EL CAMINO DE SANTIAGO

 

Por Marta Herrero Gil

El camino de Santiago no es la línea recta que separa un origen (tu casa) de un destino (Compostela). Tampoco se trata de una espiral, aunque su cara externa esté majestuosamente simplificada en el juego de la oca. El camino de Santiago es un poliedro de cristal. El sol se refleja tan nítidamente en él que los límites y las formas que hacen de ti y del mundo dos realidades separadas se convierten en arco-iris. A cada persona un color; a cada ampolla un alma; a cada mota de polvo un milagro.frica es, se dice, la abuela de Europa.

Desde el momento en que de ella partieron las siete Evas de las que procederían todos los europeos. Certezas o sospechas paleoantropológicas aparte, África es también una de las más importantes reservas musicales de la humanidad. Así, al menos, lo cree Thomas Daddesio, que cada año lleva a Papa Susso, el gran griot de Ghana, a dar un concierto a la Universidad de Slippery Rock (Pennsylvania).

Caminar hacia Santiago es vivir tu vida abreviadamente

Recapitularás tu pasado, aprenderás la muerte para darle paz a tu futuro y vivirás con tanto entusiasmo el presente que los tiempos se confundirán porque en realidad no existen y la libertad y el destino serán una misma cosa.

Caminante, sólo hay camino.

Puedes ponerle nombre al impulso que te lleva a iniciarlo. Si te gusta la competición, dirás que es deportivo; si estás estresado, buscarás un poco de calma; si eres curioso querrás visitar sus iglesias; si esotérico, sus misterios. Si eres católico marcharás a encontrar al santo. Si tienes miedo a la soledad, irás acompañado, y si tienes miedo a la compañía preferirás caminar solo. Si tienes tiempo, querrás ir andando. Si no, lo harás en bicicleta.

Lo que te ponga en pie depende de tu experiencia pasada; lo que te haga llegar hasta el fin depende de lo abiertos que lleves los ojos.

Cuanto menos peso en la mochila, mejor

La cartografía de la Europa medieval es un sistema circulatorio completo con miras a Compostela. En aquella época los peregrinos iniciaban el camino en la puerta de su casa y dibujaban un itinerario irrepetible. Hoy se han recuperado las rutas más significativas. El camino francés (desde Roncesvalles o Somport hasta Puente la Reina y desde allí a Santiago) es el más concurrido. El acondicionamiento de la ruta es excelente y en muchas de sus zonas (por iniciativa la mayoría de las veces de las asociaciones de Amigos del Camino o de los párrocos de algunos pueblos) se está recuperando una concepción de la hospitalidad que escarba en nuestras entrañas y, frente a la violencia de nuestra sociedad, nos deja primero sorprendidos y luego reconocidos, abandonados a la existencia.

Caminar hacia Santiago desde la frontera francesa perfila un recorrido heterogéneo. Quienes conocen bien las etapas dicen que sus tramos son metáforas de nuestras edades: el peregrino nace en las dificultades de una primera jornada pirenaica que une el pueblo francés de Saint-Jean-Pied-de-Port con el mítico Roncesvalles; la infancia y la juventud son Navarra (o Aragón) y Logroño; la madurez es Castilla; la vejez es Galicia.
Go west

Seguirás la estela de la Vía Láctea, el trayecto del sol y el movimiento esencial de la Historia de la humanidad. Los celtas, nómadas por vocación, peregrinos de la muerte, supieron desde siempre que en este recorrido pasaba algo. No en vano conducía hasta el fin del mundo.

El cristianismo engalanó con nombres, templos e historia a uno de los ejemplos más extraordinarios (lo dice Sánchez Dragó) de sincretismo religioso. Tanto que ha sobrevivido a la Europa posmoderna y emerge hoy con fuerza como una posibilidad única (y cercana, y barata, y no tan peligrosa como antaño) de sintetizar la naturaleza con la historia, las ilusiones de tiempos nuevos con la tradición, los sueños con la vida real. Un auténtico viaje iniciático.

Te pones en marcha. Los pies en el suelo. Los primeros días intentas adaptar tu mente a la rutina del camino, pones todo tu empeño en visitar monumentos y disfrutar de los bellos paisajes, pero lo cierto es que sólo existe el dolor. Tienes los pies llenos de ampollas y las piernas no descansan ni cuando las pones en remojo. La vida se simplifica y tu mente se dedica a asistir a tu cuerpo. Nada más.

Cuando llegas a Pamplona o a Logroño ya has entrado físicamente en el camino. Las ampollas se han encallado y la mochila se confunde con tu espalda. Puede que para entonces ya hayas empezado a notar cosas raras: casualidades que reproducen el desarrollo de tu vida. Tus amigos se presentan en el camino con otros rostros, tus familiares te salen al encuentro, tus principales miedos te hacen caminar hacia atrás o querer llegar demasiado pronto. Casualidades, dirás, pero será tu mente quien hable. Tu corazón simplemente estará en vilo.

Como en el juego de la oca, el camino se llenará de posadas, puentes y pozos. Castilla es tierra dura. Un día te despertarás de madrugada y la ventana del refugio estará apuntando directamente al lucero del alba: Venus. Observarás la vieira que colgaste en la mochila y la asociarás con extrañeza a la concha de la que nació la diosa, no sin antes confundir el logotipo del camino de Santiago con la palma de tu mano o la palma de un palmípedo (la oca lo es) o la representación esquemática del sol y sus rayos. Todos están susurrando lo mismo: ábrete. La vida es algo inmenso. Florece.

Hacia la puesta de sol. Go west. ¿Y qué tiene que ver tanto misterio simbólico con la sencilla vida del camino? El esoterismo de las sociedades secretas que protagonizan los bestsellers de la actualidad editorial frente al esoterismo de los campos de Castilla. Tú decides.

Las grandes ciudades te alejarán de la maravilla por acercarte al ruido. Sus habitantes te mirarán a los ojos para absorber la paz que desprendes y responderás con una sonrisa. Ojala pudieran saber lo que tú estás aprendiendo: que los demás también son tú, que no estamos solos y que todo tiene sentido.

El camino te pondrá a prueba

Te arrojará tus miedos de miles de formas distintas, te enviará historias de amor, hará reales tus sueños. Él no se parará y tú siempre estarás caminando. Descubrirás lo que eres y te gustará. Llegarás a las templarias tierras de León silbando. El paisaje se convertirá en maravilla justo cuando te hagas consciente de ella. En Foncebadón encontrarás perros, en Manjarín te saludará una oca. Y entre los dos pueblos abandonados, la Cruz de Hierro.

Te adentrarás en Galicia con aire casi nostálgico. Es la vejez del camino. Prados verdes, aldeas llenas de vacas y de charcos, devotos con prisas y hombres y mujeres con sombrilla. Te acercarás a Santiago con tristeza, sustituyendo el gozo del monte que precede a la ciudad por una agonía antesala de la muerte porque te gustaría seguir caminando toda la vida. Para entonces, todo cuadra. Ya sabes que cuando te dejas llevar por el camino la vida se convierte en una danza donde libertad y destino bailan emparejados. Ya conoces la realidad: es mágica.

Comprenderás, y lo dirás cuando regreses, que la sociedad que hemos construido no tiene nada que ver con lo que nosotros somos. Casi sin darte cuenta, caminar hacia Santiago se habrá convertido en un desafío a la modernidad occidental, a ese mundo entre ñoño y cruel que ha emergido del materialismo y del imperio de lo virtual. Habrás entrado en el lenguaje paradójico, estarás percibiendo la posibilidad de un mundo nuevo mientras marchas hacia el núcleo de la tradición. Europa se hizo, lo dijo Goethe, caminando hacia Santiago.
Y llegarás…

… Llegarás al destino de la aventura según el cristianismo, el lugar donde se encuentra el sepulcro del apóstol que estuvo evangelizando Hispania, que fue decapitado en Jerusalén y cuyos restos llegaron, protegidos por sus discípulos Atanasio y Teodoro y por un montón de milagros, hasta un campo donde cayeron, una noche del siglo IX, un montón de estrellas. Campus stellae.
Servida está la leyenda y con ella las disputas historiográficas.

Te adentrarás en las calles buscando la catedral. No importa por qué puerta entres, te emocionarás de igual modo. Cuando te pongas en la cola para abrazar el busto del santo alguien te dirá que quizá no sean sus restos los que yacen en el sepulcro. También lo dijo Unamuno, y Sánchez Albornoz, y Sánchez Dragó: puede que tomaran por Santiago a un tal Prisciliano, un gnóstico gallego del siglo IV que fue condenado en Tréveris a pena capital por brujería y promiscuidad y cuyos discípulos pudieron emprender con sus restos el recorrido del actual camino para devolverlos a su tierra natal. Incluso es posible que los huesos pertenezcan a un perro.

Quizá tomes partido. Quizá no. El asunto en sí, dice Dragó, jamás importa. Cuando el botafumeiro se eche a volar a ti te habrán salido alas, mirarás a los ojos de tus compañeros de viaje y obtendrás una certeza que ya nunca se borrará de tu vida. Santiago, Prisciliano, un perro, incluso el Dios Lug: todos caben en Compostela. Son sólo nombres, categorías en las que se encierra el mundo, simplificaciones de ese poliedro de cristal que es la vida y es el camino.
Una maravilla

Por eso, porque la intuición no está hecha de palabras, si caminas con conciencia (y con tiempo, y con pocas llagas en los pies) sentirás la necesidad de seguir un poco más allá, de comprender la muerte y de ese modo catapultar la vida, de dejar de tener miedo para poder amar el mundo, de decirle adiós a los nombres y adentrarte en el silencio.

Y el silencio está sólo tres jornadas más allá, junto al mar, calma, una maravillosa puesta de sol; el hermoso jardín de las ocas al que todos llegan al acabar el juego; allá donde siempre se acabó el mundo.

¿Habremos de lanzarnos a volar desde el acantilado?
Sino estelas en la mar.
Dijo el poeta.