Desde hace ya más de un lustro se viene “denunciando” la situación de la enseñanza en nuestro país. Las diferentes “Historias” de España, que se estudian en las Comunidades Autónomas, parecen irse distanciando más a medida que se reduce de contenidos comunes la asignatura por falta de concreción en los mínimos fijados por el Estado central. Se aumenta así el poder de las regiones que quieren poner el acento en el estudio localista, con derecho a tergiversar en algunas ocasiones. .
La Real Academia de la Historia da la luz de alarma
A mediados del año dos mil la Real Academia de la Historia , hacía público un informe, a tenor de las “deficiencias y de las omisiones en la enseñanza de la historia en los planes de estudio vigentes”. Avisaban de la imposibilidad de “conseguir una visión general del pasado mediante una disciplina convertida en historia local, discontinua y popularista”.
Se avisaba así del privilegio que se estaba concediendo a las Comunidades Autónomas, “sobre todo a las que tienen lengua propia”, al otorgarles un amplio margen para “reforzar el estudio de su pasado”. Y este “privilegio”, también se dejaba ver claramente, era en perjuicio de los propios estudiantes que, desligados de una visión de conjunto de la historia de su nación, de cuanto nos une y de cómo se relaciona con el entorno europeo y occidental, podían y pueden caer en un desarraigo y una ignorancia peligrosas o muy útiles (según quien lo juzgue).
Durante las distintas reformas legislativas se llegó a insinuar que el estudio de los hechos no era lo más importante en la asignatura, primando el método. Lo que traducido venía a afirmar que igual daba estudiar la historia de la iglesia del pueblo y el afluente más cercano que las grandes catedrales de España y sus principales ríos porque de igual forma se estaba aprendiendo el método de estudio de la Historia. Pero Claudio Sánchez Albornoz ya había señalado que: “Los hechos no son la historia, pero no puede hacerse historia prescindiendo de ellos”. La Historia es el territorio del hombre. “Todo lo que hacemos se sostiene, entiende y justifica sobre el fondo irrenunciable de lo que se ha sido”.
Antes incluso de eso, catedráticos de distintas procedencias ya declaraban a los diarios nacionales que se estaba resaltando “lo que nos separa, todo aquello que en el pasado nos ha enfrentado a unos con otros” (Joaquín Prats para El País , el 2 de noviembre de 1997).
En el mismo informe se citaban varios ejemplos, entre ellos (por no repetir los más conocidos) el caso de Galicia donde lo acontecido en España durante Segunda República, la guerra civil y el régimen de Franco se reducía (estamos hablando de un libro de texto anterior al año dos mil) a 22 líneas en la misma página, acompañadas por una fotografía del “Guernica” de Picasso, otra del encuentro Franco-Hitler en Hendaya y unas cuantas preguntas. No obstante, la Galicia de la misma época tenía dedicada toda una unidad didáctica de más de veinte páginas.
Según la Real Academia si bien en otros países de Europa la historia estaba tan desatendida como en España, “en ninguno la ignorancia sobre el pasado se utiliza con la finalidad política de tergiversar y de oponer”.
Tres leyes educativas en 16 años, el mismo error
La Constitución de 1978 instauró la España de las Autonomías. La LOGSE fue la primera en traducirla al sistema de enseñanza; en ella se encuentra el fruto de la división actual. A lo largo de su articulado la LOGSE establecía que el “currículo” de las materias sería fijado en un 65 por ciento por el Estado (o un 55 en aquellas Comunidades con lengua propia). Y eso significaba que el 35 por ciento (o el 45 según los casos) restante, quedaba en manos de las Autonomías. Lo cual resulta, cuando menos, sorprendente. Porque se entiende que las matemáticas son tan importantes (e idénticas) en Segovia como puedan serlo en Lugo; e igual cultura se extrae del estudio de los grandes de la Literatura Universal en Valencia o en Teruel; como siguen siendo los climas mundiales los mismos, se estudien en Málaga o en La Rioja. ¿Realmente el conocimiento local requiere de un tanto por ciento tan elevado? A tenor de la LOCE y la actual LOE (las sucesoras de la LOGSE ) debe responderse afirmativamente puesto que repiten la fórmula.
El problema, no obstante, se ha visto agravado por el paso de los años y la politización de la vida cotidiana. Ese porcentaje del Estado se convierte, finalmente, en unas indicaciones bastante generales que son desarrolladas, mucho más en detalle, por las Comunidades Autónomas. ¿Qué se obtiene como resultado? Que según ciertos libros de texto (muy cuidados en el formato y en lo visual, eso sí) Felipe II fuese nombrado Felipe II de Castilla y que se evitase, en lo posible, el vocablo España, por ejemplo. O bien que la Comunidad andaluza dedicase en su 35 por ciento del “currículo” un amplio apartado, en cuanto a manifestaciones artísticas se refiere, que se inicia con “el megalitismo en Andalucía” y concluye con “el arte neoclásico y la burguesía ilustrada de Cádiz”.
La LOE repite y agrava ciertos errores anteriores
Como ya se ha comentado, la LOE mantiene los porcentajes del “currículo” que establece el Estado y aquéllos que marcan las Autonomías. (Dando así lugar a múltiples enseñanzas diferentes no ya sólo en virtud del profesor y del centro, sino de la Comunidad en la que se estudie).
Recién aparecido el Real Decreto de Enseñanzas Mínimas aprobado por el Gobierno podemos ya decir que se vuelve a caer en el error de la vaguedad y falta de detalle. Entre el segundo y cuarto curso, además, se interrumpe el estudio de la Historia según un hilo ordenado de acontecimientos pues se termina en el Estado Moderno para retomar el siglo XVIII, dedicando todo el tercer curso a la organización política y administrativa de España o al espacio geográfico europeo.
No hay muchos nombres propios a lo largo de toda esta legislación. Los Reyes Católicos (que sí aparecen expresamente, a pesar de lo que se había afirmado); Carlos V (curiosamente no Carlos I de España sino V de Alemania); y Felipe II. Eso es todo. Por lo que respecta al arte sólo se encuentran las corrientes Románico, Gótico, arte islámico, Renacimiento y Barroco; ignorando todo estilo posterior, del Rococó al Modernismo pasando por el Neoclasicismo y los neo-localismos (llamativamente).
Los enunciados son tan amplios y tan poco concisos que pueden dar lugar al estudio de casi todo y cumplirse con el estudio de casi nada. Y eso, sin duda, es algo que será aprovechado por las Comunidades interesadas en ello.
Tan poco amigo es el Anexo del Real Decreto que desarrolla la LOE de los nombres propios que ni en los objetivos, ni en los contenidos, ni en los criterios de evaluación llegamos a ver citado, en el área de la Literatura , a Cervantes ni a “su” Quijote . Cuando menos a Manuel Machado, Luis Cernuda, Lope de Vega, Calderón de la Barca , Emilia Pardo Bazán o Benito Pérez Galdós. Sólo se habla de “fragmentos representativos del teatro clásico español”, o “autores relevantes de las literaturas hispánica y europea desde el siglo XIX a la actualidad”. Todas las fórmulas son similares. Los criterios de relevancia no se llegan a indicar, y a falta de nombres propios, Valencia podrá elegir como tal a Ausiàs March (cuya calidad poética es excelente, qué duda cabe), en detrimento del conde Lucanor, póngase por caso. O Huelva podrá preferir a Leopoldo Lugones (al que admiro) y el País Vasco a Carmela Saint Martin (otra gran olvidada) en lugar de los cuentos de Clarín. Aunque quizá no elijan a ninguno de todos ellos porque en el Segundo Curso se establece la “Lectura de varias obras adecuadas a la edad”. Bajo este epígrafe pueden justificarse innúmeras ausencias.
Creo recordar que señalaba Kant (por citar una fuente más allá de lo español) que: “Tan sólo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él”. Y tiene, por supuesto, todo el sentido. Si se enseña a las generaciones futuras, verbigracia, que no hay lazos comunes entre los españoles, que el Estado ha sido un opresor de la originalidad nacional (la que corresponda), y se les esconde el rico pasado en común, haciéndoles ignorar cuanto de grande ha tenido nuestro país cuando ha funcionado en conjunto (desde las épocas del imperio a la transición política –ejemplo de los pueblos contemporáneos- pasando por la convivencia de culturas en el Toledo del 1400), ¿qué duda cabe de que serán fáciles de manipular por movimientos nacionalistas?
Aquello que nos resulta cercano es fuente de interés y de cariño, y su estudio necesario. Pero tanto más lo es en el conjunto de una ralidad mayor que le da sentido y pertenencia. Lo contrario es una isla en medio de la nada, un absurdo sin explicación que desubicará y separará a los que vengan detrás de nosotros.
¿Llegarán a descubrir, por sí mismos aquel recuerdo infantil de Antonio Machado, tan distinto de los que podrían relatar hoy los estudiantes: “Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de la lluvia en los cristales”? ¿O seguirá el Estado asegurándoles que no se perderán los hitos de nuestra historia y nuestra cultura?