Morir de hambre

 

Por Emilia Lanzas

“Notarás una ausencia, de repente,

creciendo a tu lado, como un árbol,

un árbol de la muerte, de color desvaído, un ficus

despojado, abatido por el rayo, una ilusión,

y un cielo como el trasero de un cerdo, un completo olvido”.

(Sylvia Plath, Árboles en invierno )


Hablar de hambre –física, real- es algo burdo, excesivamente consistente, tremendo, prosaico. Hablar de hambre –morir de inanición, como un perro, sin ninguna posibilidad- es espeluznante y vulgar, es desechable hasta en nuestras más soeces pesadillas. Imaginar a un niño muerto de hambre (“...tiene los ojos muy abiertos y algo se refleja en ellos; no es el cielo”, Rilke) representa una imagen de un expresionismo infame, disparatado. O peor aún, imaginar su caída lenta, muy lenta: su mirada hueca, sus pequeñas manos impotentes, sus piernas inertes, puro hueso y vacío, y la cuenta atrás de segundos recorriendo su piel reseca, como hormigas... Cinco millones cada año.

El Informe anual sobre el hambre de la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO), tiene cifras concretas, datos objetivos: De los cinco millones de niños menores de 5 años que mueren por el hambre, 3,7 millones fallecen por no haber adquirido el peso adecuado. El número de personas desnutridas es de 852 millones, a las que habría que sumar los 340 millones que se acoplan a la medida AVAD (años de vida ajustados a una discapacidad) con sus muertes prematuras y sus secuelas físicas y cognitivas: los mal alimentados son incapaces de funcionar siquiera a nivel básico. Alrededor de 24.000 personas mueren cada día de hambre (¡24.000!). Y según La Organización Mundial de la Salud (OMS), más de mil millones de personas en países en vías de desarrollo apenas sobreviven, como apunta Jeremy Rifkin: “... En Latinoamérica, casi una de cada ocho personas se va a dormir hambrienta cada noche. En Asia y el Pacífico, el 28% de la población está a punto de morirse de hambre. En el Oriente cercano, una de cada diez personas está insuficientemente alimentada”.

“¡Yo soy Nadie! ¿Quién eres tú?

¿Eres –Nadie- también?

¡Ya somos dos, entonces!”.

(Emily Dickinson)

Thorstein Veblen, en su Teoría de la clase ociosa , ya nos habló del consumo improductivo de bienes como algo honorable, primordialmente como señal de proeza y como requisito de dignidad humana. En esta sociedad de gasto ostensible en donde se nos asegura que la mayor felicidad es la de poseer, se extiende asimismo la idea de que si se suma a la consecución de ese bien (la mayoría de las veces innecesario) la carencia del mismo por parte de los demás, el placer de poseerlo es doblemente satisfactorio.

Una riqueza, un consumo exacerbado sustentado sobre millones de muertos que cargarnos con su peso brutal - la culpa cristiana y los sistemas injustos que nunca ponen soluciones, pero que siempre acusan - . Los millones de muertos por hambre son mostrados al supuestamente opulento Primer Mundo (que lo es, sin duda, en parte, como también lo es, en parte, el Segundo y el Tercero; al igual que existen pobres en todos los países y tan cercanos a nosotros) enfrentándolo con esos otros muertos: Según el Worldwatch Institute de Washington, 800 millones de personas tienen sobrepeso o padecen obesidad.

Y miles de organizaciones gubernamentales o no (nada menos que 1.200 ONG comprometidas con este esfuerzo), y famosos y ricachones, Bil Gates, Michael Stipe, Antonio Banderas, Bono... marquesas postulantes y obispones cebados prestan su cara, tiran los dólares que les sobran, recitan liturgias huecas o nos cortan la digestión con sus proclamas e imágenes pavorosas. Concienciación. Su hambre, nuestra hambre. Desviando la atención, en aras de la caridad, de los verdaderos causantes de este infierno que muy a nuestro pesar no está ubicado en otro planeta y que, de vez en cuando, se cuela por los entresijos de nuestras puertas y por las entrañas de nuestra comodidad, herméticamente cerradas pero tan vulnerables (“¡Oh, doloridos hijos! Conocido me es, y aun pudiera decir que demasiado conocido, lo que os trae ante mí. Sé, en efecto, lo que sufrís; y aunque todos juntos padezcáis, ninguno hay que sufra tanto como yo. Pues cada uno soporta tan sólo su propio dolor; en cambio, mi alma llora a un tiempo por la ciudad, por mí mismo y a la vez por todos vosotros”. Edipo Rey , Sófocles).

“Cuanto más acumula el capitalista más puede acumular”.

(Epígrafe del Cap. XXIV: Transformación de la plusvalía en capital, El Capital, K. Marx)

Repitamos: Cinco millones de niños mueren al año de hambre y alrededor de 24.000 personas cada día; el número de desnutridos es de 852 millones; 340 millones mueren prematuramente o arrastran durante su corta vida secuelas físicas y cognitivas, incapaces de funcionar siquiera a nivel básico. Los números son precisos, científicamente demostrables, fiables, no admiten consideraciones morales, ni discusiones banales; pero sí ocultan culpables y una determinada ideología y un injusto sistema que los sustenta. Para que exista un Primer Mundo saciado tiene que haber un Tercer Mundo hambriento.

Economía y Estado, poder y economía. Gramsci ya atacó el error teórico del economicismo burgués: la separación entre lo económico y lo político. José Luis Sampedro, en su libro El mercado y la globalización , apunta que los grupos dominantes actuales no sólo mantienen y extienden su red captora de beneficios, encastillándose en su posición de fuerza, sino que, además, quieren erigirse en orientadores y dirigentes de toda la economía mundial, y legitiman esa pretensión descalificando a sus oponentes como una minoría sin ideas sólidas, presentándolos como seres (añado: personajillos descerebrados) que se enfrentan a lo que el liberalismo considera la única solución. “Lucha además inútil –concluyen los dominantes- porque la globalización es imparable: la impone el irrenunciable avance de la técnica”.

El Informe Lugano (que unos tildan de Biblia salvadora y otros de fantasmada elaborada por sabios de ficción), publicado por Susan George en 1999, cuestiona el capitalismo depredador y denuncia un sistema global hecho a la medida de las multinacionales. El Informe trata de demostrar que el ultraliberalismo lleva en sí el germen de nuestra destrucción, porque un sistema que sólo tiene en cuenta la ganancia al precio que sea, no puede resolver las grandes desigualdades, ni aspirar a un estado de bienestar. Es más, se advierte que nuestro sistema actual es una máquina universal para producir perdedores, es decir, que no sólo no se acabará con el hambre, sino que cada vez habrá más. Y este apocalíptico mensaje parece ser cierto si se estiman los datos de la FAO: si en la primera mitad de los 90, la cifra de personas en situación de hambre era de 37 millones; durante la segunda mitad de la década ésta aumentó en 18 millones.

Sin embargo, el Informe postula que la lucha de los ciudadanos puede hacer cambiar el actual estado de cosas. También es optimista, o al menos ve una salida no demasiado gravosa (si los gobiernos además del compromiso teórico, asumiesen la mínima intención práctica e incluso ética) la reciente Cumbre Internacional contra el Hambre, en donde se ha aprobado un Proyecto común que abarca propuestas concretas como: un impuesto sobre el flujo de capitales que permita generar recursos adicionales contra la pobreza, incorporación de un impuesto sobre el comercio de armas (¿?), luchar contra la evasión de capitales, poner en circulación tarjetas de crédito cuyos beneficios se donen automáticamente para combatir el hambre y cumplir con el 0,7% del PIB para ayuda al desarrollo. Suponemos que también serían medidas acertadas para exterminar el hambre: el lograr una pax oecumenica como la nombró Arnold J. Toynbee, acabando con las guerras y los conflictos étnicos (y no propiciándolos para continuar con el beneficioso negocio de las armas, por mucho impuesto que se le otorgue), y el terminar de una vez por todas con la corrupción y el robo de los políticos en el poder y con las ventajosas e injustas reglas comerciales y arancelarias, que sólo benefician a los países ricos, tanto americanos como europeos.

Por su parte, la FAO apuntaba en su ya citado Informe (aparte de su conclusión de Perogrullo: “los países con un crecimiento económico y agrícola significativamente más alto tienen mayor éxito en la reducción del hambre”), que el comercio internacional puede tener un gran impacto en la eliminación del hambre y la pobreza. Y añade que si no hubiera que pagar los costos directos de los daños producidos por el hambre, habría más recursos para luchar contra otros problemas sociales. “Una primera estimación sugiere que estos costos directos suman unos 30 millones de dólares al año, más del quíntuplo de la cantidad comprometida para financiar el Sida y la tuberculosis. Además, también están los costos indirectos de la productividad y los ingresos perdidos. Es más, Hartwing de Haen, subdirector general de la FAO, tremendamente práctico y algo cínico, declaró que cómo es posible que la comunidad internacional todavía no se haya dado cuenta del beneficio económico que obtendría invirtiendo contra el hambre.

En la página de Internet, hambruna.com se reduce aún más la inversión indicando que a menudo sólo se necesitan unos pocos y sencillos recursos para que la gente pueda cultivar los alimentos necesarios para volverse autosuficientes: semillas, herramientas y acceso al agua. Y añaden que invertir en educación constituye la mejor manera de reducir el hambre.

Soluciones simples y baratas, pero que volverán a quedar en letra muerta. Mientras se pretende formar un Gran Pacto contra el Terrorismo a nivel internacional (otro paripé hipócrita), la lucha contra el hambre quedará relegada a un montón de folios cargados de buenas intenciones que ningún país llevará a cabo, o sólo simbólicamente, porque nadie está dispuesto a perder ni el más mínimo privilegio para que unos miserables salven sus vidas.