Si en algo tenía razón Carlos Marx, ese metafísico de la historia y profeta de los tiempos por venir, fue en considerar el presente como organizado y estructurado desde un polo rector específico y singular. Me refiero a las relaciones económicas. De ahí que entendiera la productividad y la creatividad inherentes al ser humano según las dogmáticas de la ideología económica vigente en los siglos XIX y XX tanto a Izquierda como a Derecha.
Si bien es cierto que esta perspectiva economicista encuentra sus raíces en la mentalidad que caracteriza la civilización técnica (no siendo por tanto la instancia reguladora definitiva que este autor apunta), la analítica aportada por Marx se perfila como un fértil instrumento hermenéutico de cara a entender qué ha sucedido en una Francia sorprendida por la declaración del estado de emergencia. Y es que la causa de los flujos migratorios masivos y de las escisiones sociales que éstos sirven no es otra que las necesidades de expansión del capital y la optimización que en la producción supone disponer de mano de obra barata en un indisimulado traslado del Tercer mundo al Primero. En este sentido, repugna la autocomplacencia de una progresía capaz de invertir el saqueo que actualmente realiza el Primer mundo de los mejores recursos humanos del Tercero, en forma de flujos migratorios, para pasar a considerarlo como ayuda al desarrollo o happening multicultural. Hay que aclarar que estas actitudes progres no entran en el problema de fondo, a saber, las escisiones y los procedimientos de ingeniería social que a nivel mundial sirve la incesante expansión del capital. De ahí su carácter meramente hipócrita y su función de velo capaz de transformar el expolio de lo más dinámico de las sociedades del Tercer mundo en humanitarismo solidario. Por esto mismo unos y otros, progres y racistas, son sólo las caras de una misma sociedad que acoge, no lo olvidemos, para explotar. Lo dicho si a alguien se le hace patente es precisamente al inmigrante. Creo que a nadie debería sorprender los fracasos de las políticas de integración que han supuesto el 11-M, los atentados de Londres o los disturbios en Francia.
Más allá de las soluciones económicas
Antes me refería a la relevancia en lo humano de creatividad y producción, lo cierto es que su importancia es de tal calibre que transciende la producción de objetos y la mera funcionalidad económica para incardinarse en el propio proceso de la percepción, en los modos de instauración del espacio vital humano y en su estructura antropológica. Así las cosas la problematicidad del ser humano, su libertad y felicidad, sus relaciones sociales y sus modos de plenitud no encontrarán perspectiva de mejora alguna desde soluciones exclusivamente económicas o incluso desde la misma opulencia. Ninguna transformación social podrá cuajar si no da cuenta de la totalidad de la estructura antropológica humana. De ahí el fracaso permanente en que vive instalada la Izquierda en sus justas reivindicaciones sociales al reducir todo criterio transformador a un enfoque puramente económico. O la hipocresía de una Derecha que sólo viene a sancionar en su defensa a ultranza de la sociedad de mercado la alienación de toda política, de todo valor y de toda instancia comunitaria o metapolítica en ese primado de lo económico. Por lo demás, el panorama descrito no es sino la resultante del nihilismo en el que vive instalado el Occidente básica que supone esta perspectiva economicista común tanto a Derechas (Adam Smith, Hayek, Mises) como a Izquierdas (Marx).
Lo dicho acaso nos lleve al fondo del problema. ¿Tiene la actual civilización occidental capacidad alguna de integración y seducción tras centurias de hegemonía de ese nihilismo que caracteriza a la técnica y las ideologías económicas? ¿Cabe esperar algún entusiasmo en alguien coaccionado para integrarse en una sociedad en tanto mano de obra y clase baja con escasas posibilidades de promoción (para él y para sus hijos)? ¿Cabe reducir lo humano a su mera condición de productor y consumidor para, al tiempo, quedar excluido de la orgía de consumo en la que se han convertido nuestras sociedades? Me da la impresión de que no. O si no imaginemos que deben sentir estas gentes socialmente excluidas por esos progres de diseño que piensan que la inmigración es un happening en el que van a terminar bailando la danza del vientre en algún festival de fin de semana organizado por alguna ONG o comiendo el cus cus que les cocine su criada marroquí. Tal es la percepción del proceso para cierto tipo humano completamente idiotizado en un multiculturalismo capaz de dejar en suspenso toda reflexión crítica sobre la ablación o mutilación genital femenina y, en general, sobre la las complejas problemáticas socio-culturales asociadas a los fenómenos migratorios.
Se hace evidente que la perspectiva del explotado, es decir, de quien cocina el cus cus, es bien diferente al de ese habitante de un universo infantilizado. Estas personas perciben nítidamente cómo nos hemos traído el Tercer mundo al Primero para bajar nuestros costes y usar toda esa fuerza de trabajo en empleos de segunda. Los progres de diseño engustados y autocomplacientes en la panburguesía que representan no son precisamente quienes soportan, viven y conviven en las escisiones sociales que tautológica e inevitablemente están asociadas a los flujos migratorios masivos.
Los seres humanos no son sólo fuerza de trabajo
Así las cosas, la nave sigue su curso y el Capital continúa dictando sus leyes y alumbrando escenarios de conflicto que inmigrantes y clases populares viven y encarnan. Éste, el de la conflictividad inherente a flujos masivos de inmigración difícilmente asimilables, es uno de ellos. Los seres humanos no son meramente fuerza de trabajo intercambiable ni mano de obra barata. Son personas (por fortuna, sino seríamos hormigas) humanizadas en un determinado marco antropológico al cual responden y desde el cual piensan. En este sentido las diversas culturas, todo aquello que las singulariza y las hace ser lo que son en cada momento histórico, sirven todo un marco en el que las convivencias y los modelos de integración resultan más o menos viables o traumáticos. Si a esto añadimos la dinámica de explotación económica como telón de fondo de todos estos flujos migratorios, consideremos la magnitud de los problemas que se pueden llegar a detonar en la medida en que la convivencia y el encuentro resulten ya de por si complejos. No hay que olvidar cómo la recepción masiva de inmigración árabe-islámica supone convivir y acoger como vigentes en nuestras sociedades las contradicciones actuales y los modos de decadencia de un espacio islámico completamente fosilizado en un rigorismo que prima una perspectiva meramente legalista al margen de cualquier parámetro de racionalidad o equidad. Tal perspectiva legalista, al día de hoy, resulta a la postre absolutamente fóbica respecto de toda diferencia que venga a expresarse más allá de las diversas previsiones legales establecidas. Y esto, al margen, de la grandeza de la propia civilización islámica en muchas de sus manifestaciones culturales tales como la filosofía, el pensamiento o el sufismo. Manifestaciones que, por cierto, son perseguidas por el islamismo emergente en tanto líneas de fuga a ese legalismo. Desde luego que la revuelta de París no es una revuelta religiosa, pero sí que emerge de un paisaje en el que los códigos identitarios servidos por la propia religión, en manos del fundamentalismo (sea éste de corte wahabita-saudí, wahabita-yihadista o el propio de los Hermanos Musulmanes) en tanto modalidad de Islam emergente, separan de la propia sociedad de acogida tornándola incomprensible e indeseable. Advirtamos que son precisamente estas variedades de islamismo quienes gestionan y dan forma al Islam que actualmente se desenvuelve en Europa. Basta que sean promovidos y políticamente instaurados determinados abismos humanos para que éstos tomen cuerpo de un modo extremadamente conflictivo en el marco de explotación económica ya descrito.
Apreciar estos factores de orden cultural en la revuelta parisina no supone más que dejar de considerar a los trabajadores como mera fuerza de trabajo explotada para pasar a considerarlos personas cognoscentes y sintientes pertenecientes a universos culturales vivos y específicos que, de suyo, moldean y generan el propio espacio humano y aún material. Acaso la resistencia más encarnizada de estas personas que nos dicen no de un modo tan violento consista en resistirse a no ser más que mano de obra y fuerza productiva en un espacio que además de no ser el propio les fuerza a su disolución. Acaso se resistan, más o menos inconscientemente, a ser medidos por un molde antropológico tan elemental como empobrecedor. Hágase notar cómo el Capital mide a los inmigrantes exclusivamente en tanto fuerza de trabajo. Paradójicamente ciertas ideologías emancipadoras que sólo quieren ver en los disturbios franceses escisiones de orden económico hacen exactamente lo mismo. No es casualidad, ambas perspectivas comparten la vasta influencia del economicismo en los últimos dos siglos. A este respecto considérese que el primado general que en el actual proceso histórico tiene la esfera propiamente económica no liquida la autonomía de otras esferas ni mediatiza su operar de manera directa e inmediata. Al hilo de lo dicho sólo cabe poner de manifiesta la tosquedad de cierta “escolástica” marxista.
Las carencias del modelo de opulencia
Con todo debemos felicitarnos de tener unos medios de comunicación y unos circuitos de imágenes que nos repiten a diario lo maravilloso de nuestra existencia y nos desagüen de nuestras tensiones... Advirtamos como al día de hoy la realidad la generan esos circuitos de imágenes. Una realidad virtual que se superpone a toda escisión social y todo plano de conflicto interno hasta el punto de desplazarlo exitosamente de todo espacio de visibilidad… Así es nuestro mundo feliz... ¿Alguien se extraña de que haya quien se resista a su dominio?... No es raro que esos que precisamente se ven abocados a hacer de mano de obra barata sean quienes nos respondan con un sonoro no. Por lo demás nuestra sociedad tiene muy poco que ofrecer más allá de una integración lobotómica en una sociedad de mercado que liquida toda diferencia cultural, todo relieve personal y toda paideia (por paideia entendían los griegos los contextos de todo tipo de los que dependía la educación y el desarrollo de la personalidad) más allá de la forzada standarizacion a la que obliga el consumo y sus imágenes. De hecho de la propia Europa contemporánea poco se puede decir más allá de su condición de hipermercado y de la progresiva instrumentalización y colapso de todo tipo de ámbitos y esferas en ese omnipresente regulador económico.
Quienes llevan aquí más de una generación saben ya de las carencias de este modelo de opulencia. Tales carencias, junto a la marginación (y automarginación) social que en términos generales arrastra el colectivo árabe-islámico, son el perfecto semillero del integrismo islámico en las sociedades occidentales. De momento el estado del bienestar re-equilibra las escisiones del fragmentado paisaje humano europeo. Aún así el estallido de violencia parisino ha obligado la declaración del estado de emergencia. En este sentido,la perspectiva histórica a largo plazo sólo puede inquietar.
Carlos Aguirre
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