La historia es la memoria de la sociedad. Y la memoria, si somos un poco honestos con nosotros mismos o hemos visto alguna vez una película de juicios, nos engaña. Incluso cuando creemos recordar con exactitud y sin prejuicios erramos por mucho, recordando una versión de la realidad muy diferente de lo ocurrido de veras. Mucho peor es el problema cuando la memoria es colectiva, porque siempre hay quien quiere utilizarla como arma. Y lo hace.
Consideramos, sin prueba alguna, que algo que tiene antecedentes, que tiene historia, es superior a algo que no la tiene. Consideramos el pasado como una guía, como un respaldo del presente, como una señal que marca el camino del futuro. Si determinados pueblos, con los que nos identificamos (porque queremos heredar su aura) vivieron en determinada zona, entonces la entidad política en que vivimos tiene más o menos derechos. Si nuestros antepasados están enterrados en un pedazo concreto de tierra, nos arrogamos su propiedad.
Aun si todo ello fuera cierto y comprobado nada hay en los antecedentes que necesariamente los haga títulos de propiedad. El pasado se utiliza en el presente para manipular, para exigir, para amenazar; dando por supuesto que el pasado marca el presente. Pero además si la memoria personal es volátil y poco de fiar, los registros históricos son siempre un hatajo de mentiras. Mentiras entonces, parea satisfacer deseos y banderías de antaño. Y mentiras de ahora, para acomodar teorías, escuelas y reivindicaciones políticas de hoy.
La historia, como la memoria, es mucho más confusa, variable y gris. Las gentes no se consideraban a sí mismos dentro de los grupos en los que hoy los incluimos, ni se acogían a las estructuras que reconocemos nosotros. Sus vidas eran complicadas, sin planificación ni esquema, cambiantes. Se mudaban, enviudaban, volvían a casarse con gentes de otros pueblos, emigraban, morían. Los reyes y potentados se buscaban la vida para intentar imponer orden en el caos, y luego pagaban a historiadores para crearles, también a ellos, una historia a medida; una justificación. Que hoy tomamos como más cercana a la verdad, sin que tenga por qué serlo.
Nuestra memoria personal nos hace trampas, y también las historias sociales las hacen. Favoreciendo siempre al grupo que domina, los intereses que prevalecen, el pueblo que la crea; simplificando, mejorando y, sobre todo, olvidando episodios embarazosos; reinterpretando situaciones con los ojos y sentimientos de hoy. La historia es, en el mejor de los casos, una cómoda falsificación. En el peor, un garrote. Tómese siempre con un poco de seltz.
Enlaces:
Test de memoria
http://www.psicoactiva.com/tests/memor.htm