OPINIÓN




FRANCISCO J. SANTOS











NACIONALISMO BENETTON

"Bajo la apariencia de un afuera imaginado, tejen de nuevo la trama de la interioridad"- Foucault.

Caminaba por un bosque que no era un bosque, sino un PARQUE PROTEGIDO, a esa hora de la tarde en que una niebla escéptica lo deja todo en suspenso. Perdido andaba en nebulosa, a solas con migo mismo que no soy sino un YO PROTEGIDO como el parque. "Protegido" significa que hay clavados, en el parque y en mí, carteles de "no pisar" y señales de prohibido (prohibido preguntarse si eres ese que dicen que eres; prohibido preguntarse si deseas eso que dicen que deseas...). Quiso el azar que a mis pies se ofreciera, roja como los labios de Dionisos, una amanita que engullí al momento. Y en ese instante saltó de detrás de un árbol uno que iba y venía agitadamente, como el conejo blanco del País de las Maravillas, sujetándose con ambas manos la chapela para que no quedara al descubierto su dura calva ganadera. "¡Oliviero! ¡Oliviero!..." gritaba sin detenerse en sitio alguno, mientras yo lo contemplaba incapaz de discernir si era aquello alucinación psicotrópica o tangible realidad. Sin tiempo para dirimir mis dudas, alguien más saltó de detrás de un tronco; éste, ataviado con una gaita desinflada y zuecos de madera de castaño. "¡Oliviero! ¡Oliviero!...", clamaba también, si cabe más nervioso que el primero. Aún restaban por mostrarse un tercero y un cuarto, y siempre alguno más, ataviados todos de manera singular y folclórica (uno de ellos, por cierto, vestía de torero y portaba el bombo de Manolo). Todos delante de mí circulaban sin rumbo, y cuando chocaban entre sí daban saltitos y exclamaban: "¡no me oprimas! ¡no me oprimas!...".

Al fin se fueron. Y pude recoger del suelo un recorte de periódico en el que se informaba del divorcio de la factoría Benetton con su polémico publicista Oliviero Toscani. El Oliviero que buscaban aquellos, sin duda reclamando sus servicios, debía de ser este mismo, el responsable de las campañas mundiales de Benetton bajo el lema "united colors". Al amparo de tan humanista reivindicación de "la diferencia", se había gestado durante años una efectiva publicidad que multiplicó las ventas de la empresa. La "diferencia" así mercantilizada había sido otra falsa máscara de la representación, una legitimación "solidaria" del mito de la identidad (o de las identidades) monolítica.

"¡Ay de quien convierte la diferencia en bandera de <<su>> identidad!", me susurró una voz dulce y terrible. Al volverme contemplé a un danzante desnudo que me ofrecía otra seta. Y dancé con él.

©  Francisco Javier Santos

 

 

 


EL BUZO

La gran centrifugadora, el ser parmenideo devenido bola de cristal por mediación de los electroduendes, no discierne entre la sodomización de un niño y el nuevo ambientador con brisa marina; entre la caza del checheno y el penalti que no quiso ver el árbitro; entre las cigüeñas negras y la tasa de abortos en Chernovil; entre el silencio de Doñana y la circunvalación del planeta en globo. El espejo cóncavo de Valle-Inclán se nos pega demasiado a las narices como para que reconozcamos nuestro reflejo esperpéntico, reflejo con el que más bien nos hemos fundido. Somos una imagen entre imágenes, sin más ni menos valor que la del Che con boina de nuestras camisetas made in Taiwan.

Este universo virtual de reflejos, superficie especular de un lago hechizado, sólo se torna comprensible acudiendo a la ciencia extraterrestre de Frank G. Rubio (probad a leer sus columnas al revés) o zambulléndonos en el agua, atravesando la superficie mediática que quieren hacer pasar por fondo. Albiac es uno de esos buzos que tienen el valor (porque hay que tenerlo) de arrojarse a lo profundo de las cosas, de rasgar con un NO afilado la sedosa cortina del estado del bienestar, ese mundo unidimensional y afirmativo que denunció Marcuse. Después de luchar contra las gélidas corrientes y ver la basura allá amontonada, en el cieno, junto a cadáveres de los que alguien se deshizo, el buzo regresa a nuestra superficie dominical para introducir un NO particular donde se nos adiestra para el SI colectivo. El buzo es un testigo solitario que, aunque no pueda compartir su escafandra, sí comparte sus visiones subacuáticas. Mas a ciertas profundidades, y por experto que sea, alguna vez le vence el síndrome de la "borrachera". Albiac ha arremetido en "El Mundo" (su mundo) contra los estudiantes que, en estos días, combaten la privatización de la enseñanza. Aboga a contracorriente (a corriente del neoliberalismo) por la universidad privada, alucinando paralogismos provocados por una condensación de aire académico en sus bombonas. Pudiera ser la causa el no haber revisado su equipo desde Mayo del ´68...

Siendo un gran maestro (de la universidad pública) y un minucioso artesano de la palabra, no descubro nada nuevo, en ocasiones Albiac recuerda a aquel buzo descolocado que un hidroavión del cuerpo de bomberos, según cuentan, descargó sobre la copa de un pino en llamas.

© Francisco Javier Santos

 

 



EL SUEÑO DE LA RAZÓN...

"El sueño de la razón produce monstruos"... y los monstruos de la razón, cuando sueñan ellas, llevan medias tan elásticas como la "moral" de los ejecutivos. Ellas son las mujeres de hoy que ya no quieren parecerse a las de ayer: gordas y desarregladas vecinas del quinto. Las mujeres de hoy, las que razonan, cuando sueñan engendran un ejército de liberadísimas Ally McBeal (cruce tele-yanqui de "trepa" juvenil y Matahari anoréxica).

Los hombres decaemos en amos del mando mientras ellas se adueñan incluso de nuestro miembro; del automóvil, me refiero. A ver qué conductor, como no sea el chófer de Manzano, grita aquello de: ¡mujer tenías que ser!, y puede contarlo. Ellas conducen mejor y mejores coches. Las mujeres ya son como los hombres, y la clave de este "como" es que no expresa ninguna relación de igualdad, sino de superioridad arquetípica por su parte: las mujeres, hoy, no son sino hombres eficientes. Los machos, mientras, cantamos en la ducha: "Yo quiero ser una chica Almodóvar...", a lo Sabina.

Qué éxito para ellas ser como ellos, si ellos no fueran (fuéramos) gilipollas. No recoge nuestro diccionario voz más contemporáneamente viril que ésta. La raíz árabe de "gilí" (yihil: aturdido, bobo) entronca al gilipollas con el idiota, de quien María Zambrano cuenta que "no apetece ni espera nada, por haber perdido todo apetito", añadiendo además que "anda siempre errante, el idiota... Privado de pretensión". María Zambrano aun escribe "el" idiota, en masculino, porque ella misma no lo es. Hoy por fin las mujeres se han ganado el privilegio de ser igual de idiotas que nosotros, y los sustantivos masculinos del castellano levantan la sospecha de reminiscencias paleolíticas, palabras-bomba de nuestro terrorismo machista idiomático.

Ellas tienen razón. Pero esa razón que combativamente ondean como bandera de su lucha es la misma razón gris heredada de nosotros, la razón del trabajador, figura humana (y deshumanizada) que Jünger columbró como la más adecuada al fin de la historia. Traicionera bandera la de la razón productiva y consumista en la que nos refugiamos hormiguitas sin rostro ni sexo, intercambiables, con vidas que transcurren del trabajo a la gimnasia de mantenimiento (o a los abrevaderos de los fines de semana). Cualquier otra pretensión es irrelevante para el/la (ahora sí) idiota, tan feliz en su noria invisible. "Sin pretensiones...", decía Zambrano. En este contexto, estorban las diferencias entre el rosa y el azul. A algunas mujeres de hoy la menstruación se les debe antojar tan monstruosa como a algunos hombres de ayer.

© Francisco Javier Santos




EL CENTRO CENTRÍPETO

El centro no ha precisado "ganarse" los votos para lograr mayoría absoluta: nos ha abocado a ella. La gaviota gore de Génova nos sobrevuela en círculos como un buitre que avistara el cuerpo descompuesto de la política. El providencial "giro al centro" que describe en su vuelo marca el camino ineludible hacia un centro místico, alfa y omega del giro hacia sí. Cegadora ingenuidad seguir creyendo que nuestro "centrismo" se defina por la tendencia al justo medio entre dos extremos relativos: gigantes y cabezudos de cartón piedra. El centro hacia el que todos giramos en remolino no se define ya con relación a nada: él es la nada que se extiende asolando cualquier posición externa. "Algunos hasta se han tirado dentro intencionadamente, al ver que la nada se les acercaba demasiado", relata estremecido uno de los perplejos habitantes de Fantasía.

El centro hacia el que giramos en vertiginosa aceleración es un punto de fuerza centrípeta, inextensional, vacío y vaciador de contenido; un agujero negro de la política (y algo más) que absorbe las luces de las ideas. No hay lugar más allá de este no-lugar imantado, este ombligo de un Saturno hambriento que al no encontrar más hijos ha comenzado a devorarse a sí mismo. Eso que algunos llaman "transición" no es sino el Big Bang político del inexorable bucle espiral, galáctico, del giro al centro. La "transición" nunca fue el plácido reencuentro entre dos bandos enfrentados, sino la disolución de uno y otro en el fluido neoliberal de los nuevos tiempos. Que media España haya adoptado como primer mandamiento el "giro al centro", y no así la otra media, se reduce a un problema de evangelización (por fortuna el apóstol Gates ha informatizado el asunto). Los Anguita antediluvianos y cardíacos que aún resisten, lo hacen al más puro estilo mozambiqueño: encaramados a un árbol ideológico aislado, rodeados por las cenagosas aguas del mercado mundial. Y esas aguas no cesan de arremolinarse hacia un centro que se ha tragado incluso el árbol de Guernica.

Hoy la alternativa política sólo se deja comprender como apuesta entre los dos posibles sentidos del giro. Y un movimiento espiral se define porque, de vueltas a derechas o a izquierdas, su dirección no varía: el centro, este centro. No caben los movimientos tangenciales, ni más impulso centrífugo que el que aleja las sondas de la NASA fuera de nuestra órbita. Los millones que han votado a Aznar, o a cualquier otro, son náufragos arrastrados por la corriente con el privilegio de arrojar un mensaje en el interior de sus botellitas electorales. Inútil dar brazadas; vano esfuerzo intercambiar aguadillas... Ducunt volentem fata, nolentem trahunt.

© Francisco Javier Santos



PERDÓN CRISTIANO

Hace pocas semanas, y con motivo del cuarto centenario de su quema en el campo dei fiore, Juan Pablo II ha decidido levantar la mano -contra el parkinson y contra los cuatrocientos años transcurridos- para perdonar a Giordano Bruno. Al fin y al cabo, en la era del internet y las telecomunicaciones, ¿quién negaría la posibilidad de un contacto directo con Dios? Nuestro Papa, más papista que sí mismo, asume ejemplarmente los valores de la democracia (cosa natural si tomamos en serio las enseñanzas de Nietzsche) reducidos hoy en día a eso de que todas las opiniones son respetables. ¡Y queda tan feo quemar a alguien por sus opiniones! Hoy se estila más el perdón (hasta el padrecito del killer Busch que aspira a la presidencia pidió perdón por la "inevitable" masacre del golfo pérsico). Si al Papa le fuera posible el milagro, resucitaría a Bruno sólo para perdonarle: "levántate, Giordano, y anda, que te perdono". Y Bruno, indignado mientras se sacudía las cenizas, correría de nuevo a quemarse a lo bonzo.

Duele menos el fuego que el perdón, y es menos perverso. Porque perdonar es un acto de perversión sutil, acto por el cual se define el verdadero poder como poder sobrenatural para perdonar la vida -más allá del poder natural para quitarla-. Perdonar a alguien es siempre la mejor forma de someterlo. Dentro del discurso cristiano, se convierte además en una manera de administrar el tiempo: puesto que te perdono la vida (cualquier tipo de perdón moral es en el fondo una degradación de este acto originario), tengo el poder de aplazar tu muerte, tu tiempo. Al perdonar a Bruno, la Iglesia le devuelve al tiempo del que le había desterrado. Porque cuando quemaba a alguien, fundamentalmente (y fundamentalistamente), lo borraba del tiempo; lograba que nunca hubiera existido. El tiempo de todos los cristianos pertenece a la Gran Banca de los días que se atesora en el Vaticano. El Papa mueve con su báculo las manecillas de nuestro tiempo, que él llama la Historia. Perdonando a Bruno se le recupera para la Historia, y se le dice: vuelves a contar para nosotros. El perdón cristiano -cualquier perdón lo es-, además de tan perverso mecanismo de dominación, supone un clarísimo síntoma de esquizofrenia y desdoblamiento. Pues perdonar a alguien implica necesariamente que, con anterioridad, ya lo hayamos juzgado y condenado (no otra cosa se perdona sino la condena). De modo que tanto el verdugo de Berlanga (lleno de remordimientos) como el sacerdote que filantrópicamente asiste al reo componen en realidad un mismo sujeto desdoblado en dos personalidades que se dan la espalda.

El cristianismo jerarquizó el mundo desde un individuo (Dios) que perdona a todos, hasta innumerables individuos en la base (nosotros) que se perdonan a sí mismos. Cada uno llevamos nuestra cruz. Cuando el Sumo Pontífice afirmaba que "el infierno es un estado" quizá nos estaba advirtiendo que cabe una condena peor que la del fuego eterno: la del eterno perdón.

© Francisco Javier Santos

 

 



SAVATER

Qué lejanos aquellos días en que los filósofos se mataban o se dejaban matar antes que ofrecerse como siervos del mejor postor. Nuestro Savater prefiere acudir a sus magistrales lecciones escoltado por silenciosos y musculados guardaespaldas. No es para menos. A buen seguro que Sócrates también hubiera adoptado semejante medida en nuestros tiempos, teniendo en cuenta que no es lo mismo la justicia ateniense que el tiro en la nuca. Claro que tampoco es lo mismo Savater que Sócrates.

Recuerdo en mis pesadillas el curso Filosofía y literatura con que nos honró nuestro profesor hará tres años. Conviene hacer notar la multitud expectante que se congregaba en el aula minutos antes de comenzar la primera clase. Por fin apareció él, igualito a la foto en El País. Nos saludó a todos cordialmente, comentó el programa de la asignatura, y se excusó por tener que marcharse antes de lo previsto; iba a comer con el embajador de un pequeño país asiático. Las disculpas no le sirvieron para esquivar a los numerosos admiradores que le acosaron hasta la puerta con la única intención de poder intercambiar con su ídolo un par de amistosas palabras... ¿Me hallaba acaso ante el más clarividente y preclaro sabio de nuestro tiempo? ¿Me ofrecía el destino la oportunidad de presenciar un curso de filosofía a la altura de los de un Fichte o un Heidegger? El tiempo habría de decirlo... Y lo que dijo el tiempo no fue nada de eso. Escuchar a Savater era como asistir a una de esas reuniones, a la hora del té, en que un grupo de señoras respetables suspira ante el intelectual de turno. Poseía este hombre (y supongo que sigue poseyendo) el don de leer y releer las obras más influyentes de la historia del pensamiento, las más radicales y subversivas (en el sentido inteligente de la palabra) sin mancharse, es decir, sin ver en ellas más que la entretenida y culta sucesión de pintorescas expresiones con que una serie de autores ilustres se dedicaron a pasar el rato. Cuanto caía en sus manos se convertía, en el acto, en inocuo material para las más frívolas tertulias. Uno de mis últimos recuerdos de aquel curso es el de Savater bromeando acerca de La divina comedia. Expresaba entonces su preferencia por los pasajes en que Dante recorre el infierno a aquellos otros en que describe el paraíso. A su juicio, las imágenes del infierno "eran mucho más divertidas". Huelga decir que desde aquel día ruego a los dioses que tengan a bien regalarle a nuestro profesor una larga estancia en paraje tan de su agrado.

¡Qué lejanos aquellos tiempos en que los "filósofos" no tenían que cuidarse de los terroristas porque ellos eran los terroristas! Savater es hoy, en este país, el prototipo de lo que se entiende por "filósofo"; prototipo que coincide asombrosamente con lo que en el pasado se consideraba un sofista: profesional en el difícil arte de decir lo que se quiere oír pareciendo que se dice lo que no se quiere oír. Quien hoy pretenda ser "filósofo" (es decir, ocupar uno de tantos cargos con que se recompensa la sumisión y la obediencia) hallará en Savater su mejor referente. Aprenda de él qué manifiestos conviene firmar y qué manifiestos no; instrúyase en el delicioso arte de resultar "entretenido" aún a costa de hablar sin decir nada; estudie atentamente cuál es el grado de profundidad con el que conviene abordar determinados problemas; gánese el favor de la calle... Un ejemplo ilustrativo: el mismo día que E.T.A. puso fin en Madrid a la tregua, Savater aparecía fugazmente en la televisión gritando <<¡fuera! ¡fuera!>> junto a otros manifestantes "espontáneos" muy indignados por la noticia. ¡Qué buen hombre! ¡Vale la pena comprar sus libros!

 

(c) Francisco Javier Santos Rebollo

 

 

 



PUBLI-CIUDAD Y VIGILANCIA

Bienvenidos al infierno de su paraíso. El paraíso de ellos es una PUBLI-CIUDAD con cámaras de vigilancia (¿aún no sabéis quiénes son ellos?). Así lo comunican numerosos carteles distribuidos por Leviatán en las profundidades, en los subterráneos del metro. En dichos carteles el rótulo "LA PUBLI-CIUDAD" encabeza el dibujo de una calle donde no resta un sólo hueco libre de mensajes publicitarios. Se han vuelto innecesarias las coartadas en un mundo de gente tan "normal" que ya nunca hace preguntas. La publicidad por fin puede devorar nuestra urbe sin detenerse en las sutilezas y tapaderas del pasado. Ya no interrumpe nuestras vidas como una película en los descansos publicitarios, porque finalmente no hay más película que la publicidad. Nuestra vida es un anuncio, y nosotros sus maniquíes. ¿Quién habría de ser el habitante idóneo de la PUBLI-CIUDAD sino un PUBLI-CIUDADANO, un maniquí, para entendernos? ¿Acaso la PUBLI-CIUDAD es otra cosa que un escaparate? Cuando uno topa con carteles de este tipo y mira a su alrededor, y descubre que nadie les presta más atención que una mirada fugaz y adormecida, descubre que habita un mundo sumido en el mismo hechizo somnoliento en el que cayeron la bella durmiente y los súbditos de su reino. Hay que ser muy "normal" (es decir, gilipollas) para no sentirse agredido por mensajes como el de esos carteles. Lejos de producir la más mínima molestia, son exhibidos como adoctrinamiento de lo bien que van las cosas.

Pero las cosas todavía van peor... Una segunda línea de carteles nos da la respuesta de por qué ningún maniquí siente deseos de romper el escaparate y recuperar su vida. Casi en cada andén del metro puede leerse lo siguiente: "MÁS DE MIL CÁMARAS DE T.V. VELAN POR SU SEGURIDAD". Los maniquíes interpretan tales palabras como un mensaje tranquilizador que les informa de que nada malo puede sucederles. Si así fuera, de inmediato aparecerían esos diligentes señores de la porra, a modo de escaparatistas, para reponer el orden. Pero los maniquíes no saben leer entre líneas el mensaje cifrado que desde esos carteles se está dirigiendo a todos aquellos indeseables y asociales personajillos que aún se resisten a adoptar la postura que se les ha dicho y a ocupar el lugar del escaparate que se les reserva. Leviatán, que gusta de las palabras con doble sentido, en verdad les está advirtiendo: <<¡Cuidado vosotros que no respetáis mi orden! ¡Os vigilo! ¡Tengo mil ojos sólo para ti, y para ti...!>> El orden del escaparate resulta inquebrantable. El crimen más castigado es el de dejar espacios en blanco, libres de publicidad. El criminal más perseguido es quien conserva esos espacios en su cabeza, quien aún conoce los puntos muertos que las mil cámaras de Leviatán no pueden ver, donde los escaparatistas del Gran Orden aún no han llegado con sus porras.

Bienvenidos al infierno de su paraíso. PUBLI-CIUDAD habitada por maniquíes. Más de mil cámaras velan por "nuestra" seguridad... Una advertencia: también los ojos de los maniquíes son cámaras del Gran Orden.

 

(c) Francisco Javier Santos Rebollo