En el Suroeste de los Estados Unidos de América, en la meseta que es Arizona entre el Gran Cañón y la región de Four Corners y el Cañón de Chelly, el cielo parece físicamente más grande. De horizonte a horizonte hay mayor cantidad de azul, como si allí la tierra estuviese más cerca del cielo y las personas estuviesen fuera de lugar. Las obras humanas, carreteras, edificios, silos, parecen diminutas y tenues, esparcidas por la llanura interminable. Entre los rascacielos de Nueva York, en cambio, el cielo apenas existe: tan sólo un fondo gris indistinto proporciona techo a los profundos cañones artificiales que minimizan a la gente hasta hacerla desaparecer.
Las dos Américas
En las praderas y montañas del corazón de Norteamérica la naturaleza hace pequeño al Hombre. En las ciudades de las franjas costeras es la arquitectura la que proporciona la humildad. Una grandeza remite a dios; otra, a la obra humana. Son las dos Américas, la roja y la azul. Una confía en sí misma, en su capacidad de domar la naturaleza y en su privilegiada relación con sus dioses, que les convierte en el pueblo elegido. La otra conoce las complejidades del matiz, el mundo y la historia; sabe que vencer a la naturaleza no soluciona todos los problemas, y es consciente de que los dioses a veces marcan a sus elegidos para la destrucción.
Paradójicamente cada fracción conoce bien los límites de aquello que venera. Los colonos del Medio Oeste supieron corregir a sus dioses con su esfuerzo, domesticando una tierra que les era ajena, y por eso son partidarios de la acción, de tomar su destino en sus propias manos. Los habitantes de las metrópolis de la costa están orgullosos de las monumentales obras de sus antepasados, pero llevan siglos sobreviviendo en medio de la arquitectura monumental; por ello son más cautelosos a la hora de actuar, pues aún las mayores obras del Hombre no resuelven todos los problemas. A veces los crean nuevos.
Las dos formas de ser estadounidense
Hay dos modos generales de ser estadounidense dentro de los Estados Unidos. Pero sólo hay una de serlo fuera, con respeto al resto del mundo. Y para entender por qué la religión divina no es la explicación de la victoria de George W. Bush en las elecciones estadounidenses, hay que entender la otra religión. Para lo cual hay que ir al principio. Hay que volver a Europa.
Rivalidad entre hermanos
Estados Unidos se fundó en oposición a Europa. Y, sin embargo, en ambas orillas del Atlántico nos parecemos mucho. Nuestras relaciones recuerdan a las de dos hermanos; a veces nos peleamos por nuestras diferencias, otras veces porque nos parecemos demasiado. Compartimos idiomas, una base cultural, una historia de amistades y enemistades, una idea del futuro, un régimen político, un historial religioso, muchas variantes distintas de dios...
Pero Estados Unidos se fundó en oposición a Europa. En su mito fundacional se creó para que un grupo de personas pudiese venerar a su dios a su modo sin la intervención de su gobierno; se fundó para rechazar las monarquías de la (ya entonces) vieja Europa, para ofrecer a quien quisiese vivir allí una política basada en la Razón y no en el Derecho Divino. Pues ha sido costumbre de los países europeos hasta muy recientemente la de matar a grandes cantidades de gente de modo organizado por causa de su religión, o su política, o ambas.
Huyendo de esa Europa nacieron los Estados Unidos de América, la 'brillante ciudad de la colina'. El resultado hubiese podido ser un país sin religión. Conspiraron la historia y la geografía, y en su lugar nació un país con dos religiones.
Una de ellas tiene muchos nombres y dioses, infinitas sectas, decenas de libros sagrados, sacerdotes, jerarquías, iglesias, mezquitas, templos, cementerios y otras posesiones inmobiliarias. Más del 80% de la población estadounidense se declara creyente en uno u otro dios; más del 60% afirman que la religión es un factor importante en sus vidas.
La otra religión se llama patriotismo, se expresa en un desmesurado amor por el país, sus símbolos, su historia y su futuro; y a efectos prácticos la comparte el 100% de los nacionales.
La contradictoria, sabia y sutil idea fundacional de los Estados Unidos de América combinó el gobierno para el pueblo, la religión para el que la quiera, y ambas cosas separadas. Mil religiones en el cielo, y una sola en la tierra. Venera al dios que desees, pero ama sobre todas las cosas al país que te permite venerarlo.
Y ¿por qué no? Más que la mayoría de las naciones, los ciudadanos de los Estados Unidos de América tienen derecho a sentirse orgullosos de su país. Grande, poderoso, rico, en general noble, abogado de las buenas causas, casi siempre en el bando correcto, aunque sea tras haber, como ironizaba Churchill, probado todo lo demás... Hay muchas luces en la historia, toda luces y sombras siempre, en este país-continente. Mucho de lo que estar plenamente orgulloso.
Mil y una religiones
Y es que los Estados Unidos de América, afortunado país, no conoce las matanzas de religión, las cruzadas, las teocracias o la intervención de (o contra) la iglesia en el gobierno. No ha experimentado lo que ocurre cuando los servidores terrestres de un dios o sus adversarios alcanzan poder político. No ha tenido alguna interpretación religiosa, o su negación, inserta en sus leyes y hecha cumplir por policía y jueces.
Pero los Padres Fundadores de los Estados Unidos acabaron en Massachusetts huyendo de la monarquía británica, y lo recuerdan.
La Europa oficial no es atea por maldad, sino por necesidad. Hemos tenido abundantes gobiernos religiosos y antirreligiosos, y nos ha ido mal. Muy mal. No confiamos en las religiones. Tampoco en los gobiernos.
Estados Unidos de América, bienaventurado sea, carece de esta experiencia. La suya es una historia de coexistencia más o menos pacífica de religiones, de integración de pueblos con diferentes dioses que han sido capaces (con sus más y sus menos, pero capaces) de fundir sus diferencias para crear un país único, poderoso, rico; un ejemplo de gobierno para la Humanidad. Bajo un cielo enorme, en un terreno repleto de maravillas naturales, han demostrado que es posible superar sin olvidar las diferencias que traen cien países, mil idiomas, diez mil dioses, e integrarlas para así construir el País Indispensable.
Un país donde cada uno venera al dios que le da la gana con la menor interferencia de nadie de fuera. Un país cuyo éxito demuestra que sus habitantes son los elegidos de dios. De todos los dioses.
Y como todos los elegidos generosos, están llenos de celo misionero.
No sólo saben que la verdad está de su lado: ellos mismos son la prueba de que diferentes gentes y religiones pueden coexistir pacíficamente: tan sólo necesitan un sistema de gobierno adecuado para resolver enfrentamientos religiosos y políticos. Un sistema como el suyo. La democracia al estilo Estados Unidos de América, piensan, es la cura de todos los problemas. A ellos les ha funcionado. ¿Por qué no proporcionar su receta a quien la necesita?
Estados Unidos no es un país hipócrita. Toman la medicina que venden. Y su verdadero credo, el producto que ofrecen, su religión, es política: la democracia representativa y laica.
Éste es el credo que ganó las elecciones para Bush. No la Biblia, ni el matrimonio homosexual, la plegaria en las escuelas o acabar con el aborto. La Guerra Cultural que divide a la sociedad estadounidense desde los años 60 sigue ahí, sí, entre las costas y sus ciudades inhumanas por una parte y las praderas y montañas despobladas del centro continental por otra; entre los blancos y negros de la certeza y los grises de la indecisión. Pero el factor decisivo en estas elecciones ha sido otra guerra, y una posible forma de ganarla, especialmente atrayente para los generosos y creyentes fieles en los Estados Unidos de América: exportar democracia. Aunque sea a hostias.
No ha sido una guerra elegida. Los Estados Unidos fueron atacados, y en lo más hondo. Con la audacia de los seguros de sí mismos golpearon a quienes les habían golpeado, y barrieron Afganistán. Con el celo misionero de los fieles decidieron resolver para siempre el problema aplicando el único método que conocen: su Bálsamo de Fierabrás. Con la megalomanía de quien ha rehecho continentes a su imagen, decidieron reconvertir Oriente Medio en un paraíso de democracia, clases medias y consumo. Con la rapidez de los fuertes, actuaron.
La religión que propulsa a Bush no es sólo la de dios. Algo profundamente estadounidense se ha agitado. Algo que, coyunturalmente, separa de nuevo a los hermanos de ambas orillas del Atlántico.
Nosotros, aquí en Europa, pensamos que estas soluciones no funcionan. Quien más quien menos, todos los países de por aquí hemos intentado exportar civilización, progreso, medicina y religión a cañonazos. El Imperio Británico fue el ejemplo más duradero, pero todos (ingleses, franceses, españoles, alemanes, italianos, belgas, holandeses, etc,) hemos masacrado nativos con el entusiasmo de saber que es por su propio bien. Lo hicimos en toda América, en África, en Asia u Oceanía. Lo hemos hecho durante siglos, propulsados por una letal mezcla de sentimiento de superioridad patriótico y genuino amor por la Humanidad. Lo único que nos queda de todas esas aventuras misioneras es el convencimiento de su futilidad y el recuerdo del dolor causado, y soportado.
Dolor que nunca cesa
El Sahara español, Costa de Marfil, Argelia, Ruanda y Burundi, Nigeria, Etiopía y Somalia, India y Pakistán, son ejemplos de lugares donde Europa derrochó antaño entusiasmo, dinero y sangre propia y ajena en fútiles intentos de mejora que siempre han salido mal. Y que siguen sangrando mucho tiempo después de que Europa haga sus maletas y regrese a casa, dejando atrás la ilusión y una responsabilidad que jamás se borra del todo.
Contemplamos pues el vigor y el celo misionero de nuestro hermano de allende el charco con una mezcla de cansino cinismo y envidia de su vigor. Estados Unidos de América, a su vez, nos mira como al pariente viejo y cobarde, demasiado apoltronado y cansado de vivir como para protegerse siquiera de un enemigo poderoso y malvado.
Nada es tan sencillo. Ambos lados del Atlántico tenemos mucho que aprender. Europa deberá quitarse las telarañas del pasado y redescubrir al menos un poco de ese patriotismo que tanto vigoriza. Los Estados Unidos de América tendrán que aceptar que discrepar en los métodos no significa tener distintos objetivos, y tal vez escarmentar en cabeza ajena para evitarse daños en la propia. Nosotros contamos con nuestra historia; ellos, con su fe. De momento, seguimos siendo dos hermanos, peleados por una simple cuestión de teología. Peleados por la verdadera fe del imperio: la cósmica confianza en que uno tiene razón. Bendita fe.