LA BONDAD (LA INTELIGENCIA)

 

Por Marta Herrero Gil
martahegil@yahoo.es


Ando buscando estos días la bondad por la ciudad. He escrutado su rastro en los ojos de los niños, he hallado su huella en una caricia. Puedo encontrarla en el vuelo de una mosca y al escribir sobre ella. Lo que menos soportaba Francisco de Asís eran los leprosos. Un día besó a uno y se le encendió el corazón.

Qué extraña cosa ésa de la bondad. El Principito era fiel a una flor y eso valía para que sus ojos parecieran lámparas y apareciera una fuente en el desierto. Si alguien le preguntó alguna vez a Teresa de Calcuta si era buena posiblemente respondiera que simplemente le dolía el dolor. Hay a quienes la bondad les sale por los ojos. Tan colmados están de ver el sol cada mañana que les rebosa la alegría y necesitan esparcirla como la primavera.

La bondad está en todas partes y no la vemos. La exigimos y al venir la rechazamos, incapaces de asumir que viene gratis, como la vida. Todos la hemos tocado alguna vez, pero generalmente en destellos. El que vive con ella es porque la recibe, y el que no se la niega a sí mismo. “Lo que das, te lo das; lo que no das, te lo quitas”, dice Jodorowsky.

La falta de bondad es siempre resistencia. Reducción de la realidad más amplia a nuestro sistema de muros, razones y contradicciones. La sometemos a las leyes de la dialéctica sólo para no ser felices.
Profundicemos en algunos de los “tópicos” que se dicen:

La bondad ha de verse en los actos.
Lo que no sea donar la herencia a una ONG o marchar a África a combatir la pobreza nos parece minucia o hipocresía. Cierto que los grandes actos nos reflejan la bondad cristalina y nos tambalean por dentro, pero ella implica algo más, una unidad profunda entre nuestro sentir y nuestro actuar, entre el ser de uno y el ser del mundo. “Darse a sí mismo es mejor que dar sólo algunas cosas”, decía la de Calcuta. Cualquier lugar y tiempo es bueno. Dicen que San Francisco tenía los ojos tan vivos que el mundo parecía más cálido en su presencia. Cambiar los ojos, eso basta.

La bondad es lo opuesto a la maldad

Aquí llegan nuestros juegos dialécticos. El maniqueísmo iraní antiguo defendió esta dicotomía como fundamento del cosmos y la perpetuó. El puritanismo y la sociedad moderna, que confundieron la bondad del alma con la moral de las costumbres, la ahogaron en un baile de leyes y disimulos. Disney y Hollywood se hicieron maniqueos para enseñarnos el camino recto. Pero como el lado oscuro del pecado también tiene su hueco en nuestra naturaleza y los buenos siempre son Blancanieves, un cervatillo desvalido o Brad Pitt, es decir, seres inalcanzables, las simpatías empezaron a invertirse. Ahora es el antihéroe, el ogro feo que hace velas con la cera de sus oídos (Shrek), quien despierta nuestra ternura.

La moral ahoga a la bondad porque es norma y la bondad destello; la moral nos encarcela y la bondad es bosque de hayas dibujado sobre una alfombra de seda que revolotea al ritmo de una flauta mágica. La maldad está pero la bondad es, la bondad reconoce a la maldad en su seno. Es polilla, límites humanos y hasta el dolor cuando más duele. Los seres humanos, capaces de todo, sólo nos completamos con la bondad. Patronio le cuenta una historia al Conde Lucanor: a una mujer se la reparten el bien (de cintura para arriba) y el mal (de cintura para abajo). Y cuando se queda embarazada no puede amamantar a su hijo hasta que el mal reconoce que el bien es más grande que él. Nosotros inventamos las oposiciones.

La bondad es una estupidez

Imaginamos al compañero de trabajo que siempre nos cambia el turno de sábado, al empollón de la clase que nos deja los apuntes aun a riesgo de no volver a verlos o al que pone la otra mejilla y luego también el ojo y el bazo y hasta el corazón. La bondad a veces nos parece ingenua, estúpida. Ya madurarás, nos dicen los mayores. Esos que, como diría el Principito, han creado los números, los relojes y los reinados para no cuidar flores.

La sociedad actual ha hecho de nuestras relaciones un juego de engaños y ahora no nos soportamos a nosotros mismos. ¿Dónde está la estupidez?
Porque un acto de bondad te devuelve el bosque al que viajabas cuando niño. Los grandes genios, que hacen o piensan lo que nadie hace o piensa, saben que sólo hay una meta más deseable que la genialidad: la santidad. En algunos la bondad es gracia. Pero casi siempre te encuentra si estás atento, requiere de todos tus sentidos, de tu razón y sobre todo de tu corazón. Es la gran búsqueda. La bondad se nos oculta con mil velos de seda mientras nos envuelve de seda.

La bondad es contraria al egoísmo

Se nos tambalean los sueños sólo de pensarlo: el chalet en la playa, el triunfo social, el hijo futbolista. Y la envidia al vecino con el chalet más grande, y la sensación de fracaso cuando los planes no llegan.

Qué terrible es la sociedad definida como una jauría de lobos reunidos (Hobbes). Qué infierno metido en una caracola. Nos negamos la bondad y como es la principal cualidad de la realidad nos inventamos las ideologías.
Los científicos sociales han dividido el mundo entre los que tienen el poder y los que lo sufren. Todo se llena de violencia en el siglo XX. Las identidades chocan entre sí. Las caracolas son de piedra dura y hacen carambola. También el mago negro de “El Señor de los Anillos” le dijo al mago blanco cómo se le cerraba la puerta a la bondad: el ansia de poder la neutraliza.

Pero la bondad es paciente. Ella siempre aguarda al otro lado del caparazón. Con sólo asomar un poco las antenas, la sientes. Por perderla, la vida, la ganas. Le entregas tu ombligo a alguien y al sentir su corazón se te abre el firmamento.
La bondad es la vocación más feliz, el éxito mayor, la realización más plena porque es la de todos. ¿O es que Francisco besó al leproso en un acto de masoquismo? Si la bondad no diera felicidad, no existiría. Al caracol le salen dos alas, revolotea entre las pupilas, y va dibujando sonrisas.

La bondad deja de existir con el relativismo

Los teólogos contemplan con horror cómo el relativismo pone en duda la existencia de una bondad objetiva, externa, y la niega. Los pensadores posmodernos defienden su subjetividad porque los poseedores de la bondad oficial han monopolizado el concepto y lo han echado a perder.
Cómo juega la bondad con quienes se empeñan en definirla. El todo vale surge en el punto donde la razón se autodestruye. Pero la bondad es amor. Ella entiende de estrellas, del corazón humano y del canto del pájaro. Es sujeto y objeto, está en los ojos y en los actos. “El único Dios es el Amor y la Bondad es su profeta” ha escrito Javier Esteban. La bondad es a la vez aceptación y operación alquímica. Yo no decido lo que es bueno y lo que es malo ni si lo será para siempre; pero cuando la bondad llega, lo sé.

¿Cómo vivir la bondad?

La bondad nos nombra alquimistas del espíritu. Restauremos sus colores con brillos nuevos, pintemos nuestros ojos de alegría. Acariciemos.
Porque, ¿más allá del poder no está el amor? ¿No es la historia de la humanidad también una búsqueda de la bondad? ¿Por qué no puede ser bueno que dos mujeres se amen? ¿Y ser para bien todo lo que nos ocurre? Y bondad hasta en el dolor. Tierna y dulce en una tarde de otoño puede también posarse sobre la melancolía. Donde resuena tu corazón, allí está. En el dedo meñique de quien vela por tus sueños.

Porque la bondad es frágil como el Principito y es la Fuerza. Es la luciérnaga y la polilla, el océano y la lágrima. Tan bella, que amamanta cada segundo de cada vida.

El último párrafo es de Vicente Ferrer: “La vida es como un tapiz que con tus actos vas tejiendo día a día. Al final te gustará o no, pero tú sólo ves una cara del tapiz. Si le das la vuelta te encontrarás con que una mano invisible ha repetido por detrás las mismas hiladas pero lo ha hecho con hilos de oro. Dios no piensa como los hombres piensan (…). Cuando me preguntan ¿cree usted en el cielo?, respondo: si Dios quiere el cielo, yo también. Y lo mismo digo con el infierno y con el karma, la reencarnación… Si Dios lo quiere yo también y si no lo quiere yo tampoco. Se trata, a fin de cuentas, de una entrega sin límites a la bondad última. Es entonces cuando todo se ordena en sí mismo y la paz se establece en toda la vida”.

Porque la bondad, como la poesía, también eres tú.