1. Bajo el signo del pájaro azul
“¿Qué derecho tenemos a ser felices?”
Ibsen
Hasta 1776 casi nadie se habría atrevido a responder de forma tajante a esta pregunta. Estaba aún en vigor la admonición de Ovidio que advertía que no se debe juzgar a un ser humano hasta llegada la hora suprema de la muerte. Los clásicos eran conscientes de la mutabilidad de los asuntos humanos que muchas veces escapan a cualquier control o previsión. Lo que es más, asociaban la felicidad al concepto de una vida plena que, como digo, sólo llegado su final puede juzgarse.
Pero gracias a Thomas Jefferson se inaugura la Era de la Felicidad posible, al incluir en la Constitución Norteamericana, un Derecho sin precedentes hasta entonces en la política comparada: el de la búsqueda de la felicidad. Gracias a Jefferson, la búsqueda de la felicidad sustituye al derecho mucho más modesto y comprensible de adquirir y conservar la propiedad, formulado por Locke.
Termina la Era de la Filosofía como herramienta de consuelo para transformarse en un arma cargada de futuro –un futuro terrible: durante el siglo XX donde se sacrifican multitudes en aras de una hipotética edad de oro venidera- y, como ineludible contrapartida de su naturaleza de derecho, nace la obligación de ejercerla. Nada más lejano al concepto de la felicidad de Epicuro quien propugnaba evitar cuantos obstáculos se interponen entre nosotros y eso tan poco respetable que llaman placer (“El placer es el principio y el fin de la vida feliz” Carta a Meneceo).
Así que quieras o no quieras, la civilización europea se ha embarcado en la búsqueda de la felicidad. No una felicidad cualquiera sino una felicidad inmediata, palpable e indiscutible. Enfrentándonos a cuantos mayores obstáculos, mejor. El problema es que nos disponemos de mapa en esta busca del tesoro.
2. Porque nosotros lo valemos
"Todos son como tú (dijo el diablo) buscando ese momento de felicidad perfecta, ese momento que nunca llegará"
Robert Bloch, That Hell bound train
Si tuviésemos que elegir el cuento de hadas más popular de todos los tiempos, juzgando por el número de versiones que existen del mismo, no tendríamos la menor duda: es el cuento de Los tres deseos (invito a cualquiera que abrigue dudas sobre la posibilidad de que un cuento de hadas este dando forma a nuestra civilización a leer a Fukuyama, según quien ha llegado la época en la que vivimos felices y comemos perdices).
Conocemos versiones cómicas, esa morcilla que va y viene de diversas narices, terroríficas y trágicas como la de Fausto. El filón no tiene visos de agotarse. Sin embargo, por más que escuchemos que el Dr. Fausto hizo un mal negocio seguimos el mismo camino: ¿qué otra alternativa tenemos que no sean nuestros viejos amigos?
Así que, al menos en Europa, nos lanzamos alegremente por la pendiente del consumo de bienes materiales para mirar a los lados sorprendidos cuando llegamos al fondo de la cuesta y descubrimos que el nuevo coche, CD, pantalón vaquero etc., no nos ha cambiado la vida. Ha nacido el consumismo: la acumulación desenfrenada de bienes de consumo. Como escribe Felix Borstein: “Hoy en día, por el contrario, el consumo es la principal actividad humana en los países ricos. Y no sólo el consumo razonable. Gran parte del mundo de la automoción o la moda (consumo individual), o de los símbolos de representación pública (por ejemplo, la arquitectura institucional) son un desperdicio de riqueza que podría ser aprovechada en ayuda al desarrollo de regiones deprimidas” (www.elmundo.es/nuevaeconomia/2004/216/1081172603.html).
Por supuesto no se trata de un fenómeno gratuito. No hacemos nada sin un motivo.
Aunque no nos atrevemos a decirlo en voz alta, son amuletos a los que estamos atribuyendo poderes mágicos. De la misma manera que una tira de papel con el nombre del espíritu adecuado nos protege del mal de ojo, llevar el nombre del modisto adecuado escrito en la corbata nos transforma en personas atractivas.
El atractivo es la clave porque si bien hay personas que se sienten cómodas entre la multitud, muchos de nosotros nos sentimos abrumados e inseguros. ¿Entre tantos otros, qué tenemos de especial?¿Qué puede hacer que se fijen en nosotros, que nos quieran, en una palabra?
Por suerte hay múltiples industrias dispuestas a proporcionarnos, por el precio adecuado, la manera de dejar de ser personas anónimas y pasar a convertirnos en los protagonistas de nuestra propia película interior. O lo que es lo mismo, todas esas cosas de las que hablaba antes no son más que sucedáneos para el amor. Pero no cualquier amor, me refiero a una de las cosas que ha hecho desgraciadas a más gente fuera de los hospitales, el amor verdadero “made in Hollywood”. (La visión edulcorada de Hollywood conforme a la cual las personas que entienden que una relación positiva es algo que tú haces y no algo que te pasa, son manipuladores y por lo tanto “malos”, ha sido una fuente de infelicidad constante para quienes han aceptado ese tipo de lavado de cerebro. Recordemos que el amor “romántico” era considerado como una forma de demencia por griegos y romanos. El mismo Ovidio que escribió El arte de amar nos advierte con socarronería que no es buena idea visitar a tu amada el día de su cumpleaños porque te va a salir muy caro).
El problema es que, como sociedad, es posible que nos hayamos metido en un callejón sin salida. La obsolescencia incorporada de los bienes no deja de ser un pilar de nuestro modelo económico (ahora llamada economía de mercado pero no hace tanto sociedad de consumo. Permítanme un ejemplo personal. Escribo este texto en un ordenador con un procesador Pentium II cuyos 233 megahercios se quedan muy atrás frente a los procesadores actuales de un gigaherzio. En alguna ocasión me han sugerido que debería actualizarme. El motivo principal seria poder utilizar los nuevos juegos de ordenador. Nadie sabe exactamente cuántos ordenadores se compran para jugar, pero lo cierto es que si nadie comprase ordenadores con ese fin. ¿Cuántos ordenadores domésticos se venderían?) y lo que es peor es posible que la propia naturaleza le haya hecho al Doctor Fausto una oferta que no podía rehusar. Existen estudios que apuntan la posibilidad de que lo que consideramos nuestro nivel de felicidad tiene bases genéticas y por lo tanto hereditario. En este sentido el neurólogo Richard Davidson, director del Laboratory for Affective Neuroscience de la Universidad de Wisconsin, (recordemos que recientemente un equipo dirigido por Cela Conde ha localizado el arrea del cortex donde reside la belleza.
Ha confirmado que tanto la felicidad como su ausencia activan zonas diferentes del cortex pre-fontral. Las buenas noticias no terminan aquí ya que al parecer estamos predispuestos genéticamente hacia las emociones positivas (Otros estudios, publicados en Scientific American, asocian la felicidad con la autoestima. Las personas que se declaran felices están satisfechas consigo mismas. ¿O es al revés?).
Pero a los pesimistas les alegrará saber que, según la sociobióloga, para la cual no hay conducta humana que no sea un resultado del juego de los genes y los memes, todos y cada uno de los elementos estudiados por Abraham Maslow es su famosa pirámide de las necesidades son en realidad mecanismos evolutivos, y de acuerdo con Robert Wrigth en The moral animal, esto garantiza que la satisfacción que reportan no sea duradera.
3. Manos a la obra
“La felicidad es una pistola caliente porque sé que cuando tengo el dedo en el gatillo nadie puede hacerme ningún daño”.
John Lennon
Y, sin embargo, persistimos en esta búsqueda porque, en realidad, no tenemos otra alternativa. La salud mental está íntimamente ligada con el hecho de que haya algo en nuestras vidas que disfrutemos haciendo. Las recetas para alcanzar la felicidad son tan variadas como autores han abordado el tema. Como escribe Manuel Rodríguez Rivero: “Unos promueven la renuncia y la moderación y, en el extremo contrario, otros claman por el goce sin freno de las cosas del mundo”.
Cualquier visita a una librería bien surtida nos permitirá descubrir bibliotecas enteras de libros que nos permiten alcanzar en cierto número de pasos (Sabes que se trata de un libro de autoayuda cuando hay un número en la portada: los tres caminos a la paz interior, los doce hábitos de la gente efectiva etc.). En realidad estos libros no ofrecen más que las ideas de los grandes pensadores pasadas por la batidora y separadas cuidadosamente de su contexto intelectual.
En semejante marasmo, es posible pasar por alto los libros verdaderamente valiosos como La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell, quien de inmediato nos da claves de actuación bastante directas: Abomina del concepto de pecado y nos remite a lo que él considera “el signo más universal y distintivo de los hombres felices: el entusiasmo.”
He aquí una pregunta que sólo tú puedes responder amable lector: ¿Es la música barroca?¿El coleccionismo de monedas?¿Los deportes de riesgo?¿Las charlas de café con personas queridas?¿El punto de cruz?¿La alfarería? ...
Sea lo que sea, el primer paso depende de ti.