El cambio climático y nosotros; una historia de arrogancia

 

Por José Cervera


La Tierra es un charco rocoso cubierto por un escaso hálito gaseoso. O sea, una roca cubierta por varias delgadas capas de fluidos. Llamamos clima a los fenómenos que se producen en estos fluidos, debido fundamentalmente al intercambio entre ellos de calor procedente del Sol. Los equilibrios y desequilibrios de líquidos y gases tienen gran importancia para nosotros, pequeños animales que vivimos en la superficie rocosa y podemos vernos afectados de modo drástico por los caprichos de los fluidos desbocados.

En los últimos años (1.000, 2.000) nuestro desconocimiento de los detalles de la climatología ha remitido un tanto y nuestra capacidad tecnológica se ha multiplicado. Como desconocemos un poco menos, podemos un poco más y somos la especie más arrogante del planeta (y la más dada a la autoflagelación), nos hemos empeñado en que sabemos cómo debiera ser el clima de este planeta, y somos capaces de detectar aberraciones en el tiempo. Y además en que esas normalidades de la atmósfera y el océano son culpa nuestra. Y por si fuera poco, en que vamos a arreglarlo.

Puede que sí. Y puede que no

Puede que haya un cambio climático. Aunque no está del todo claro. Parece que ese cambio pudiera ser un calentamiento global, aunque no es seguro. Tal vez ese calentamiento coincide con determinadas actividades humanas, aunque esto no significa necesariamente que sean su causa. Y no está nada claro que una decidida acción por nuestra parte pueda hacer nada por revertir este cambio. Si es que existe.

Bienvenidos a nuestra supina ignorancia sobre el clima de este nuestro planeta.

¿Qué temperatura hace?: Corregir es el problema

Ni siquiera es sencillo saber qué temperatura hace, así que detectar si cambia con el tiempo es realmente complejo. Cabría pensar que existiendo aparatos para medir la temperatura con precisión desde el siglo XV este dato será bien conocido. Pero lo cierto es que no es tan simple; medir la temperatura de un planeta no es asunto baladí. Y el resultado depende sobre todo de las correcciones.

El tiempo meteorológico es el primer factor clave. Las temperaturas no son homogéneas en un sólo punto de la Tierra, sino que varían de modo constante. La temperatura cambia de modo constante entre el día y la noche, entre el invierno y el verano, entre el valle y la montaña, entre el norte y el sur de Europa, América o Asia. Para obtener la temperatura global es necesario tomar muchas medidas de temperatura en muchos puntos diferentes a lo largo de mucho tiempo, y agrupar estadísticamente los resultados. Que, para que sean comparables, han de ser corregidos.

La consecuencia de esto es que la temperatura global es una construcción basada en determinados cálculos. Esos cálculos pueden estar equivocados, y de hecho a veces lo están.

Un ejemplo está relacionado con la expansión territorial de las ciudades en los últimos cien años, que ha hecho que estaciones de medida que empezaron muy alejadas de los centros urbanos estén ahora mucho más cerca. Y las ciudades son bien conocidas islas de calor, luego en sus proximidades la temperatura es siempre más alta de lo que correspondería. Otro, más reciente, concierne a una anomalía en los datos obtenidos por los satélites, que mostraban una extraña inversión de las tendencias de temperatura en distintas capas de la atmósfera.

Un reciente estudio ha llegado a la conclusión de que algunas de esas tendencias eran el producto de una inadecuada corrección en los datos brutos. Y hay otras fuentes de error: se sabe que la llamada curva en “J”, una de las pruebas más contundentes de la relación entre calentamiento y actividad humana, es un artefacto producto del sistema informático usado.

No existe una temperatura media única del planeta que pueda medirse directamente sin corrección. Y en la corrección y el tratamiento está el error.

Además, entendemos entre mal y fatal el comportamiento de la atmósfera y el océano. Considérese que sólo en el Pacífico conocemos las siguientes variaciones climáticas con ciclos de más de un año: la Oscilación Pacífica Decenal, que es un patrón meteorológico que se repite cada 23 años; la Oscilación Pacífica Interdecadal, que tiene un ciclo de entre 15 y 30 años, y El Niño y La Niña, que son la marca que deja en este océano un ciclo global llamado Oscilación Meridional-El Niño, con un período de entre 2 y 7 años y una duración de uno o dos años. Su poder es inmenso, y no sólo sobre la captura de los pescadores peruanos; un período “frío” en la Oscilación Pacífica Decenal frenó entre 1946 y 1976 la tendencia al calentamiento de todo el Planeta. El Niño es capaz de elevar la temperatura media del Pacífico Central en medio grado. Las consecuencias de esto repercuten desde Sudamérica hasta África, pasando por el sur de Asia. Hasta el Atlántico, que tiene sus propias oscilaciones plurianuales vinculadas con el Pacífico a través de la Oscilación Meridional-El Niño, se ve afectado.

A pesar de tantos desconocimientos, el consenso científico es que sí, que en el último siglo ha existido un rápido ascenso de la temperatura media del planeta.
Que ha pasado de estar hacia 1850, de 0,4 grados centígrados por debajo de la media del siglo XX a estar 0,4 grados por encima en los últimos años.

Un calor ridículo (pensando en el largo plazo)

La media sobre la que se hace la comparación, la temperatura media del siglo XX, se corresponde con un período inusualmente cálido si miramos a la historia reciente. Y no me refiero a la historia humana, sino a la geológica.

Desde el punto de vista de los grandes ciclos del tiempo geológico vivimos en un interglacial. Si miramos las tendencias con escala de millones de años, lo que debiera preocuparnos es la vuelta de los hielos. Desde hace 50 millones de años la temperatura de este planeta se ha ido haciendo más y más fría (e inestable); hablamos de un cambio de 20 grados en la temperatura media entre el Eoceno y la actualidad. Mirando más atrás descubrimos que en el Cretácico, hace 70 millones de años, era mucho más cálido aún. Antes hubo otros períodos glaciales, como entre el Jurásico y el Cretácico (175-110 ma), entre el Carbonífero y el Pérmico (330-270 ma) y entre el Ordovícico y el Silúrico (465-425 ma).

Pero no hace falta irse tan lejos. En los últimos tres millones de años ha habido oscilaciones brutales del clima terrestre, oscilaciones que tienden a hacerse más intensas con el tiempo según los testigos de hielo antárticos. Clima tan cálido como el actual sólo lo hemos tenido en cuatro o cinco breves períodos desde hace medio millón de años... El resto del tiempo ha sido frío, bastante más frío.

Ni siquiera si miramos desde fin de la última glaciación, hace unos 10.000-11.000 años, nos encontramos con una clara tendencia hacia e calentamiento. El llamado “óptimo climático” postglaciar se produjo entre hace 4 y 8.000 años, cuando las temperaturas medias no oscilaban en exceso sobre la media del siglo XX. Los últimos 2.000 años han sido más fríos, aunque la media actual es elevada sin sobrepasar aquellos máximos de hace 8.000 años. Entre los años 1000 y 1100 se produce el máximo del llamado Período Cálido Medieval; más tarde, entre 1600 y 1700 se produjo la Pequeña Edad del Hielo, en la que la temperatura global llegó a estar -0,8º por debajo de la media (el doble de la variación producida por el calentamiento global). Hasta principios del siglo XX la temperatura se mantiene baja; es a partir de 1950 cuando se produce un rápido ascenso hasta el actual 0,4 por encima de la media. El siglo XX empieza 0,4 grados por debajo, como había estado los dos siglos anteriores, y termina a con 0,4 grados por encima.

Todos estos cambios, excepto los de los últimos 150 años, se producen mucho antes de que tengamos capacidad tecnológica real para influir sobre el clima.
Nadie ha propuesto que la Humanidad provocase el Período Cálido Medieval, la última vez que la temperatura media alcanzó los niveles actuales.

La cura de la arrogancia

No podemos evitarlo; en el fondo todos nos utilizamos a nosotros mismos como medida de todas las cosas. Eso quiere decir que contemplamos el clima desde nuestra escala: como máximo en tamaños de unos pocos kilómetros y en lapsos temporales de unos pocos decenios. Pero las cosas no son tan sencillas.

El clima de todo el planeta está interrelacionado, no sólo a través del aire, sino (sobre todo) del mar. Un complejo lazo de corrientes oceánicas se encarga de transportar calor desde las zonas tropicales del Atlántico hacia el norte de Europa; desde las costas canadienses del Pacífico hacia Australia, y desde el Índico hacia el Atlántico Sur. Al mismo tiempo, corrientes profundas recorren el Atlántico de norte a sur, circunnavegan la Antártida y llevan agua fría y enriquecida en nutrientes al Índico y al Pacífico Norte. Este sistema de cinta transportadora tiene más importancia en el clima mundial que cualquier otro fenómeno, aparte de los ciclos de intensidad de la radiación solar, y sin embargo es casi invisible por su gigantesca escala. Los mamíferos encontramos complicado visualizar estructuras de decenas de miles de kilómetros.

Lo mismo nos ocurre con el tiempo. Nuestra experiencia directa se resume en pocos decenios; nuestro natural proceso de maduración nos lleva casi siempre a recordar cualquier cambio como negativo. Nos resulta imposible, en ausencia de registros, conocer las temperaturas de antaño. Los registros apenas penetran en el pasado poco más de un siglo con algo de precisión. Otras evidencias, como los testigos de hielo antárticos, nos dan registros geográficamente muy limitados e influenciados por las condiciones locales.

Es decir, que es complicado saber con exactitud si la Tierra se está calentando o si ese calentamiento es significativo. Mucho más complicado aún es asegurar que ese presunto calentamiento es culpa nuestra.

Como hemos visto, el clima ha sufrido importantes oscilaciones de modo espontáneo, mucho mayores que el aumento del último siglo. Las razones de estos cambios son múltiples; variaciones en la intensidad de la radiación solar, los efectos del acoplamiento entre precesión y rotación de la órbita terrestre (ciclos de Milankovitch), cambios en la circulación oceánica por la deriva continental... De hecho él último millón de años ha sido un período excepcionalmente inestable; mucho antes de nuestra intervención el clima ha estado dando bandazos espectaculares. Los más llamativos los llamamos glaciaciones.

Estamos convencidos de que a lo largo del pasado siglo se ha producido un aumento de la temperatura global. Estamos también convencidos de que ese aumento es significativo. Sabemos asimismo que el porcentaje de dióxido de carbono en la atmósfera, un conocido gas de Efecto Invernadero capaz de atrapar calor, ha crecido durante el mismo período. De las 280 partes por millón (en volumen) de 1800 se ha pasado a unas 367 en el 2000. Una buena parte si no todo ese incremento se debe, sin duda, a nuestra voracidad a la hora de quemar combustibles orgánicos; cada año lanzamos a la atmósfera 22.000 millones de toneladas de CO2 y otros gases con capacidad de invernadero. El paralelismo entre ambos aumentos, de temperatura y de concentración de CO2, es sugestivo.
Sin duda sería imprudente por nuestra parte no considerar la posibilidad de que nuestras actividades estén causando semejante cambio. Sobre todo cuando somos los que más tenemos que perder.

Son nuestras ciudades e islas las que quedarán bajo el agua si se derriten los polos. Son nuestras riquezas las que quedarán destruidas si se incrementa el número y la severidad de los huracanes. Son nuestras economías las que sufrirán si los cinturones desérticos se expanden, y se reducen las áreas aptas para el cultivo de alimentos. Así que la prudencia es de recibo.

Ahora bien; una letal combinación entre nuestra arrogancia y nuestro sentido de culpa puede estarnos cegando ante las verdaderas dimensiones del problema.
Queremos pensar que el calentamiento global es cosa nuestra, en parte porque queremos pensar que nuestro inadecuado comportamiento está siendo castigado, en parte porque nos creemos lo bastante poderosos como para cambiar hasta el clima y, en parte, porque queremos creer que está en nuestra mano hacer algo para resolverlo. Si nosotros lo hemos roto, pensamos, quizá podamos arreglarlo...

¿Qué ocurre si el cambio que estamos presenciando nada tiene que ver con nosotros? ¿Qué pasa si nada de lo que hagamos puede ralentizarlo o detenerlo? ¿Qué ocurre si nuestra poderosa tecnología es incapaz de modificar el clima, ni para bien ni para mal? Tal vez acabemos descubriendo que nos creemos mucho más de lo que somos; que sabemos mucho menos de lo que pensamos; que somos mucho más víctimas que culpables. El Universo es una gran cura para la arrogancia.
Esperemos que no mate al paciente.