LA HERENCIA DE ALBERT HOFMANN

 

Por José Carlos Aguirre
jcaguirrem@terra.es


Acaso el primer sorprendido por los confusos acontecimientos que rodearon a la LSD en la década de los sesenta fuera el propio Albert Hofmann. En poco tiempo el prometedor fármaco y deslumbrante vía regia de acceso a lo inconsciente pasó a ser considerado el enemigo público número 1. De ahí la ambivalente expresión de “criatura problemática” con la que el propio Hofmann se refiriera a su descubrimiento.

Hasta ese momento la LSD, junto a otras sustancias visionarias, había sido objeto preferente de estudio en diversos entornos en los que confluían naturalmente perspectivas propias de la psicoterapia, la creatividad, la filosofía, la antropología y las cuestiones del espíritu. Nombres de la talla de Ernst Jünger, Walter Benjamin, Aldous Huxley, Michaux o Artaud se daban cita junto a psicoterapeutas y antropólogos en el reconocimiento y estudio de las experiencias suscitadas por estas sustancias. Llevar la conciencia humana a sus límites de experiencia suscitaba cuestiones de todo tipo sobre la textura de la trama de lo real y, en esa medida, sobre la capacidad de conocimiento del hombre. Al tiempo, tales experiencias supusieron para diversos psicoanalistas una oportunidad para la profundización en el estudio de la vida inconsciente en un contexto terapéutico específico. Otros terapeutas investigaron la capacidad catárquica y re-estructuradora de la experiencia con la LSD desde su capacidad para cuestionar y conmover. De hecho los ensayos que con sustancias visionarias se han venido haciendo en programas de tratamiento de toxicomanías y alcoholismo responderán a este planteamiento catárquico. No olvidemos que este viaje de la conciencia a los límites de su capacidad de experiencia viene de la mano, precisamente, de la liberación de los diversos troqueles y potencias inconscientes del alma. Por eso el valor reconocido a la experiencia y a su especial cualidad girará en torno de las diversas tomas de conciencia que pudieran acontecer en la misma. En este sentido el mayor mérito de Hofmann fue reconocer las enormes potencialidades de la LSD en su fortuita e inesperada ingesta del alcaloide en cuestión. Si el descubridor de la LSD hubiera sido uno de esos psicólogos castrados intelectualmente en el paradigma cognitivo-conductual y su positivismo decimonónico ni siquiera hubiera sido capaz de calibrar la textura de la experiencia. Hofmann, además de científico, era un humanista de alta cultura perteneciente al círculo íntimo de Jünger y discípulo en la distancia de Goethe. Con todo, este químico no fue el único occidental capaz de ser conmovido por la experiencia con sustancias visionarias o enteógenos. De ahí los diversos estudios que a propósito de estas sustancias se iniciaron en los cincuenta y primeros sesenta.

La deriva tomada por la LSD

Al hilo de lo dicho y ante tales horizontes de investigación sorprende la deriva tomada por la LSD y, en general, por el uso de visionarios a mediados de los sesenta. O acaso no a poco que consideramos la impermeabilidad de la cultura dominante al reconocimiento de la trama compleja y diversa de la conciencia humana. Lo cierto es que tal deriva, en su momento totalmente inesperada, supuso el colapso de las diversas investigaciones en marcha. Este brusco viraje lejos de depender del fracaso de las mismas fue servido por la problematicidad social suscitada por la naciente “cultura de las drogas” en tanto fenómeno de masas. Tal problematicidad terminó por alumbrar un colosal tabú alrededor de estas sustancias al tiempo que unos usos de consumo degradados, toscos e incapaces de vislumbrar las potencialidades de la experiencia. Albert Hofmann fue el primer sorprendido ante tal cambio de escenario. Los cuidadosos y discretos entornos de experimentación con sustancias visionarias que en Europa y USA se habían venido sucediendo se vieron claramente rebasados por la inserción de la LSD en los circuitos de consumo de masas de la mano del merchandising de la psicodelia americana. El hasta entonces prometedor fármaco en muy poco tiempo pasó a estar en la lista de los enemigos más buscados. A este respecto no deja de ser curioso que tal cambio de escenario venga claramente señalado por la conclusión de los experimentos que la CIA realizó con el psicofármaco en cuestión. La incriminación social y la cancelación de todo estudio, incluso los emprendidos en el exclusivo entorno universitario, encontraron en determinados poderes del Estado el más eficaz martillo de herejes. Esta cancelación de los diversos estudios en marcha se vio acompañada por la masificación de la experiencia de la LSD y por el surgimiento de un consumo de masas descontextualizado, alienante y paródico de los efectos del alcaloide descubierto por Hofmann. En el marco descrito la coloreada revolución psicodélica sucumbió en un consumo compulsivo y caótico de todo tipo de drogas que, cincelado a la medida del naciente mercado negro, vino a naufragar en el gélido regazo de la heroína. La biografía de un Leary que en pocos meses paso de ser un respetado y riguroso profesor universitario a caricatura mediática de la psicodelia es todo un emblema de este proceso. No serán pues de extrañar los duros epítetos que el propio Hofmann o el teórico de la contracultura Theodore Roszak le terminaron por dedicar.

Reactivación de ensayos

Constatar las limitaciones de los años sesenta en su recepción de la LSD no es dar argumentos a los defensores ultramontanos de la prohibición. Tampoco se trata de incriminar los usos lúdicos de sustancias y de apostar en exclusiva por una forzada ceremonializacion psicoterapeútica de la experiencia. Sencillamente se trata de ejercer una crítica cuya finalidad sea esbozar marcos capaces de reconocer e integrar unas experiencias que, ineludiblemente, están presentes en nuestras sociedades. Considérese que muchas de las actitudes que hacia las drogas cuajaron en aquella época son tanto la perfecta legitimación de la prohibición como el contexto en el que colapsan las diversas investigaciones que se emprenden. Paradójicamente la cancelación y la precarización de tales investigaciones es lo que bloquea el desarrollo de un saber hacer capaz de integrar y contextualizar el empleo de las sustancias visionarias. Así las cosas no ES de extrañar pues que éstas nos muestren su rostro más problemático.

Con todo y a pesar de lo dicho la última década ha conocido cierta reactivación de investigaciones, estudios y ensayos en diversos contextos psicoterapéuticos y de desarrollo personal. Tales ensayos, si bien muestran todavía contradicciones, presentan cierto grado de madurez y cierta toma de conciencia respecto de las posibilidades de la experiencia. El discreto proceso en curso tiene su origen en el inextinguible interés que induce en el hombre atento y mínimamente cultivado el calado y el perfil de este tipo de experiencias. Es de felicitarse que la barbarie generada desde el mercado negro de drogas no haya sido capaz de velar al completo las posibilidades de las sustancias visionarias. De las actuales investigaciones en curso depende ese horizonte que definitivamente cancele la problematicidad social de estas sustancias al ubicar sus usos en los espacios correspondientes. Al hilo de lo dicho la crítica de las imágenes sociales y hábitos de consumo que el mercado negro prefigura es un paso necesario en todo este proceso.