridículo presenta a una fuerza minoritaria, al parecer con capacidad de decidir por la Nación Española: “Si la Constitución se sigue invocando como una espada de Damocles sobre cualquier reforma de Estatuto, quizá tendremos que reformar la Constitución. No nos dejan otra salida”. Son palabras inequívocas del mismo Puigcercós. ¿Con el voto de todos los nacionalistas juntos, que nunca ha alcanzado el 10%? Han inventado un estatuto, nacido de la Constitución, por encima de la legalidad. Una obra de arte.
La nación en la chistera
En momento de debilidad del gobierno sobreviene la exigencia, con razón o sin ella, de la fuerza que manda, el aro de la minoría. Todo es posible cuando el viento es favorable por el potente impulso de las reglas de juego. Inventarse una nación es posible: “Reconocernos como nación sólo tiene un valor simbólico”, según Antoni Castells (conseller de economía de la Generalitat de Cataluña). Sí, el símbolo y el hecho esencial sobre el que se ha cimentado el Estado moderno. Las palabras de un nacionalista tienen su propio valor, pero es más llamativo que un ministro del Gobierno declare que se pueden barajar expresiones equivalentes, sea “realidad nacional” o “entidad nacional”, como ha afirmado Juan Fernando López Aguilar, un ministro de Justicia. En la misma línea José Blanco ha dicho que “el término nación puede ser constitucional, pero no conveniente”. Ejerciendo la tarea de conciliadores del esperpento Rubalcaba ha llegado a decir: “Hay muchos ciudadanos catalanes que se sienten parte de la nación catalana sin por ello sentirse excluidos de la española. Eso hay que conciliarlo con el sentimiento que existe en el resto de España de que nación sólo hay una que es la española”. Es decir, según el contenido de sus palabras, existen dos naciones y hay que conciliar los sentimientos –tratamiento psicológico-, como si los sentimientos de muchos o pocos, por ejemplo delincuentes o premios Nobeles, pudiesen ser fundamento de la legalidad y los hechos de la historia, incluidas todas las guerras civiles. En definitiva están practicando aquel concepto de consenso expresado por Togliatti cuando afirmaba que la cuestión era quitar una palabra y poner otra que diese menos miedo, lo que denominaba como “compromiso peyorativo”. Mas ha llegado tarde, no hay novedad: “Lo que ha quedado claro es que se reconoce la identidad de Cataluña con un término u otro, que puede venir a decir lo mismo”. Lo advertía Marco Aurelio, “confronta cuidadosamente pensamientos y palabras. Escruta los acontecimientos y sus causas”. La presión de las minorías nacionalistas lleva a tamaños excesos, tratar de hacer compatible lo incompatible. Con razón decía Goethe que lo mejor de este mundo es ilusión y engaño”, pero hay que aclarar que para tal menester es preciso que el engaño no sea tan tosco, ni se vea con tanta claridad la fuerza de las tenazas –llamadas “aro” por los nacionalistas-. Lo recomendaba Cipión, “Para saber callar en romance y hablar en latín, discreción es menester, hermano Berganza”. Parece obvio que cuando se posee el poder del chantaje no ha lugar a la discreción, sobra con la fuerza “decisiva”. La retórica nacionalista la usan en sintonía con quienes pueden tener demencia senil con inclinaciones suicidas. Surge así la fantasmagoría del llamado nacionalismo español, además identificado con la extrema derecha, la intolerancia, el franquismo. Un discurso de polos claros y enfrentados, pasado frente a futuro, dictadura frente a lo que denominan en prostitución del nombre democracia, reacción frente a progreso, nación española frente a esa broma de “nación de naciones”, disgregadores frente a unitarios, arcaísmo frente a modernidad. Todo un ejercicio encubridor. No existe ni puede existir nacionalismo español porque España posee desde hace siglos su propio Estado. Olvidan algunos que fue Felipe González quien dijo que ojalá hubiese más nacionalismo español, que no podía comprender cómo se denigraba.
Resulta paradójica la situación
Los nacionalistas pretenden exhibir sus llamadas “naciones”, en un texto de Estatuto y los demás no pueden oponerse a ello. Si no hubiese una crítica profunda y extendida sus objetivos les serían más fáciles, esa es toda la cuestión. Pero en los nacionalistas resulta lógico, porque todo nacionalista quiere disponer de su Estado propio, lo singular ha sido el destape del Gobierno. Su presidente ha dicho que Cataluña es una “entidad nacional” en el Congreso, después de que Manuela de Madre dijese sin tapujos y, en igualdad con Carod y Mas, que “Cataluña es una nación”. El PSOE se ha embarcado en una deriva por aguas peligrosas. ¿Son socialdemócratas o nacionalistas? ¿Quizá una parte son esto y otra aquello? Quizá la mutación –no reforma constitucional- pretendida por los nacionalistas está empezando a surtir efectos curiosos, en el partido socialista.
Un estatuto inconstitucional y circular, por donde se mire es inconstitucional, puede llevar al gobierno al abandono de las piruetas en el aire para alcanzar el suelo, la oposición. El desgaste es obvio. Los cortes y el lijado del Estatuto pueden provocar efectos negativos. Si se elimina la llamada “nación” o la “identidad nacional” de Cataluña, y el Estatuto sale adelante con la nueva financiación, quedarían desnudos los nacionalistas catalanes que descubrirían el juego de hablar de nación pero con el objetivo a la baja del recorte para coger el dinero y correr. Podría el Gobierno tratar de salvar la cara por comparación. Le sería factible entonces, toda vez aprobados los Presupuestos, cobrar distancia del pantano nacionalista. Exhibir el “no pasa nada”, contra toda lógica y trayectoria. Por el contrario, si no se recorta el Estatuto en su base argumentativa, el gobierno estaría contra las cuerdas. Seguramente tendría que verse en la necesidad de practicar el juego subterráneo del consenso, dando patadas en las espinillas por debajo de la mesa para provocar la reacción nacionalista que pudiese justificar una ruptura. Al día de hoy, sin embargo, se mantiene la incógnita sobre si el presidente del gobierno podría practicarlo, porque está en cuestión que tenga la fortaleza necesaria. Singular argumento que indicaría que está claramente identificado con esas posiciones nacionalistas exhibidas, como reconoce Maragall: “Zapatero se ha puesto a nuestro lado y ha comprendido la razón de todo. Se lo cree. Pero se reconocerá que quien puede defender un programa electoral, realizar una campaña y obtener la investidura sin haber afirmado que Cataluña es una nación ahora se descubre con esa “identidad nacional” de Cataluña. Quien engaña a su electorado, a su partido y al Congreso que lo inviste también puede traicionar la palabra ofrecida a sus socios. Es cuestión de oportunidad. Si se mantuviese en la misma línea se puede apuntar el desenlace: el PSOE pierde las elecciones, Zapatero en fuera de juego y “el melón sucesorio” que está desaparecido en su despacho de Ministro de Defensa después de mantener contra el presidente del Gobierno que no cabe más nación que la española. Ni dimite ni habla, pero la fuerza de las cosas apunta ya el ascenso del “melón”, en la segunda escalada hacia la presidencia del Gobierno. En las penumbras “papá” y “mamá” están de acuerdo en el juicio sobre Zapatero, no sobre el que ha de intentar venir. Y por cierto, el esfuerzo de Zapatero con los nacionalistas será baldío. Sea cual sea la salida, no se cerrará el proceso, los nacionalistas volverán sobre ello con nuevas pretensiones, renovados impulsos y mayores cotas conseguidas, sea en pocos o en muchos años, depende de los gobiernos que se encuentren en minoría, gracias a la Constitución. Habría que reformarla, no para dar más competencias, sino para cambiar el sistema electoral, introducir la división de poderes y alcanzar una verdadera Constitución garantista de la Nación y el Estado sin estar presos de los vaivenes del aro nacionalista y con la forma de Estado cerrada sin el art. 150.2 y otras locuras del mismo orden. Menos vocerío y más razones, el cáncer no se ataca con placebos. Cambiar algo para seguir en la misma trayectoria. ¿Espera de crisis definitiva o reforma? Componenda prescrita por el consenso.