Los penosos incidentes del 2 de Mayo en Malasaña son un grano en el culo de nuestra democracia. Periódicamente se repiten por toda la geografía de un país orientado a producir y a consumir ocio.
Chomsky, en los noventa, dijo que la juventud de España saltaría por algún lado… Desconocía la potencia anestésica de la familia española y los botellones peninsulares. Ensayamos sobre lo pasado y por venir, caro lector. ¿Te pilló la bronca?
¿Qué coño era eso de Malasaña?
Malasaña era hasta hace poco nuestro barrio latino. Malasaña históricamente empezó a diferenciarse por la resistencia al gabacho y al dominio de Pepe Botella (no el fundador del Botellón sino el hermano de Napoleón). Malasaña pasó siempre por ser barrio popular y hasta castizo. Malasaña es hoy un barrio sin fiestas, un barrio un poco castigado por los orines del ocio embrutecido y por el estado de sitio municipal que provoca que sea el barrio con más policía por metro cuadrado de la capital.
La Plaza del 2 de Mayo era donde íbamos en vespa a buscar a un iraní laico que pasaba costo cuando la inmigración era algo todavía exótico y no un trasiego de necesidades y sueños por el mundo. La misma Malasaña donde reventábamos en una nochevieja con algún rebelde superviviente que hoy es santo y jardinero del Monasterio de las Huelgas (Iñaki Glutamato).
La misma donde se habían desnudado en la transición en aquella torre de carne un poco goyesca y celulítica (la famosa foto), en señal de hartura por tanta miseria moral de la sociedad del último franquismo que no se acaba nunca. Si hubiera o hubiese habido bohemia –hoy especie en extinción- en Madrid la hubo en Malasaña, actualmente feudo de tenderos, baristas, orinaderos y munícipes.
Malasaña fue un fortín libertario en el centro de Madrid, un pueblo perdido donde los hijos pijotas de los que se desnudaron compraron aquellas casas, entonces en ruina y hoy lujo y superlujo de los madriles de la izquierda rica que come gambas de todo a cien.
Malasaña –repito- es nuestro barrio latino, hoy casi tan lujoso como aquel, por donde trepa poco a poco la Nueva Era también a la que sucedió a la posmodernidad y abren tiendecitas jodorowskianas como la de Carmen, en la Plaza. Malasaña es la espalda de Generación XXI, pues aquí se hace esta revista. En Malasaña hubo una vez unas fiestas, antes de que aquello se convirtiera en un miniestado de ocio y de sitio de la democracia matritense. La Malasaña donde hemos crecido todos a golpe de lengua. La pobre.
Malasaña como parque temático
En Malasaña se ensayaron las políticas democráticas de orden y concierto vecinal. Con el embrutecimiento del ocio de los niños bien y regular, el barrio petó los fines de semana en una suerte de pequeño happening. La sociedad está enfermita y drena y orina por Malasaña. El ocio estabulado y protoalcohólico es una señal de que las cosas no van. Pero el poder, lejos de buscar soluciones a la cloaca del divertimento juvenil, ha impuesto un toque de queda en el centro para no perder un solo voto de orden, conociendo el lógico desinterés e incredulidad de los jóvenes por las urnas.
La alternativa a Malasaña y al centro dio paso, en los noventa, a polígonos del terror como Polvoranca, donde la cara inhumana del ocio tomo el mundo por montera y el conflicto del vacío de una sociedad idiota explotó en acciones racistas, alcoleras y futboleras.
Los vecinos, es verdad, decían estar hartos de tanto meado en las calles y gritos de tribus urbanas, y a lo largo de muchas fiestas se montaban broncas y gallinas. Pero todo aquel que vivía en Malasaña sabía cómo era aquel barrio hasta que el ocio se cosificó. El cáncer no se cura con escayolas.
Las ordenanzas se fortalecieron y los incidentes remitieron… hasta que llegó el botellón. Muerto el perro de las fiestas, los castradores muncipales decidieron que se murió la rabia.
Quitar las fiestas de la Plaza del 2 de Mayo fue la típica solución pepera: talar el problema. Hasta que la cosa estalla. Los señores del Ayuntamiento, la Comunidad y el Gobierno parecen haberse olvidado de que Malasaña no es el Goierri: no hubo nunca –hasta ahora- en Malasaña ni encapuchados, ni brujos, ni terroristas, ni clanes de patriotas, ni secuestros bajo pesadas presas industriosas, ni proletarios de Badajoz encerrados en torres de ladrillo. Todo eso es un invento del Estado de sitio tenderil y de parque temático que padecemos en el presente. El órgano crea la función y tanto policía atrae a los alborotadores, como suele pasar y ha sucedido.
La provocación de la otra noche fue también la enésima provocación de la policía municipal que toma la plaza cada fin de semana como si esto fuera Irlanda del Norte. No hay que acudir a medios muy revolucionarios (basta leer el conservador El País) para ver cómo se las gastaban y daban a diestra y siniestra porrazos los agentes “del orden”.
Pan y porra
La verdad es que no dejamos de joder la marrana con esto del orden público. Mientras la cosa se muestra ponderada no pasa nada pero en los tiempos de la memoria de las fiestas la cosa cambia. La Comunidad de Madrid y sus prebostes se encierran en los antiguos calabozos de la DGS , en plena Puerta del Sol, para comerse el presupuesto en lomo ibérico mientras reparten raciones de garbanzos para la población semivieja y rancia que se va apoderando de la capital como se ha apoderado de los pueblecitos y baila trepanada los chotis fachosos en la Plaza Mayor.
Hoy la tasa de población joven se concentra en las periferias y Polvorancas, dejando el centro hueco como la cabeza de una centolla vieja y conservadora. Cuando Madrid sea una ciudad de torres gigantes y de septuagenarios decentes no habrá problemas y el cementerio votará ordenadamente a los poderosos y a sus falsas alternativas.
Qué pasó este Dos de Mayo y quiénes son los mamelucos del presente…
A las tres de la mañana, cuando la gente se había calentado, empezó la “fiesta alternativa”. A la contundencia y chulería de los municipales que se empeñaban en preservar la zona cero de Madrid, respondían algunos con gritos y protestas. A éstos, algún porrazo y al porrazo un botellazo, y al botellazo unos disparos policiales de pelotas de goma que apuntaban a matar con la leyenda “Uy, lo siento”, y a los disparos respondían botellazos. La ocupación del barrio fue total. Quinientos policías de todas clases: secretas, municipales, nacionales y hasta algún hertziana de los madriles camuflado. No se podía ni salir de los bares. Estalló la represión de unas fiestas que deben de volver de una vez por todas.
Si Dámaso decía aquello de que en Madrid había un millón de muertos, hoy tendríamos que decir que en la capital votan varios millones de muertos. ¿Por qué no hay fiestas en el Dos de Mayo? Porque no interesan al poder ni a los mayores.
El envejecimiento de la población de Madrid es un factor fundamental para entender lo que aquí pasa. Los vecinos son la excusa para cualquier cosa en España. Si son mayores, mejor. Como aquí solo ha existido la política vecinal, pasa lo que pasa. El progre que cortó cobardemente cada año la espada de Daoíz y Velarde en señal de antiespañosis es el que hoy llama a la poli municipal. Algunos han engordado como ratas bien alimentadas y piden orden y concierto ante la degradación callejera de la plaza. A ellos se unen los que tienen familias en el barrio y no pueden dormir con tanto circo. No dudo que los vecinos del centro estén hartos de la invasión de parque temático del fin de semana, pero la alternativa no es hacer de la plaza la aldea de Astérix.
Análisis de lo que pasa
Es como si se este Dos de Mayo se hubiera vuelto a levantar contra los mamelucos (mercenarios) que nos gobiernan. Otro año sin fiestas, otro año de ocupación policial. Desde pequeños habíamos vivido aquellas fiestas, tan felices, tan alegres y, sin embargo, nada. No nos dejan. Es verdad que las calles se han embrutecido pero eso no da derecho a la toma del espacio por la policía y a la brutalidad de sus actos.
No sé qué tienen las autoridades contra estas fiestas, que no eran sino una manera de socializar y de vivir la juerga postcarnavalesca. Los vecinos son la excusa que utilizaron los polis para hostiar al que se acercaba por aquel barrio, como si todos los jóvenes fueran sospechosos a los ojos de la policía.
Cada año la misma movida, cada año el mismo Estado de sitio incluso en fiestas. ¿Quién es la Comunidad para hacer desaparecer unas fiestas populares de toda la vida? Siguen reprimiendo, y pasa lo que pasa.
Es verdad que el civismo de algunos deja mucho que desear, pero el de las autoridades no les queda a la zaga. Que tome nota quien tenga que tomarla.
Y que se promueva otro ocio que nos permita pensar, vivir y ser. La ciudad está contaminada por los psicovirus que lo invaden todo. Nómada que buscas la tranquilidad, lejos de los tumultos de norte civilizado, al fin la encontrarás. Ojalá tenga razón Franco Battiato. La naturaleza nos espera con los brazos y el cielo abiertos. Volvamos a Malasaña para contarlo alegremente, con tranquilidad y sin tantos genios alcohólicos en las venas. Y mientras tanto, refugiémonos… que vienen los de la porra y nos duele la cabeza con tanto alcohol de garrafa.