La perspectiva de un ecologismo integral

 

Por Juan Ramón Sánchez Carballido


Etimológicamente vendría a significar: “Ciencia de la casa del hombre”, que se esfuerza en una reflexión sobre su objeto específico (las relaciones de los seres vivos con su medio) desprovista en lo posible de cualquier carga valorativa, cifrando su eficacia en la neutralidad axiológica. La Ecología es estadística pura, matemática, cálculo, medición y predicción lógica. Nos interpela fríamente, desde la más estricta racionalidad, advirtiendo del peligro de muerte que acecha detrás de la trasgresión de determinados límites y umbrales de permisividad en nuestra relación con el entorno. Pero deja en nuestras manos la responsabilidad de las decisiones finales: aceptar sus conclusiones o rechazarlas, haciéndolas sospechosas de exageración frente a la dimensión real del problema o de prejuicio reaccionario frente al devenir imparable del progreso tecnológico y sus retos.

La Ecología es una ciencia positiva

A diferencia de la estricta ciencia ecológica, cualquier ecologismo implicará ya una toma de postura positiva hacia los contenidos del saber ecológico y una actitud decidida a favor de la defensa y la protección de la naturaleza. En el ecologismo, indefectiblemente, aparecen factores extramatemáticos, en tanto que “filosóficos”, valorativos, morales y comportamentales. Los más extendidos, por ser los más cercanos a la Ecología científica “pura”, son los de carácter idealmente racional y pragmático. Este “ecologismo racional” tiene por objeto conformar la realidad cotidiana de la manera más coherente con las conclusiones de la ciencia (ecológica en este caso). Su gran fortuna reside en la simplicidad y contundencia de su principal argumento: en último extremo, obviar los límites de lo ecológicamente aceptable es una forma colectiva y segura de suicidio. Sin paliativos.

El hombre es el ser condenado a hacer uso del entorno

Y a extraer de sus entrañas los bienes que necesita para su supervivencia. La fragilidad de ese medio le obliga, no obstante, a una planificación racional y rigurosa de su actividad. Las grandes corporaciones y las firmas internacionales que se dedican a la explotación intensiva y ecológicamente poco razonable de los recursos del planeta no quieren ni oír hablar del tema. Naturalmente. Y se dedican a disfrutar de la ventaja que les supone un discurso ecologista racional de evidente ascendencia científica, que adolece de una serie de carencias (frialdad excesiva, evidente sesgo tecnicista, etc.) que lo invalidan para promover en las mentalidades una “vívida” y sincera movilización ecologista global. Tienen enfrente los grandes emporios petroleros y madereros a un ecologismo demasiado académico, afectado por las mismas limitaciones visibles en otros productos intelectuales derivados de la pura racionalidad práctica. Aunque nada obliga a ser tan restrictivos: los beneficios derivados de este limitado “pensamiento único” del ecologismo alcanza también a las empresas locales y a la mentalidad gárrula del pequeño contaminador-depauperador doméstico individual.

Pero junto a este ecologismo “de las cifras” (junto a él: no por encima ni en sustitución del mismo) cabe un segundo “ecologismo de las letras”, para referirnos al cual conviene usurpar el concepto de “ecologismo cultural” aunque convenientemente transformada, por completo, su definición y también su objeto. Este ecologismo segundo es, si se prefiere, una suerte de “ecologismo espiritual”, entendiendo por Espíritu ese impulso específicamente humano que tiende a dotar la realidad circundante de una dimensión más elevada, por encima de su estricta materialidad. Y desde la intuición de la Naturaleza como el ámbito tradicionalmente privilegiado para la libre expresión de tal dimensión.

El ecologismo espiritual

Está en disposición de hallar en el acervo cultural de la humanidad, construido a partir de las tradiciones étnicas particulares, una actitud de respeto, amor y devoción hacia el entorno -elemento emocional- capaz de inducir y apoyar un discurso adicional sobre la conservación y la protección ambiental –elemento racional-. Así, la leyenda, la poesía, el arte, el Espíritu en suma, nos desvelan en los albores del tercer milenio, como quizás hicieron ya en la antigüedad pagana, un modo de habitar “ecológicamente” (respetuosamente) el mundo.
Se da, pues, un ecologismo básico y racional que nos hace conscientes de la necesidad de asumir una postura decididamente conservacionista respecto al entorno natural, en pro de la supervivencia biológica en el planeta; y un ecologismo cultural o espiritual, que despierta nuestro amor hacia la tierra y la conciencia de su eventual desaparición desde una perspectiva diferente: la protección de nuestra vida anímica, de nuestra riqueza interior. Descubrir las correspondencias entre dominios aparentemente tan alejados podría redundar en una nueva oportunidad para la correcta relación del hombre con su medio sin la cuál estamos condenados bien a desaparecer, bien a dejar de soñar.

A eso lo hemos llamado “ecologismo integral”, actitud que consiste en afrontar el problema de la depauperación de la naturaleza desde todas las perspectivas y todos los ámbitos implicados, previo reconocimiento de los elementos culturales o espirituales como componentes fundamentales del hecho humano. Dice el ecologismo racional o básico que la “explotación racional” de los recursos exige la delimitación de espacios no instrumentalizables, no practicables, a modo de reservas naturales, so pena de muerte de nuestro ser biológico. El ecologismo cultural o espiritual nos advertiría de esos mismos límites pero bajo la amenaza de una muerte del Espíritu. Pero además, este segundo ecologismo nos ofrece un poder de vinculación y prescripción superior al del propio discurso técnico o racional, pues afirma conocer la manera de fundamentar con éxito el tabú positivo de la protección y conservación de la naturaleza. Expresado a través de una constante cultural que casi nos atreveríamos a considerar universal: no hay entorno mejor conservado que aquel que se tiene por mágico o por sagrado.

La cuestión mayor

¿Se puede afirmar tan abiertamente ese peligro de “muerte espiritual” a la que acabamos de referirnos? Sin duda. El título de la influyente obra de Siegmund Freud, El malestar en la cultura, se nos ha revelado como un certero diagnóstico del mal que asola nuestro tiempo. A modo de ejemplo, recientemente hemos sabido que el volumen de europeos muertos por suicidio supera al de los fallecidos en accidentes de tráfico. (Curiosa paradoja: los gobiernos que gastan ingentes cantidades de dinero en prevenir el segundo problema no pueden hacer campañas institucionales para reducir el primero, aunque resulte proporcionalmente más grave, pues esclarecer los orígenes de ese problema implica desvelar las propias condiciones del sistema sobre el que ellos, los gobernantes, se sustentan).

El suicidio es, sin lugar, a dudas la expresión más evidente de esa angustia vital, de ese profundo malestar espiritual y desencanto que se va apoderando de nuestras almas día a día. Si bien esa angustia posee una naturaleza proteica y un arranque poligénico, entre los innumerables factores que se han dado cita para su advenimiento, hay una amplio acuerdo en destacar la influencia nociva de un estilo de vida moderno entre cuyas características sobresale el progresivo alejamiento, físico y cultural-espiritual, de la Naturaleza. Ese alejamiento primigenio está en el origen del actual problema ecológico y en todas sus dimensiones, pues imprime una dinámica a la realidad que desemboca irremisiblemente en la ulterior explotación y depauperación del medio natural. En consecuencia, no parece muy osado advertir la necesidad de restablecer el doble diálogo del hombre con la Naturaleza, usando del lenguaje de lo racional, del que tanto cabe esperar al hombre moderno, y del lenguaje de lo imaginario y lo figurativo, de tan extraordinaria importancia y exitoso empleo en las llamadas sociedades tradicionales.

Los avances registrados por el ecologismo racional

Que ha sido capaz por sí mismo de despertar la conciencia ecológica en amplios sectores de la sociedad, hace que la tarea del ecologismo integral deba centrarse en el momento presente en hallar el modo de reactivar la antigua relación “poética” del hombre con el entorno. En esta batalla a vida o muerte, el ecologismo cultura le aporta la memoria tradicional, la adormecida tradición que quizás pueda pervivir aún en el seno de nuestra cultura, y el acervo de la creatividad artística. No obstante, hoy lo que en verdad se requiere es “actuar”, y hacerlo desde posiciones nuevas y ventajosas. La estrategia del ecologismo integral sólo puede ser una: conducirnos al lugar natural virgen, confrontarnos con la plena naturaleza y desencadenar allí todo nuestro poder de fabulación, nuestra fantasía, liberando espacios susceptibles de “encantamiento”, de ser “animados”, reinventados a través de la imaginación. Y retornar a la ciudad con imágenes nuevas, nuevas sensaciones y ficciones que trasladar a través de la cadena tradicional a la memoria colectiva. Restablecer –en suma- ese aludido diálogo creativo entre el hombre y el bosque. Antes que sea demasiado tarde, antes que los pensamientos y las imágenes queden definitivamente sofocados por el ruido aterrador de la motosierra. Convencernos de que el respeto creativo hacia la naturaleza nos supone una necesidad no sólo para sobrevivir biológicamente, sino también para imaginar; y que en la auténtica dimensión de lo humano, que es constitutivamente simbólica, la cercanía a la belleza natural resulta casi tan perentoria como la de respirar –salvo psicopatología inducida por la vida urbana-.

Y es que se reconoce con facilidad al Ecologista integral por el número y tenor de los relatos que lleva en su mochila.