Los restos del naufragio
Durante milenios hemos echado nuestros desperdicios a la calle, y es posible que esa costumbre acabe con nosotros. Porque el planeta tiene una limitada capacidad de absorber basura, y tal vez hayamos conseguido agotar su capacidad de encaje con nuestras máquinas y nuestra avaricia. Ya hay muestras en la biosfera de que el clima está cambiando; e indicios de que este cambio podría hacerse explosivo. Corremos el riesgo de transformarnos en la enfermedad que mató a la Tierra...
Cada rincón de este mundo es especial
Los días, las noches, las estaciones y las peculiaridades de la meteorología hacen de cada paisaje algo único, sin parangón. Desde ese viento que sopla sólo allí a la manera en que las infernales tardes de agosto dejan paso a electrizantes noches; las tormentas del otoño o esas lluvias tardías del principio del verano, quien vive en un lugar toda una vida acaba conociendo. Los cambios en la latitud, la distancia al mar, la altitud, la presencia o ausencia de montañas remotas, las grandes llanuras, cada rasgo geográfico hace de cada paisaje una rareza, algo especial.
Y cada paisaje está vivo. En la tierra, las rocas y el aire de un lugar hay incontables seres vivos que forman parte y dan forma a la vez a lo que vemos. Nematodos y lombrices crean los suelos; árboles y hierbas le dan forma, interactuando con las rocas. Microorganismos las disuelven, ayudando a desmoronarlas, proporcionando comida a otros seres vivos. Un paisaje es un ecosistema, una elaborada interacción entre lo vivo y lo inerte cuyos detalles dependen de la historia y del clima. Los paisajes están vivos, son únicos, y están en constante equilibrio, en perpetuo cambio.
En especial cuando lo que cambia es el clima. Entonces los paisajes sufren alteraciones dramáticas. Algunos desaparecen. Y con ellos se pierde algo único. También aparecen nuevos paisajes, nuevas formas de vida, nuevas y únicas maravillas.
Hace 30 millones de años lo que hoy es Madrid, parte de Guadalajara y amplias áreas de Toledo era un desierto cubierto de lagos salados; simultáneamente Cataluña estaba cubierta de selvas tropicales. Hace 350.000 años buena parte de Pirineos eran glaciares, y el hielo cubría vastas regiones de Centroeuropa y América del norte. Hace apenas 6.000 años el Sáhara era una fértil pradera donde millones de animales pacían y miles de personas vivían, e incluso nadaban en sus ríos.
Las montañas crecen y desaparecen al lento ritmo de los movimientos geológicos; los continentes migran, los mares desaparecen, o nacen y crecen. Nuevas formas de vida surgen en el tiempo profundo y son a veces capaces de cambiar el modo de funcionar de la Tierra entera. La historia de nuestro planeta es un continuo cambio, una evolución perpetua: al fin y al cabo definimos lo vivo como aquello que cambia con el tiempo, que no es estático, que crece y se mueve. La Tierra está viva, y por eso cambia.
Aunque el cambio que ahora se produce es diferente, por dos razones: porque es inusualmente rápido, y porque es probable que los responsables seamos nosotros. Reconozcámoslo: siempre nos pierde nuestro ego.
El aumento de temperaturas medias en el último siglo parece confirmado; ha sido intenso y rápido, y ha coincidido con nuestra frenética (y todavía creciente) manía de expulsar nuestros desperdicios al exterior. Cuando en realidad no hay exterior: todo lo que lanzamos a la calle se queda allí, en algún rincón de nuestro propio planeta. Nos dedicamos a echar la mierda en la cama donde dormimos. En este caso, expulsamos a la atmósfera enormes cantidades de diversos gases, sobre todo CO2 procedente de nuestras innumerables máquinas que funcionan a combustión. Lo malo es que el CO2 participa en los delicados equilibrios de la atmósfera, y su proporción es vital para mantener esos equilibrios. Aumento de temperaturas, en paralelo con el aumento de CO2 atmosférico producto de nuestra industria. La asociación parece clara.
Y los resultados empiezan a verse
Algunos son espectaculares, como los glaciares nórdicos que se retiran kilómetros, dejando expuestas regiones que llevan miles de años cubiertas por el hielo o el pequeño, pero inexorable aumento del nivel del mar que amenaza costas e islas. Los inviernos se hacen menos fríos y los veranos un poco más cálidos, y en los bancos de hielo del Polo Norte aparecen canales antes inexistentes, mientras la Antártida libera icebergs del tamaño de provincias. Una alteración diminuta de la temperatura media global significa grandes cambios en determinadas áreas.
Aunque lo más gordo es menos visible. La temperatura media del planeta ha oscilado mucho y muy bruscamente durante los últimos dos millones de años por causas ajenas a nuestra intervención, lo cual sugiere que existen mecanismos que multiplican las pequeñas variaciones climáticas. Eso significa que un pequeño cambio puede poner en marcha un amplificador que modifica de golpe el clima global. La Corriente del Golfo, que mantiene el norte de Europa habitable transportando calor desde el Caribe, podría dejar de circular; la tundra y las estepas congeladas de Siberia podrían derretirse, liberando ingentes cantidades de metano y CO2; los cuatro kilómetros de grosos de casquete helado de Groenlandia podrían empezar a fundirse, liberando cantidades impensables de agua dulce a los océanos. El descenso en las nevadas en latitudes altas podría disminuir el albedo terrestre, haciendo que más calor procedente de la radiación solar se quede en la Tierra...
Las cifras demuestran que estamos en temperaturas nunca vistas desde hace 350.000 años, y subiendo a un ritmo endiablado. Si alguno o todos de esos mecanismos de amplificación se disparan, podemos ver un cambio brusco en el clima terrestre, un vuelco total.
Los animales y las plantas, sin nuestros sofisticados aparatos de medición, ya lo están detectando. Y están reaccionando.
Mutaciones de animales y plantas
Cada especie, cada población de cada ser vivo se extiende tanto como puede, literalmente. La estructura física y de comportamiento de cualquier animal y planta le permiten vivir dentro de un determinado (y amplio) rango de temperaturas, humedades, vientos, niveles de luz, tipos de tierra, etc. Pero en el mundo real los seres vivos no alcanzan sus límites de distribución físicos, porque hay otro factor más importante en juego: los otros seres vivos. Un ecosistema es una continua competición por unos recursos siempre escasos. Una feroz competición en la que no basta con ser teóricamente capaz de sobrevivir en un lugar, en un paisaje, sino que hace falta hacerlo en competencia con otros. Cada ser vivo tiene así una distribución geográfica más o menos limitada por la interacción entre sus propias capacidades, el clima y paisaje y el resto de los seres vivos que viven alrededor.
Esto hace a muchos seres vivos sutilísimos detectores de cambios en el ambiente. De repente plantas que no eran capaces de germinar en latitudes altas lo consiguen, y desplazan a otras que vivían allí desde tiempo inmemorial. De repente mariposas que detenían sus migraciones continúan hasta zonas nunca exploradas. De repente las cigüeñas, o las codornices, son incapaces de detectar la llegada del invierno a las estepas de Castilla y se olvidan de migrar a África a invernar. Especies de plantas están cambiando su época de floración. Las delicadas interacciones entre animales y plantas se ven alteradas, y con ellas cambian el tamaño de las poblaciones. Hay que tener en cuenta que muchas épocas de reproducción de animales están sincronizadas con momentos de abundancia de alimento, Si esta sincronía se pierde, algunos seres vivos desaparecen, y otros (liberados de sus propios predadores) se multiplican hasta convertirse en plaga.
Lo que estamos viendo es el primer paso de un corrimiento masivo de ecosistemas, un cambio a escala global. El primer indicador, del que dependen los grandes rasgos del clima, es la latitud; los organismos tienden a distribuirse en anillos de similar distancia a los polos. Cuando la temperatura global sube esas bandas de clima similar cambian de posición, y con ellas sus ecosistemas. Así, por ejemplo, el Sáhara crece hacia el sur en la región del Sahel y los bosques tropicales migrarán alejándose del ecuador, mientras los animales y plantas del Ártico y el Antártico verán reducirse sus espacios.
Es cierto que a la larga los equilibrios volverán a establecerse. Nuevas oportunidades evolutivas quedarán abiertas, y nuevas especies de animales y plantas aparecerán y prosperarán. Los ecosistemas, jamás una máquina rígida y estática, se autorregularán, y los niveles poblacionales de sus distintos componentes se estabilizarán. A no ser que los mecanismos de realimentación se desboquen y acabemos con un efecto invernadero catastrófico, como el ocurrido en Venus, la biosfera volverá a equilibrarse.
Por el camino, sin embargo, perderemos mucho
Habrá extinciones, cuando las oscilaciones debidas al rápido cambio hagan desaparecer poblaciones enteras. Habrá ecosistemas que desaparecerán para siempre. Habrá bosques que se conviertan en recuerdo; lugares que perderán su especial ambiente, áreas enteras que quedarán desertizadas y otras donde será la vida humana la que desaparezca. Habrá paisajes únicos que se perderán, como lágrimas en la lluvia.
Y luego están las consecuencias para la Humanidad
Buena parte de nuestra población vive en las costas, lugares donde una ligera subida del nivel del mar supondrá inundaciones permanentes o frecuentes. Nosotros, como algunos animales, tendremos la posibilidad de emigrar, desde las zonas que se conviertan en inhabitables a las que conserven capacidad de sustentar la vida. Otros seres vivos no tendrán tanta suerte. Si las cosas van a mucho más, los cinturones de temperaturas templadas en los que se basa nuestra agricultura, y por tanto nuestra supervivencia, disminuirán de tamaño. Podremos, pues, alimentar a menos gente.
Es cierto que, en un sentido metafórico, el planeta Tierra y los seres vivos que en el vivimos somos un superorganismo con capacidad de autorregulación; Gaia. Pero también es verdad que nosotros, con cada vez mayor potencial y necesidad, estamos comportándonos como una enfermedad. Son nuestros productos de desecho los que están interfiriendo con el bienestar de todos los habitantes vivos del planeta, y si bien no es la primera vez, y sabemos que la vida es capaz de sobrevivir a cambios de esta escala, es posible que nosotros no. Podemos acabar por nuestros propios desperdicios, demasiado arrogantes y ciegos como para darnos cuenta de que al envenenar nuestros alrededores nos estamos envenenando a nosotros mismos. Arrogancia y ceguera; una combinación muy humana que puede estar acabando con nosotros, y con el mundo que conocemos.
Enlaces
Científicos de la NASA advierten de que la temperatura del planeta es peligrosamente alta
http://www.guardian.co.uk/international/story/0,,1881465,00.html
Calor histórico
http://scienceblogs.com/loom/2006/09/26/historical_heat.php
Un grado más y estamos acabados
http://www.newscientist.com/article.ns?id=mg19125713.300
Calentamiento global (castellano) en Wikipedia
http://es.wikipedia.org/wiki/Calentamiento_global